Follow

Recibe las mejores historias del deporte peruano y mundial

Los reyes también tiemblan

[Escribe: Paloma Reaño] Son las 7 de la tarde y el bochorno de un Madrid nublado nos aplasta. Aunque España tiene la clasificación en el bolsillo se respira algo de tensión en el ambiente. Puede ser el calor despiadado que supera los 35 grados y nos arrincona, melosos.
Ilustración Ricardo Bustamante

Son las 7 de la tarde y el bochorno de un Madrid nublado nos aplasta. Aunque España tiene la clasificación en el bolsillo se respira algo de tensión en el ambiente. Puede ser el calor despiadado que supera los 35 grados y nos arrincona, melosos.

En mi incredulidad de hincha cuyo equipo está fuera del torneo, tengo la idea de que este partido se jugará en el confort de lo predecible: lo más probable es que España salga primero de su grupo y que Marruecos extienda el silencio de gol que lleva masticando hace dos jornadas. (Qué familiar se me hace ese no-gol, ese estar pronto con un pie en casa). Veré el partido en Lavapiés, un barrio multicultural donde la convivencia de decenas de nacionalidades refresca un torneo que tiende a despertar nacionalismos mohosos.

Para variar, España está pendiente del pestañeo de Cristiano Ronaldo. Esta tarde, su posición en el Grupo B depende, en buena medida, del resultado que Portugal logre frente a Irán; y Portugal depende, a su vez, de la noche que tenga CR7. (Lo imagino con su clásico «Eu estou aquí», como el narcisista sin filtros que es, más cercano a un niño que no suelta el primer mando del Play Station que a un capitán de su selección). Si Irán gana, España podría volver a casa.

Elijo una mesa y pido un jugo de hibiscos, lo más parecido a una chicha morada heladita que hay por estas latitudes.

Los himnos nacionales pintan los ánimos de la cancha: ahí están las miradas con tono épico y las caras de foto de colegio, la inseguridad y la adrenalina. Empieza el juego y una ola de nervios parece cubrirlo todo. Entonces recuerdo que aquí no se están jugando puntos, sino batallas de otros tiempos: ideas de nación, baches identitarios, ansiedades y violencias históricas.

Ya en los primeros diez minutos, Sergio Ramos y Ahmadi empiezan con el tú-a-tú, se torean, sacan chispas. En la siguiente jugada Piqué confirma la inseguridad de los ibéricos con una barrida ruin (siendo último hombre, va con ambos pies adelante a quitar una pelota que no sembraba peligro). «El juego español es eléctrico», dice el comentarista, pero me parece, más bien, atropellado.

A menos de un cuarto de hora llega el primer gol de Marruecos. Un gol que con cada repetición crece en fantasía: un parpadeo demás de Ramos en la media cancha y Boutaib la pica con elegancia de antílope para deslizar la pelota entre las piernas del arquero. Un gol de huacha que los comentaristas españoles intentan empequeñecer con un «Bueno, mientras no marque Irán, todos tranquilos…».

El bar se ha llenado de golpe: se hablan tres, cuatro idiomas distintos, y me cuesta descifrar para quién hincha esta sala.

España está desconcertada. Pero Iniesta, que es el termómetro y el cerebro del grupo, se pone los patines y sale a la luz el tiki taka que Isco termina en el arco. Entonces con el 1-1 el juego se enciende y empieza el festival de faltas, tiros libres y tarjetas amarillas. Toda la banca marroquí calienta y en Madrid hacen 39 grados. Desde una esquina, un aire acondicionado malogrado parece burlarse de nosotros. En adelante, el partido sostendrá una intensidad difícil de leer.

Marruecos busca los goles pendientes de las jornadas anteriores con ímpetu anti-colonialista. La euforia de su hinchada y el empuje que los coloca encima en el marcador tienen tenor de justicia poética…”

Marruecos busca los goles pendientes de las jornadas anteriores con ímpetu anti-colonialista. La euforia de su hinchada y el empuje que los coloca encima en el marcador tienen tenor de justicia poética (así como ha sido agridulce que la goleada de Bélgica tenga cepa congoleña). Los marroquíes muestran un juego insólito: hay visión y furia en los efectos de esos tiros desde fuera del área que chocan en el palo o pasan rozando. Un partido extraordinario. Marruecos no juega por pasar a octavos, sino que está ocupando la cancha como quien recupera una ciudad sitiada. Y España, ese club rico, con autoridad global, es incapaz de controlar su juego.

Los españoles llaman duende al espíritu que te posee y transforma durante la creación: es aquello que le da sentido a la música, lo que la hace inmortal. El juego de Iniesta tiene duende. Sus pases le dan ritmo a la partitura española, pero el equipo es incapaz sostenerlo. El duende es intransferible.

España no calza cómoda en la posición de cabeza de grupo, tampoco en la de favorita que la prensa local insiste en afirmar. Esta no es la selección de Xavi, Puyol y Casillas.

(En un universo paralelo, le acaban de atajar un penal a Cristiano. No recuerdo haber visto nunca a alguien abrazar el balón como lo acaba de hacer Alireza Beiranvand, el arquero iraní que dejó su vida de pastor para ser futbolista. España no puede darse el lujo de no estar pendiente de los parpadeos de CR7).

En el minuto 80, la garra de Marruecos vuelve a colocarlo arriba en el marcador. ¿Qué los impulsa si no es la posibilidad de seguir en el torneo? Las ficciones colectivas son las monedas de cambio del Mundial. El grito común, la angustia compartida. De pronto tengo la impresión de que todos hinchan por Marruecos, aunque tampoco. La neutralidad del migrante permite compartir entusiasmo con estos y aquellos, pero es un constante y solitario fuera de juego.

En el minuto 90, el VAR no admitiría la derrota del reino español. No basta el espíritu de revuelta de Marruecos. Y qué raro es vivir un gol otorgado a destiempo y por computadora. Qué cortante el suspenso mientras se revisa una pantalla. Cómo se debilita el candor del juego en esos minutos.

La gran narrativa del fútbol español pesa (y hoy, hasta cae pesada).

España celebra un empate agonizante con una pintura de gol de taco de Iago Aspas. La impensable simpleza de este tanto convirtió lo que parecía un coliseo romano en un recreo, repleto de esa picardía de patio interior. Ahí la maravilla del fútbol, esa mezcla de algoritmo e instinto. ©

Total
0
Shares
Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Publicaciones relacionadas
Leer más

A un océano de distancia

Como en muchos otros temas, en Latinoamérica casi no coincidimos con la fecha de conmemoración del Día del Maestro. Al Perú, nuestro país, le correspondió celebrarlo este viernes 6 de julio, que a falta de motivos, emotividad no le falta al verbo.
Leer más

La vida después de Zlatan

[Escribe: Mario Blanco] En un país que ocupa el quinto lugar en igualdad de género, según en el índice Global de la Brecha de Género; en el que las compañías obligan a sus empleados a hacer una pausa en sus rutinas diarias para que se tomen un café y conversen con sus compañeros y jefes (la ceremonia es llamada fika); en el que sus empresarios más acaudalados pueden...
Total
0
Share