[Escribe: Elda Cantú] Un partido de fútbol, dicen los sesudos seguidores del deporte, no es jamás solo un partido de fútbol. Un partido de fútbol es, en realidad, una metáfora, una parábola, una alegoría. Una narrativa al parecer simple –once hombres contra otros once hombres luchando por un balón– que encierra muchas otras narrativas más complejas. Otra forma de contar una historia.
En la derrota de Argentina leemos una lección sobre la falta de liderazgo. En la eliminación de España descubrimos una teoría sobre el aburrimiento. En el color de piel de los seleccionados franceses interpretamos una paradoja migratoria, un proyecto político de asimilación que no termina de cuajar en la vida real. Vemos el fútbol por el placer del deporte pero, sobre todo, por la misma razón por la que vamos a la iglesia, consultamos el horóscopo, tomamos clases de historia, leemos poemas de amor, bebemos hasta la inconsciencia. Necesitamos entender asuntos demasiado difíciles, evitar los errores del pasado, sentir que algo se nos remece adentro, olvidarnos un momento de nuestras desgracias. Así que volteamos a ver a los once hombrecitos corriendo tras el balón y nos figuramos que en lugar de un partido estamos siendo testigos de algo mucho más elevado. De algo que nos ilumina, nos inspira, nos aclara, nos evade.
En el calendario de partidos de la FIFA, el 2 de julio de 2018 marcaba el enfrentamiento de México contra Brasil después de una sorprendente calificación. Que fuéramos a octavos no era lo inquietante –sabíamos de sobra que ese ha sido nuestro tope histórico– pero sí la forma cómo habíamos llegado hasta ahí. Primeros de grupo, victoria épica ante Alemania mediante. El partido sucedía horas después de otra juerga memorable: la de un país que elegía por primera vez un presidente de izquierda. Un país cansado de que nada cambie y convencido de que ya no podíamos seguir igual.
Y si en el calendario el 2 de julio de 2018 era un lunes mundialista cuya programación competía con la agenda laboral de millones de mexicanos, en los libros de historia era un recordatorio de otras derrotas que no sucedieron en la cancha de fútbol. Fue un domingo 2 de julio de 2000 que Vicente Fox derribó la ‘dictadura perfecta’ de más de 70 años del PRI y un otro domingo 2 de julio de 2006 que a Andrés Manuel López Obrador le arrebató la presidencia una cuestionada diferencia del 0,7% en la votación. Y fue un 2 de julio de 1520 que los españoles masacraron a un pueblo en lo que hoy es el Estado de México, según la crónica de Fray Bernardino de Sahagún: “Y cuando hubieron llegado a un sitio que se llama Calacoayan, en una cañada, un poco arriba, allí donde hay cercas de piedra, mataron y apuñalaron los españoles a la gente. No les habían salido al frente las gentes de allí, los habitantes de Calacoayan: sin culpa suya fueron matados. En ellos desquitaron su ira, en ellos vaciaron su venganza”. Era la venganza de Hernán Cortés después de haber llorado su derrota en el árbol de la noche triste. Quinientos años después, la venganza había sido democrática y la noche del 1 de julio no había sido triste.
En la cabeza me rondaba esa frase de Imaginemos cosas chingonas. Esas tres palabras no eran la respuesta fastidiada de un jugador al que se le acusaba de mediocre frente a la cámara. En la formulación, el verbo aportaba una cuota de creación, de futuro y de esperanza (…) En la cancha se materializaban cosas chingonas. El equipo estaba jugando con la cabeza. Por fin. Sin resignarse a perder”
Quinientos años después, los aficionados al fútbol se estrujaban sombreros y bigotes frente a la pantalla: en la historia de los partidos mundialistas contra Brasil jamás hemos ganado. En 1950 cuando caímos 4 a 0 en el Maracaná contra los organizadores de la Copa del Mundo, en México gobernaba Miguel Alemán, el primer presidente civil del PRI, el del la industrialización y el milagro mexicano. En la siguiente copa, cuando los brasileños nos golearon 5 a 0 en Ginebra, la banda presidencial la llevaba Adolfo Ruiz Cortines, del mismo partido. Cuando en Chile perdimos 2-0 frente a la escuadra brasilera, el presidente era otro Adolfo (López Mateos) pero el partido en el poder seguía siendo el mismo. No volvimos a ver a Brasil en un Mundial hasta 2014. Y aunque para entonces ya se habían sentado en la silla dos presidentes de la oposición, cuando el ‘Tri’ de Miguel Herrera se enfrentó a la verdeamarelha de Scolari en el Gigante de Boa Vista, el PRI había regresado al poder. En la cancha quedamos 0-0, como para romper la racha de las golizas, pero no la maldición de irnos a casa en octavos.
