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La parábola de Klimber

El último lapsus del presidente Pedro Castillo durante la entrega de los laureles deportivos a Kimberly García parece ser la mejor metáfora de lo que nos ocurre a la mayoría con nuestros campeones: recién los conocemos cuando saltan a las páginas deportivas por algún título resonante. ¿Qué responsabilidad tienen los medios de comunicación? El periodista Kike La Hoz reflexiona sobre los silencios y conveniencias de la cobertura periodística.

Podemos tolerar la parábola mal contada del niño y el pollo, que nos anuncien una guerra jamás iniciada en Croacia, que se crea que Tarapacá aún pertenece al Perú, que se diga que existen 1200 países y no solo 197 o que incluso se tenga el atrevimiento de llamar “chongonada” a la colorida chonguinada de Junín. Pero lo que jamás aceptaremos es que se pronuncie erróneamente el nombre de una campeona. Nuestra campeona. Kimberly García, o como Pedro Castillo cree que se llama: Klimber García. ¡Qué ofensa!

En estos días en los que el presidente de la República parece naufragar ante un diluvio de denuncias, ninguno de sus asesores logró arrojarle un salvavidas. La entrega de los laureles deportivos a la bicampeona mundial de marcha atlética se sumó a su larga lista de metidas de pata. En una ceremonia de reconocimiento esperada por muchos, el “olvídame pero no me confundas” ya no era posible. Durante más de cinco minutos, Pedro Castillo no fue capaz, siquiera, de ganar unos puntitos de popularidad a “pan y circo”.  Al primer “Klimber” de la noche, todos creyeron haber oído mal. Pero a la novena y décima repetición, la indignación se disparó entre los televidentes que estaban enganchados a la transmisión oficial desde Palacio de Gobierno. En las redes, la sorpresa y la vergüenza mutaron inmediatamente en memes, y hasta algún ingenioso justificó ese librito para niños, que se promociona en la Feria Internacional del Libro, de un burrito con sombrero que nunca quiso ser presidente. 

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¡Cómo desaprovechar la oportunidad de insultar al presidente! Sobre todo si se trata de un presidente endeble desde su ascenso al cargo. Por supuesto, endeble por una clase política empeñada en concretar a fuego y sangre, desde el primer día, una profecía autocumplida; pero también endeble por las propias torpezas y corruptelas al interior del gobierno. Así como queda en evidencia, tras un año de gestión, que vivimos en “la dictadura” más incompetente del mundo, en la que la Fiscalía y la prensa tienen plena libertad para zarandear al Presidente y su entorno; la noche del martes 26, en Palacio de Gobierno, quedó en evidencia que vivimos de espalda a nuestros deportistas, y que solo volteamos a verlos cuando las luces se encienden y toca celebrar con ellos los títulos que consiguieron casi en el anonimato. A Pedro Castillo le tocó premiar a una deportista de la que jamás había oído hablar hasta antes de las dos medallas de oro en el Mundial de Atletismo. Y es altamente probable que recién haya intentado pronunciar su nombre. Y, por supuesto, como un alumno que apenas estudia la noche anterior al examen, le salió todo al revés.

https://www.youtube.com/watch?v=ABv__r_vJyw

¿Pero qué tan diferente somos de Pedro Castillo diciéndole Klimber a Kimberly? ¿Cuántos hemos seguido la trayectoria de la ahora bicampeona mundial de marcha atlética? Seguro unos pocos (entre periodistas especializados y fanáticos del deporte más allá de la agenda futbolizada) podrán decir que sí. La inmensa mayoría recién conoció a Kimberly esta semana. Y, en medio de las derrotas diarias y de las inacabables tensiones políticas, abrazó como propia la alegría de una peruana admirable. ¡Cómo no conmoverse al ver cruzar la meta en primer lugar a una muchacha huancaína en un Mundial de Atletismo! 

