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Los soldados de Putin

Ilustración: Omar La Hoz

[Escribe: Renzo Gómez Vega] Infantino y el príncipe saudí son poderosos. Vladimir Putin es el poder. Ya se sabía que su presencia, atípica en los estadios de fútbol, podía magnetizar miradas. Se daba por descontado que su inmutable rostro iba a imponerse ante los directores de cámara. Pero pocos imaginaron que su omnipotencia sería capaz de graduar de ilusionistas a un equipo que no ganaba hace ocho meses, haciéndolo parecer tan temible como sus Fuerzas Armadas.

Antes de despedazar a Arabia Saudita y convertirse en el primer anfitrión en los últimos 40 años en vencer por una diferencia de cinco goles, Rusia cifraba sus esperanzas en el bigote de su entrenador. Un bigote ralo y semicano que alguna vez fue un mostacho negrísimo, como deja constancia el álbum de Estados Unidos ’94.

Stanislav Cherchesov, exarquero de un imperio que se desmembró en quince partes, apenas contaba con un doblete en la modesta liga polaca cuando asumió la dirección de la selección rusa en el 2016. De ahí en más distinguió al escuadrón ruso con dos galones: una eliminación en primera ronda de la Copa Confederaciones 2017 organizada por ellos, y un puesto 70 en el ránking FIFA, el peor de su historia. A tal punto que Rusia pisó el estadio Luzhniki siendo el primer anfitrión de una Copa del Mundo que era a su vez la selección más débil del torneo. Una humillación para un país que se pavonea del alcance de sus misiles.

¿Qué mantuvo a Cherchesov, entonces? Además del bigote, su disciplina castrense. Un tipo implacable en un equipo con fama de conformista, con jugadores bien comidos y bien pagados que raras veces aspiran a abandonar la Liga Premier rusa. Putin no quería a un entrenador sino a un comandante.

Desde el palco de honor, donde la cultura yanqui ha sabido crearle una popularidad aterradora que hasta da la sensación que pudiera lanzar rayos desde sus ojos, el hombre que gobierna a más de 140 millones de personas desde que inició este siglo presenció cómo quince de sus soldados vulneraron a la vulnerable Arabia Saudita.

…el ingreso de Cheryshev —el cambio más tempranero en un partido inaugural (24 minutos)— reavivó el afán expansionista en territorio saudí y, de paso, le hizo un guiño a una máxima de Lenin: “La victoria no es posible sin el máximo grado de terror revolucionario”

Aunque el tirón de su estrella Dzagoev causó preocupación, el ingreso de Cheryshev —el cambio más tempranero en un partido inaugural (24 minutos)— reavivó el afán expansionista en territorio saudí y, de paso, le hizo un guiño a una máxima de Lenin: “La victoria no es posible sin el máximo grado de terror revolucionario”. Lenin como el fantasma con el que Putin suele distanciarse cada tanto, y que ronda en el Luzhniki, junto a 300 ánimas (hinchas que murieron aplastados en un partido de la Copa UEFA en 1982), al prestar su apodo para bautizarlo en los años cincuenta.

No es casual que el destino se haya torcido —y con ello los abductores de Dzagoev, una joya adormecida en su liga local— para premiar a Cheryshev, un ruso forjado en las canteras del Real Madrid, actual volante del Villarreal y el único hambriento entre los 23 que se aventuró a renunciar a las comodidades de su país-continente. Un zurdo calidoso que, con un solo enganche, hizo pasar como podadoras a dos defensores saudíes para dedicarle su actuación a su padre, un exfutbolista que nunca jugó un mundial.

El otro soldado valeroso se llama Artem Dzyuba, un yeti de casi dos metros que necesitó tan solo de 88 segundos para conseguir, con la potencia de su frente, el gol más madrugador de un suplente en los mundiales desde el tanto del polaco Zewlakow a Estados Unidos en Corea-Japón 2002.

Ambos, Cheryshev y Dzyuba, son duchos en el arte del engaño. Cheryshev lleva la 6 en la espalda, un número más asociado a la destrucción. Y Dzyuba, torpe en apariencia, arma paredes fuera del área. Son dignos soldados del ejército del zar post-soviético. Un mismo águila de dos cabezas como su escudo.

Es cierto, Arabia Saudita, versión Beta de la selección peruana, puso el trámite más sencillo al olvidarse de los arcos —cortesía del inefable Pizzi—, pero el bombardeo que desplegó Cherchesov fue demoledor. Su saludo militar a Dzyuba en el tercer gol explica, en gran parte, el respaldo de Putin. Es el respeto a una forma de concebir el mundo. Una que, cuando se ejecuta con balones, no causa mayores daños.

En el palco, el príncipe saudí, heredero de la potencia del Golfo Pérsico, se resignó al apretón de manos y a ver cómo Putin se regocijaba, ladeando la cabeza y dibujando una leve sonrisa cachacienta cada vez que un nuevo misil destrozaba a su equipo. Putin, el presidente ruso que marcha firme en su cuarto mandato gracias al discurso de recuperar glorias perdidas, no tenía por qué elevar su puño de hierro.

Suficiente con que uno de los aliados de Estados Unidos se incline, y últimamente le coquetee comprándole armamento. En medio de los dos, Infantino, cumplió a cabalidad su papel protocolar de hombre encantador. Incluso el presidente de la FIFA ha comprendido su papel. Putin es el poder.

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