[Escribe: Diego Salazar] De los muchos clichés y lugares comunes que pueblan el léxico futbolero, pocos tan ciertos y engañosos a la vez como el famoso “no hay equipo chico”. Lo mismo sirve para justificar una derrota que para ensalzar un triunfo luchado e incluso injusto. Esa injusticia apareció este sábado por primera vez en Rusia 2018. Y lo hizo de una manera extraña. Una injusticia justa para un equipo que había hecho méritos suficientes para recibir mejor suerte.
Corría el minuto 58 del primer partido del grupo C, el que integra también Perú, cuando el delantero francés Antoine Griezmann ingresa al área australiana en un contragolpe fugaz. El defensa Joshua Riddon se barre, desvía el balón y Griezmann termina en el suelo. Los franceses reclaman, pero el árbitro uruguayo Andrés Cunha ordena que siga el juego. Cunha, por cierto, es un árbitro poco amigo de detener o alterar en exceso el trámite del partido. Ejem. Los aficionados peruanos recordarán, con una sonrisa cómplice, que el árbitro uruguayo dio por bueno el gol que la Pulga Ruidíaz marcó con la mano contra Brasil en la Copa América Centenario. Se tomó su tiempo, exactamente tres minutos con veintiún segundos, y aun así se inclinó a favor de la mano de diosito.
Pero estamos junio de 2018 y es aquí donde hace su aparición la verdadera mascota de este Mundial. En unos años, cuando echemos la mirada atrás y pensemos en Rusia 2018, ¿quién demonios se acordará de —esperen voy a googlear el nombre— Zabivaka, el lobo miope? Nadie. De lo que sí nos acordaremos es que el 16 de junio de 2018 en el Kazan Arena debutó VARcito, el ojo que todo lo ve. Quien, parece, será más recordado e influyente que el mítico Naranjito.
Segundos después de reanudado el juego, Cunha detuvo el partido y revisó la jugada en una pantalla de televisión. Como hacemos usted y yo y los comentaristas de televisión, creyéndonos todos narradores omniscientes, y dictaminó que el contacto entre Ribbon y Griezmann era suficiente para señalar penal y romper así la sorprendente pero justa paridad entre franceses y australianos. Griezmann, a diferencia de Leo Messi y Christian Cueva horas después, no falló.
En unos años, cuando echemos la mirada atrás y pensemos en Rusia 2018, ¿quién demonios se acordará de —esperen voy a googlear el nombre— Zabivaka, el lobo miope? Nadie. De lo que sí nos acordaremos es que el 16 de junio de 2018 en el Kazan Arena debutó VARcito, el ojo que todo lo ve”
El penal, como ocurre con frecuencia, era discutible. El contacto existe pero Griezmann se va al suelo con más decisión de la que había usado para intentar alcanzar el balón. El árbitro estaba a una distancia suficiente para una jugada de contragolpe y, desde ahí, desde su juicio y visión, había dictaminado que no existió falta. Podría argumentarse que se trataba de un error. Pero, en todo caso, un error humano, inocente, un error con probabilidades suficientes de haber sido acierto, un error asumible y que los aficionados al fútbol venimos asumiendo desde que abrimos los ojos y los clavamos en el césped por primera vez.
Pero se acabó. Ahora, por obra y gracia del VAR, ese ojo biónico empeñado en reparar injusticias humanas, tendremos que acostumbrarnos a que los árbitros dirijan partidos como si en lugar de correr al lado de los jugadores estuvieran sentados a nuestro lado en el sofá, con el control remoto del DirecTV en la mano.
El partido prosiguió, Australia empató también de penal cuatro minutos después, este sí sentenciado por Cunha en vivo y en directo, sin apoyo externo. Al igual que en el primer tiempo, durante los segundos 45 minutos Australia le recordó a Francia, como Portugal y Cristiano Ronaldo a España el día anterior, que el cartel de favorito vale poco o nada en el primer partido de una Copa del Mundo.
Cuando faltaban diez minutos, la tecnología volvió a sonreírle al equipo francés. Esta vez no fue VARcito, sino su primo GLT (Goal Line Technology), que asistiendo al árbitro Cunha, decretó que un precioso disparo de Paul Pogba dentro del área grande dio bote detrás de la línea de gol luego de golpear el travesaño. A diferencia del penal que el VAR otorgó a Griezmann, el gol de Pogba no admitía duda. El balón había cruzado sobradamente la línea y no había nada que reclamar ni discutir.
La discusión alrededor del uso de herramientas tecnológicas en auxilio del árbitro no es nueva en el fútbol profesional. La FIFA, renuente durante mucho tiempo a introducir asistencia arbitral externa, finalmente abrió la puerta al GLT en el mundial de Brasil 2014. Ya entonces escuchamos críticas, casi todas argumentaban que la intervención tecnológica iba en contra del espíritu del deporte, que para algunos románticos reside en la subjetividad y falibilidad humana.
Podría decirse lo mismo ahora del VAR, la última incorporación marca FIFA orientada a reparar las injusticias producto de un árbitro distraído o falto de reflejos. Sin embargo, existe una diferencia sutil pero fundamental entre el GLT y el VAR. La norma que el primero debe hacer cumplir no depende de la subjetividad humana. La pelota cruza o no cruza la línea de gol, independientemente de lo que al árbitro, el portero, a los defensas o a los aficionados les parezca. El VAR, por su parte, puede ser usado para decidir no solo sobre goles fantasma sino también en penales o faltas merecedoras de tarjeta roja directa, normas que, en realidad, dependen del criterio arbitral. Un criterio que, con mucha probabilidad, será distinto en vivo y en directo o en sucesivas repeticiones televisivas.
Así, una herramienta orientada a corregir una supuesta injusticia fruto de la subjetividad humana puede derivar en una nueva injusticia, fruto de la subjetividad humana en cámara lenta. Como hoy. ©

