Nos encanta el drama. Para los argentinos —adentro y afuera de la cancha— no parece haber mejor elogio que conseguir algo “a puro huevo”. La disciplina, incluso la estrategia, queda en segundo plano. Lo que importa es el aguante: la cara ensangrentada de Mascherano; esa plancha de Messi sobre el lateral derecho y el segundo gol, el de Marcos Rojo, a cuatro minutos del final.
El partido ante Nigeria no podía ser más complicado. Si queríamos zafar, estábamos obligados a ganar. Y hasta eso podía ser insuficiente para meternos a octavos, si los resultados de Croacia-Islandia no se alineaban a las cuentas. El fútbol, estaba claro también, no estaba de nuestro lado. Lo único que quedaba era ser testarudo. Insistir, aunque todo pareciera improbable. Así, después de todo, el cuadro albiceleste había llegado a Rusia.
“Si fui flojo, si fui ciego/ solo quiero que hoy comprenda/el valor que representa el coraje de querer”, cantaba Carlos Gardel. Y ese tango resume el ánimo de la selección nacional, por estos días. Después de la goleada ridícula frente a Croacia, los encontrones entre el plantel y el cuerpo técnico habían quedado en evidencia; algunos periodistas deportivos ya arriesgaban su lista de sucesores para Jorge Sampaoli en la dirección técnica; los memes dedicados a la pifiada de Caballero —por no hablar de los comentarios misóginos en su cuenta de Facebook— parecían incontenibles; y Lionel Messi no se quedaba atrás con las críticas. Que no buscaba, que estaba en otra, que ni líder parecía. Se filtraron audios y el omnipresente Diego Armando Maradona dijo que “si no hubo piñas (puñetes) en el vestuario de Argentina fue porque no teníamos huevos”.
Así, cada cuatro años, los periodistas deportivos encabezan el entretenimiento nacional de masacrar a los futbolistas de turno. La suerte de este equipo —o la variación interminable de Sampaoli esperando el milagro de dar con uno— estaba jugada antes de entrar a la cancha. Pero el técnico insistía con la promesa. Y, un día antes del partido, dijo que ése sería el primero de los cinco encuentros que nos llevarían a la final. Que para eso teníamos a los históricos. Los noventa minutos arrancaron, entonces, con Messi, el ‘Pipita’ Higuaín, Ángel Di María, Marcos Rojo y Éver Banega. Y en el arco debutaba Franco Armani —ese hombre que renunció a su idolatría en Medellín para convertirse en figura de River Plate en tan solo seis meses y ganarse su chance.
“A puro huevo” se jugaron los suplementarios. La actitud es conocida. La usan las viejas glorias futboleras con desmadre en el palco y salida de urgencia a una clínica, nuestros políticos más clientelistas, y los argentinos que se la rebuscan en la crisis. A veces, hasta puede encerrar una hazaña. Pero no nos engañemos: aquí, sin fútbol no será…”
Al inicio, hasta parecía funcionar: Di María corría, de nuevo, como un galgo y abría la cancha; Mascherano resolvía mal que bien, y Banega se entendía con el ‘10’. En eso estaban, cuando el mediocentro del Sevilla le colgó un pase limpio a Messi. Y él, que controló de rodilla e izquierda para meter una pelota cruzada, inatajable para Uzoho. Ya estaba: la ilusión parecía toda argentina. No era un equipo que encandilara. Lo suyo era el intento puro; Tagliafico que la peleaba, Banega respondía, y hasta el ‘Fideo’, que amagaba al arco. Messi, treinta y un años recién cumplidos, podía soñar con su mundial.
Pero en el segundo tiempo todo cambió: a los tres minutos, en una defensa argentina desesperada, Mascherano regaló un penal. Y Moses no perdonó. Los contrataques de Nigeria, a partir de ahí, se hicieron fuertes. Di María se desinflaba. Y no era el único. Intentaban todavía, pero sin sorpresa. La lógica, cuando llegaron los cambios —Cristian Pavón por Enzo Pérez, Maximiliano Meza en lugar del ‘Fideo’, y el ‘Kun’ Agüero por Nicolás Tagliafico, ya sobre el minuto ochenta—se volvió más argenta que nunca: había que ganar con lo que encontraran a la mano; como ese derechazo inesperado de Rojo, que nos pondría de nuevo en carrera. Y Sampaoli festejó, más solo que nunca, al borde del campo. Pero, ni entonces, el ida y vuelta terminó. Mascherano, ya con la cara ensangrentada, intentaba cortar; Messi aprovechaba un lateral para preguntar si el otro partido, el de Croacia e Islandia, había terminado; el ‘Pipa’ perdía las pelotas que debía cuidar. Y los demás, que contenían como podían.
Así, “a puro huevo” se jugaron los suplementarios. La actitud —machismo, de lado— es conocida. La usan las viejas glorias futboleras con desmadre en el palco y salida de urgencia a una clínica, nuestros políticos más clientelistas, los argentinos que se la rebuscan en la crisis y las demandas sociales que han tomado las calles en los últimos meses. A veces, hasta puede encerrar una hazaña. Pero no nos engañemos: aquí, sin fútbol no será. ©

