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Horror al error

[Escribe: Juana Gallegos] ¿Pueden los dioses equivocarse? Parece que sí. ¿Puede fallar un penal Cristiano Ronaldo? Sí. Lo falló Messi en el partido contra Islandia. Y también lo falló nuestro Cueva, que no es un dios, que aún es un noble soldado raso, pero después de ver cómo Messi y Ronaldo fallaron un penal, queda exculpado.
Ilustración: Omar La Hoz

¿Pueden los dioses equivocarse? Parece que sí. ¿Puede fallar un penal Cristiano Ronaldo? Sí. Lo falló Messi en el partido contra Islandia. Y también lo falló nuestro Cueva, que no es un dios, que aún es un noble soldado raso, pero después de ver cómo Messi y Ronaldo fallaron un penal, queda exculpado. Miserables seríamos si aún lo condenáramos. Más aún después del triunfo contra Australia.

Ver equivocarse a los dioses es un placer impagable, un alivio que nos hace sentir a los del llano menos miserables, porque el error comprueba que somos de carne y hueso y que no podemos ser perfectos siempre, ni Cristiano Ronaldo, el 7 de Portugal, porque, por más gel que le eche a su copete, siempre habrá algún pelo parado que se le rebele, así como lo hizo el portero iraní Alireza Beiranvand, que le tapó un penal a quien hace unos días anotó a toda máquina los tres goles contra España. Tres, él solo.

Desde el día del partido contra Irán, los vídeos de Youtube que rememoran el error de la estrella del Real Madrid, suman miles de visualizaciones. Desde la comodidad de nuestras casas, miles repetimos una y otra vez la prueba irrevocable de que hasta los dioses se equivocan.

La escena es memorable, a pocos minutos de comenzar el segundo tiempo, el jugador iraní Saeid Ezatolahi toca a Cristiano, él cae, el árbitro, el paraguayo Enrique Cáceres, se acerca al VAR, al cubil del videoarbitraje, una especie de salita de la verdad, para corroborar la falta. La corrobora. Va a cobrar penal, y los iraníes se le acercan a pecharlo, alguno notablemente molesto lo pecha. El partido en general ha sido un tira y afloja, muchas caídas, mucho contacto hasta entre los mismos iraníes. En algún momento el arquero —que en unos minutos hará historia— ha cuadrado amenazante a uno de sus defensas.

Pero volvamos al momento en que el impávido Cáceres cobra el penal en medio del estadio de Saransk. Abro paréntesis: dicen que este es el Mundial en el que se han cobrado más penales. Cierro paréntesis.

Esta es la oportunidad para que Portugal sume un gol más al golazo de curva que metió el centrocampista Ricardo Quaresma en el primer tiempo. Pero no. No es una oportunidad, es un hecho, porque es Cristiano, el que tiene sobrenombre de ciborg: CR7. Un “hombre robot” es el que va patear el balón. Una máquina nunca falla.

Sin embargo, la mala suerte siempre acecha como una loba hambrienta. Cristiano, él, que tiene más de medio millar de goles contabilizados, el máximo goleador de todas las competiciones, el cinco veces Balón de Oro, cuyo cuerpo ha sido analizado por médicos e ingenieros para saber dónde reside ese dínamo que lo convierte en uno de los jugadores más veloces del mundo, él falla y nos quedamos lelos mirándolo a él también alelado, que se coge la cara, y camina con la cabeza gacha.

Un gol más e igualaba al inglés Harry Kane, el goleador de este Mundial que suma cinco anotaciones. Pero fue un gol menos para su colección y una arruga más para su vanidad. Con este error en la labrada carrera de Ronaldo, tan trabajada para el éxito como cada músculo de su cuerpo, se comprueba que el fútbol no es una ciencia, que no es todo técnica, que también hay azar, claro que sí. Es un juego y, como la vida misma, a veces, se gana y otras se pierde. No se puede ser el mejor siempre. No es natural. Hasta Maradona falló un penal contra Yugoslavia en Italia 1990. Y ni qué decir de Michel Platini ante Brasil en México 1986 o Roberto Baggio también ante la Canarinha en Estados Unidos 1994.

Hacer mil planchas a la semana como Ronaldo, comer sano cinco veces al día y descansar bien, hacer todo lo que manda la norma puede granjear una carrera millonaria, es cierto, pero la disciplina a rajatabla no es garantía de nada en el momento definitivo.

