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Un desastre de la naturaleza

[Escribe: Leonardo Ledesma Watson] El huracán lleva tu nombre. Qué nombre: Harry Kane. El hombre con rostro de actor de cine –y que es menor que casi todos los que escribimos en esta página– es, por un montón, la estrella del país que inventó el fútbol, el protagonista principal del deporte de toda una isla,

el goleador más grande del mundo en 2017 por encima de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, el tipo de uno ochenta y ocho de altura al que no se le mueve el peinado a pesar de haber metido con la cabeza los dos goles con los que Inglaterra le ganó a Túnez –y con las justas–, el capitán de un equipo cuyo promedio de edad es de 25 años; el abanderado de una selección que gana, pero que aún no arrasa, a excepción de él, el ‘Hurricane’.

Aunque quizá sea esa una entrada antojadiza y más elogiosa que justa, es cierta: Inglaterra, que en el mundo geopolítico es como el imperio que promueve todos los males de Occidente, pero al que todos quieren saludar, en el del fútbol es la selección grande pero tibia a la que nadie pone en el primer bolo de favoritos y pareciese que lo mandan al segundo de puro compromiso. Aunque la Premier League sea el torneo más caro del mundo, el que mayores derechos de televisión cobra y en el que clubes como Manchester United o el Chelsea tienen más hinchas en la China que en sus propias ciudades, el equipo que esta vez dirige Gareth Southgate –el único de todo el torneo cuya plantilla completa juega en su propio país– te tira la camiseta y no te gana. Si “ningún equipo gana con la camiseta”, dicho por el escritor Víctor Ruiz Velasco en su ensayo sobre el debut de Uruguay en la Copa, yo le añadiría que “ningún equipo, mucho menos Inglaterra”.

Claro, de un tiempo para acá que los del país de la mejor canción de punk de la historia (God save de queen de SexPistols) se dieron cuenta y decidieron cambiarlo.

En un plan de disciplina thatcherista, pero que no incluye el cierre de fábricas ni el despido masivo, Inglaterra ha empezado a volver a la élite logrando los títulos Sub 17 y Sub 20 del mundo y el título Sub 19 de Europa en los últimos años. De esta manera pretenden pisar una semifinal de un Mundial luego de 28 años, a pesar de haber tenido estrellas tan destacadas como Alan Shearer, Paul Ince o Andy Cole en los noventas y a David Beckham, Michael Owen, Steven Gerrard o Frank Lampard en las últimas dos décadas.

Inglaterra, que en el mundo geopolítico es como el imperio que promueve todos los males de Occidente, pero al que todos quieren saludar, en el del fútbol es la selección grande pero tibia a la que nadie pone en el primer bolo de favoritos y pareciese que lo mandan al segundo de puro compromiso”

A un ladito del Volga, cuya costa fue descrita en Hielo, nariz roja, del poeta Nikolai Nekrasov, como “Desde el pino que salta hace caer/ unos copos de nieve sobre Dária/ que fría, inmóvil, no despierta/ de sus sueño encantando”, en Volpogrado, debutó el equipo que casi siempre juega bien, pero casi nunca gana nada cuando la cosa se pone dura. Bueno, hoy ganó, aunque con susto, tratando de atravesar a los tunecinos que de cenicientas no tenían ni los zapatos. Un equipo africano que se clasificó como primera del Grupo A en la Confederación del continente alacena de las principales ligas europeas.

Las ‘Águilas del Cártago’ salieron a especular y cuando parecía que teníamos de vuelta a la Inglaterra arrolladora de los sesenta tras el primer gol de Kane al inicio del partido, el chip de Túnez cambió y se echaron a jugar. Pero de verdad. Se echaron a jugar porque los británicos perdieron el control. Delle Ali, Ashley Young, Raheem Sterling y demás jugadores de millones de libras no podían llevar el balón más de cinco metros sin ser interceptados por algún defensa contrario y así, al final del primer tiempo, llegó el premio al esfuerzo. Penal a favor de Túnez que Ferjani Sassi cambió por gol. Todo volvía a empezar.

Este Mundial se juega sin Hooligans en los estadios. Y estuvo a punto de jugarse sin Inglaterra en la cancha después de un impasse diplomático con atisbos de guion de Bourne, Kingsman o el agente 007: el rumor decía que la primera ministra Theresa May quería boicotear el torneo tras el asesinato –por envenenamiento– de un espía ruso y su hija en Gran Bretaña. Las versiones fueron muchas, pero el hecho real fue que ambos países retiraron diplomáticos y la tensión se elevó como si aún hubiese un muro entre Oriente y Occidente.

Como no pasó nada, Inglaterra salió a jugar un segundo tiempo en el que quisieron ser un tifón y se encontró con un sistema de mitigación de desastres tunecino que aparentaba soportar cualquier embate e, incluso, neutralizarlo. Claro, ese señor llamado Harry Kane, tras una serie de rebotes, puso la cabeza y anotó para convencer a todos de que, eventualmente y si se ponen serios, Inglaterra tendrá la posibilidad de conquistar todo el mundo, más allá de la Commonwealth. Sí, otra vez. El imperio, a su modo, contraataca. ©

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