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¡Dem ba diekh, Senegal!

[Escribe: Kike La Hoz] Allá en lo más alto del Spartak Stadium un presidente africano celebra sin etiqueta ni protocolos. La victoria de Senegal por 2-1 sobre Polonia —el más pintado del Grupo H— le ha hecho perder los modales de mandatario. Brinca y se agita como un hooligan de ébano.
Ilustración: Luis Morocho

Allá en lo más alto del Spartak Stadium un presidente africano celebra sin etiqueta ni protocolos. La victoria de Senegal por 2-1 sobre Polonia —el más pintado del Grupo H— le ha hecho perder los modales de mandatario. Brinca y se agita como un hooligan de ébano. Por más que intenta no logra copiar la compostura de Putin ni la solemnidad del príncipe Mohámed bin Salmá en el partido inaugural.

En realidad, eso es lo de menos. No es el centro de las miradas, salvo para sus ujieres y lamebotas que han llegado junto a él hasta Moscú para pasar las vacaciones lejos de Dakar, la capital de Senegal. Sí, en pleno Mundial y con permiso del Parlamento. Aunque lo que pudo haberle causado un escándalo mayor, ha sido resuelto sin demoras para disgusto de la Primera dama, una señorita de 26 años: los 17 días de permiso se redujeron a solo tres. Uno de esos sacrificios que se hacen por el pueblo.

Pero, como ya se dijo, el cincuentón presidente de Senegal, llamado Macky Sall, no parece ser el protagonista de esta historia. Los verdaderos héroes, sudorosos gestores de la hazaña ante la Polonia del temido Robert Lewandowski, están allá abajo, en la cancha, luego de acabado el partido. Tres son los que destacan: Aliou Cisse, un entrenador con look de rastafari, y, por cierto, el más joven del certamen (“Y el único negro”, como él mismo ha aclarado); Sadio Mane, delantero estrella del Liverpool de Inglaterra; y otro futbolista, algo menos popular, M’baye Niang, que se ha encargado de probar de que los fantasmas africanos sí existen al marcar el gol más insólito de lo que va del Mundial. Los defensas polacos aún se preguntan de dónde rayos fue que apareció ese flacucho con aretes en ambas orejas y una chiva en el mentón como la del mismísimo diablo.

Al margen de los dreadlocks y las morisquetas televisivas de Cisse, y de la natural expectativa por el pirotécnico Mane, M’baye Niang se ha convertido en trending topic con ese reingreso espectral a la cancha del Spartak Stadium. El reloj marcaba una hora de juego: minuto 60 en Moscú. Obediente y a trancos largos, el delantero nacido en un villorio francés de Meulan volvió al campo después de sacudirse un golpe del polaco Krychomiak, sufrido apenas unos minutos antes. El despistado árbitro Nawaff Ghayyath (Bahrein) dio la orden para su reingreso con un gesto burocrático. Nada raro hasta ahí. El desenlace, por supuesto, podría haberse intuido sobre las pistas rotas de una calle de Dakar, por alguno de esos pillos de una Navétane (la pichanga senegalesa). Pero, aquí, en medio del glamour de la FIFA, sobre un césped que parece cortado con una rasuradora eléctrica y frente a una banca de suplentes con los acabados de una gerencia general, lo que acaba de cometer  M’baye Niang parece más una hechicería de una marabout —mitad bruja, mitad vidente, como Sélbé Ndom, una especie de Rosita Chu senegalesa— que una simple coincidencia del destino. Khamb, Bukut y Pangol, y tantos otros espíritus poderosos vigilan desde lo alto, más allá desde donde mira el presidente Macky Sall.

Invisibilizado a los ojos de sus adversarios, el delantero del Torino con pasaporte francés, que recién en 2017 se decidió a jugar por Senegal, entró a escena desde el costado del campo, a las espaldas de los defensores: Justo ante un mal rechazo de Krychomiak —sí, el mismo de la falta anterior—, volvió a ser visible, por la bendición de los dioses, pero ya era demasiado tarde para el arquero Szczesny. A M’baye Niang solo le quedó celebrar como un poseso.

Vamos Leones. ¡Dem ba diekh!”. Esta última frase, en wólof, es la que opera como el llamado ancestral. Los héroes de la gesta, aún sudorosos, repiten el grito de guerra, que Augusto Ferrando, el Negro de los sábados familiares durante décadas, lo traduciría en peruano con un “No te pares, negrito lindo”

De este gol, el segundo de Senegal, se seguirá hablando en todo el mundo, y mucho, pero no en la lengua correcta, el wólof. En el camerino senegalés, aún con la euforia en las gargantas, la voz del presidente Macky Sall resuena festiva. Afrancesada, pero africana. Dice todo lo que todos ya se sabe: que Senegal sacó la cara por África, que el reto es superar lo hecho en Corea-Japón 2002, que Aliou Cisse, capitán de aquel equipo revelación, pero con los cabellos más cortos, dejará una huella más honda que la del francés Bruno Metsu, gestor de la histórica clasificación a los cuartos de final.

Descolonizado el camerino, Cisse, juntos a sus colaboradores Tony Sylva, Lamine Diatta y Omar Daf —todos ex seleccionados de aquella tribu senegalesa—, escuchan en silencio al presidente Macky Sall. No se atreven a interrumpirlo incluso cuando proclama que Senegal es el mejor equipo de Rusia 2018. Por fortuna, hasta los presidentes en algún momento se callan. “Felicito al entrenador y a los jugadores diciéndoles que los senegaleses sin excepción están detrás de ellos. Vamos Leones. ¡Dem ba diekh!”. Esta última frase, en wólof, es la que opera como el llamado ancestral. Los héroes de la gesta, aún sudorosos, repiten el grito de guerra, que Augusto Ferrando, el Negro de los sábados familiares durante décadas, lo traduciría en peruano con un “No te pares, negrito lindo”.

Y es que la frase exige eso: no detenerse hasta el agotamiento. Darlo todo. Como lo hizo el equipo de Aliou Cisse en la cancha ante la mejor Polonia de los últimos años, al menos según el ranking FIFA. Terrenal para la marca; bendito para meterla cuando hizo falta, este Senegal no parece temerle a ser candidato en un grupo de candidatos. Por las dudas, Macky Sall, antes de que viajaran a Rusia, durante la tradicional ceremonia de entrega de la bandera, les recordó a sus jugadores —sobre todo a los ocho que no nacieron en suelo patrio como M’baye Niang— que incluso en la desgracia se debe mantener la dignidad. Quizá como adelantándose a tiempos difíciles. “Nos matan; no nos deshonran”, les advirtió gallardo el presidente, que está seguro que muy pronto habrá un campeón africano, aunque aún les quede por delante los partidos con Japón y Colombia.

Aquel lema del ejército de Senegal, ex colonia rebelde de Francia, es parte de la vida misma de los senegaleses. Entre sus muchos proverbios en wólof —la lengua que empieza a ganarle terreno al francés, y que si  Google ya la empezó a usar, no tardará mucho en ser declarada oficial—, tienen uno que deja claro hasta dónde están dispuestos a llegar Los Leones de la Teranga. Una regla de vida, un mandato de los dioses: Su may dee ci àll, gayndee may rey / Si tengo que morir en el monte, que sea el león el que me mate. ©

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