Pero lo cierto es que Kimberly tuvo que correr la mayor parte de su vida con tan solo su tía, su entrenador y dos perros chuscos observándola. Literal, apenas tenía dos perros que le ladren. Lo sé porque me tocó editar un texto imprescindible de la periodista tarmeña Ana Cecilia Matías para el libro “Largo aliento. Sudores, mitos y héroes del fondismo wanka” (Fondo Editorial de la Universidad continental, 2019). En sus varias visitas a los entrenamientos de Kimberly, el cuadro era el mismo: la prensa deportiva estaba ausente. Hasta que un campeonato se acercaba y recién allí su nombre pasaba a ser una mención en alguna nota breve ubicada en un rincón de las últimas páginas. Porque a los periodistas deportivos nos han enseñado que “el polideportivo”, como se suele empaquetar al resto de deportes que no son fútbol, no vende. Salvo que logremos una medalla olímpica, un título mundial histórico o que los personajes tengan algún apellido curioso, una historia estrambótica o sean fanáticos del fútbol. Y eso le ocurrió a Kimberly. Fue campeona mundial de marcha en 20 kilómetros y subió al rango de noticia destacada en la portada. Apenas eso. Y recién cuando logró la segunda medalla en 35 kilómetros y la euforia era incontrolable, incluso a nivel de los medios internacionales, las portadas deportivas decidieron dejar de lado las especulaciones sobre el nuevo técnico de la selección, la venta de Alex Valera a Arabia Saudita y el próximo partido de Alianza Lima. 

La conveniencia de la cobertura con las victorias dadas es algo de lo que poco se habla. Las redacciones están inundadas de periodistas con ánimos de sobreanalizar el fútbol y la nadería de los clubes, y cada vez tienen menos espacio para dos tareas impostergables: contar los otros deportes y sus historias, y reflexionar sobre cómo ayudar desde ese espacio a fortalecer una política deportiva nacional. Kimberly García, con sus dos medallas en el cuello, se ha convertido en el nuevo personaje del show televisivo y la cobertura periodística. Todas la aman. Hablan de ella como si la hubieran acompañado desde siempre. Ahora es Kimberly, pero antes fue Angélica Espinoza, Piccolo Clemente, Alejandra Grande, Cristhian Pacheco, Sofía Mulanovich o Kina Malpartida. Y cuando alguien se atreve a advertir esta inconsistencia, la respuesta con tono achorado suena a resignación: “Al menos les dan pantalla ahora que son campeones”. Quejones a otro lado.

El desequilibrio de la agenda deportiva es inocultable. Pero la prensa deportiva no tiene ánimos de debatir y tomar acciones sobre ello. El tema tiene años empozado. Y, por supuesto, nadie quiere pelearse con los colegas que hablan todo el día de fútbol y se suben al bus después de una victoria en otros deportes. “No se hace periodismo de periodistas”, repiten esa frase trillada, que por tan repetida ya está vacía de contenido, pero que nos deja el alma en paz. La verdad, sin embargo, siempre asoma. Y ahí está Bernardo Cuesta negándose a declarar a un enjambre de periodistas que jamás pusieron un pie en una práctica de Melgar. “A ustedes no los veo nunca. Ahora sí vienen todos”, les dijo tras lograr un buen empate en Colombia por la Copa Sudamericana, pero los titulares decidieron hablar de “desplante”. Así. Con látigo. Porque los periodistas creemos que somos inescrutables y que todo se arregla vociferando “autorregulación” y “libertad de prensa”. 

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Pero, en un país con una prensa y una audiencia altamente futbolizadas, Bernardo Cuesta se puede dar esa licencia. A la semana siguiente su rostro seguirá eventualmente en una portada si es que vuelve a ganar un partido de Copa Sudamericana. A Kimberly García y a los atletas peruanos no les queda más que sonreír cuando los micrófonos aparecen de repente. Saben que volver a ese espacio de atención y reconocimiento les tomará meses, incluso años. Aceptan todas las entrevistas posibles porque asumen que esa es la única manera de visibilizar sus deportes. Reciben a todos los periodistas deportivos que antes evitaban asistir a sus entrenamientos y conferencias como el padre de la parábola del hijo pródigo. Les explican con paciencia las reglas de sus disciplinas que jamás aprendieron por estar atentos al nuevo fichaje de Sporting Cristal. E incluso toleran que los llamen por otro nombre. Confúndeme, pero nunca me olvides, parece ser la regla de sobrevivencia. 

Así que no nos indignemos tanto si Pedro Castillo llama Klimber a Kimberly. No es necesario confundir el nombre de un atleta campeón para faltarle el respeto. ~

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