Un partido de fútbol como una metáfora política. Acudimos a la cancha porque creemos que importa estar ahí, del mismo modo que los votantes –en México el sufragio no es obligatorio– salen de casa porque confían en que su opinión en la urna importa. Sintonizamos el partido por la misma razón que nos quedamos pegados a la tele después de que cierran las mesas de votación: porque no sabemos qué va a pasar. Porque aunque tengamos un favorito o intuimos una derrota, queremos saber cómo termina la historia. Votamos por un candidato y alentamos a nuestro equipo porque sabemos que nada está escrito. Una contienda electoral como metáfora deportiva.
En mi agenda, el lunes 2 de julio de 2018 era una mañana repleta de compromisos: devolver trabajos a un grupo de estudiantes universitarios, asistir a un taller al que me había inscrito dos meses antes, acudir a una reunión de planeación curricular. No contaba con el partido. Como migrante iba a experimentar la bizarra sensación de vivir en una realidad paralela. Iba a estar rodeada de personas a las que no les importaba el partido.
Empecé a ver la transmisión en modo silencioso, a escondidas. A primera vista había cambios en la cabeza de los jugadores: ‘Chicharito’ iba con una melena platinada cortada al ras y Neymar se había despojado de la ridícula cabellera teñida. Minimizaba y maximizaba la pantalla al mismo tiempo que el equipo de mi país se imponía con inteligencia frente a Brasil. No me había puesto la camiseta verde porque, seamos serios, esto es solo un juego. Pero en la cabeza me rondaba esa frase de Imaginemos cosas chingonas. Esas tres palabras no eran la respuesta fastidiada de un jugador al que se le acusaba de mediocre frente a la cámara. En la formulación, el verbo aportaba una cuota de creación, de futuro y de esperanza. Mientras escuchaba a mis colegas hablar en un idioma extraño, en la cancha se materializaban cosas chingonas. El equipo estaba jugando con la cabeza. Por fin. Sin resignarse a perder.
Salí del aula con el corazón en la boca y alcancé a acomodarme en una cafetería lista para el segundo tiempo. Había dos televisores donde daban el partido pero yo vivía el drama frente a la transmisión de la computadora, aislada por los audífonos. De cuando en cuando, la bulla a mi alrededor me hacía subir la vista hacia los televisores. Había un delay pero mi nerviosismo no alcanzaba para saber cuál era el partido del futuro. En el minuto 51, viene Neymar. “México tenía que sufrir esto”, dicen los comentaristas. “Brasil es mejor”, dicen, como quien ya sabía que esto iba a pasar. Entonces me doy cuenta de que estoy hinchando contra la corriente. Lo que me choca no es tanto la diferencia de 17 segundos entre la transmisión que miran todos a mi alrededor y la que yo tengo al frente. Es que todos los demás le van a Brasil. Escucho al narrador: “Ese boxeador cuyas piernas flaquean, ese es México”, dice y a miles de kilómetros de mi país, de mis hermanos y de toda mi gente, a mí por fin me entran ganas de llorar. “México todavía puede seguir soñando”, dice aunque para todos ya está muy claro que hoy no vamos a ganar.
A veces, un partido de fútbol es solo eso y para contar una historia diferente hace falta dejar de mirar la pantalla. A veces el resultado que más importa no sucede en la cancha. Hagamos cosas chingonas. ©