Fue un gol menos para su colección y una arruga más para su vanidad. Con este error en la labrada carrera de Ronaldo, tan trabajada para el éxito como cada músculo de su cuerpo, se comprueba que el fútbol no es una ciencia, que no es todo técnica, que también hay azar, claro que sí. Es un juego y, como la vida misma, a veces, se gana y otras se pierde…”

Algunos dicen que hay algo enfermo en una sociedad que quiere que todo el tiempo estemos up, arriba, brillando, como Ronaldo, que es el modelo a seguir de muchos adolescentes pues aparentemente lo tiene todo: es el goleador, uno de los que mejor cobra por mover un balón (se estima que llegará a ganar 421 mil euros semanales con el Real Madrid). En suma, es el que se lleva a las mujeres más hermosas a la cama, el macho alfa de la manada, el que por todos esos atributos han convertido en un dios. Pero, después de su error contra Irán, se comprueba que la perfección es ilusión. ¿O no?

“Si puedo jugar año tras año más de setenta partidos por temporada es porque me cuido. Duermo bien, me alimento bien, incluso en esos aspectos busco la perfección”, dijo Cristiano en una entrevista el 2015.

Dijo que busca la perfección. Cuando miramos a los deportistas de élite buscarla, los envidiamos. Admiramos su disciplina y su entrega casi religiosa a sí mismos para ser los mejores en su deporte. Sin embargo, trabajar de forma obsesiva cada detalle del cuerpo, como lo hace CR7, ¿no es vivir un poco preso de uno mismo?

Cristiano vive obsesionado por su físico. Algunos han dicho que sus serias convicciones de conservarse como un fitness man rozan lo patológico pues el jugador sólo tiene 7% de grasa corporal cuando lo normal para los futbolistas es acumular hasta 11%. Han dicho incluso que puede padecer vigorexia, que es un trastorno del comportamiento que hace que las personas se obsesionen con obtener una imagen corporal musculosa.

Cristiano quiere estar al 100% y cumplir con cánones imposibles. Esta fijación suya no hace más que revelar un padecimiento muy actual y muy de todos: el vivir esclavos de nosotros mismos. ¿No se parece la imagen de Ronaldo, ensimismado ante los espejos de un gimnasio horas tras horas, con la imagen de nosotros mismos ensayando diez, veinte, treinta veces la mejor sonrisa para el selfie de turno? Sí, Ronaldo gana millones por su obsesión con su cuerpo, es cierto, y nosotros ¿qué ganamos? ¿Likes?

“Si crees que ya eres perfecto entonces jamás llegarás a serlo”, dice el jugador en un comercial para Nike y sella así el pacto secreto que ha hecho con este presente artificial que te dicta a buscar el éxito por encima de todo, el éxito traducido en dinero, claro, y el dinero traducido en la búsqueda de más porque nunca será suficiente.

Ronaldo y las fotos de sus autos de colección, de sus viajes, mansiones, lujosos cuartos de hotel, vuelos privados, joyas y trofeos subidas en su cuenta de Instagram —que por cierto suman 122 millones seguidores— viviendo la vida perfecta es la postal que mejor define estos tiempos de filtros embellecedores. Porque allá, en el mundo de las redes sociales, parece que la vida se compone solo por colores pasteles y por momento felices.

No subió Ronaldo una foto, por ejemplo, del otro grave error que cometió durante el partido contra Irán. Ese del minuto 80 cuando cometió una falta que debió ser tarjeta roja, dicen algunos, pues le interpuso un codazo al defensa iraní Pouraliganji. Fue una falta que el impávido árbitro Cáceres no cobró o cobró barato, con una tarjeta amarilla. La risita nerviosa del 7 de Portugal en ese momento me recuerda al busto de cara chistosa que le hicieron en su honor en su país natal, y que ahora han reemplazado por otro, uno que le hace más justicia a su vanidad.

Los iraníes también brillaron en este encuentro ante Portugal. Lástima que la barrera idiomática nos haga olvidar tan rápido nombres como Sardar Azmoun, Saeid Ezatolahi o Reza Ghoochannejhad. Y es que, en esta parte del mundo, necesitamos dioses creados en Occidente, de nombres recordables, como Cristiano. Pero después de su noche imperfecta ante Irán (que ha terminado beneficiando a su archirrival España) sabemos que es y somos ínfimos seres humanos que no podemos controlarlo todo. ©

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