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La recompensa es el camino

Esta historia, que más parece la bitácora de una despedida, no empieza en un estadio ruso en medio de franceses y uruguayos. Esta historia empieza, en realidad, en Termópilas. Una calle con el nombre de aquella batalla en la que 300 espartanos y otros cuantos griegos frenaron el avance del temible ejército persa.

En esa calle, tan angosta y empinada como aquel desfiladero en el que Jerjes dejó de sentirse un dios, vivió Óscar Washington Tabárez, o Washington, como le decían desde que llegó al mundo tres años antes del Maracanazo.

Allí, en el límite del profético Cerrito de la Victoria, en las afueras de Montevideo, el futuro técnico de Uruguay aprendería las dos lecciones más importantes de su vida: al humilde siempre le costaría el doble—su callecita inclinada se lo recordaría siempre—; y si es que se nace en un barrio, se crecerá siendo parte de un grupo, de una familia, de una comunidad; sin creerse el mejor en nada, ni el peor en todo, como ese lema que ahora acompaña a la selección uruguaya como un pacto de lealtad nacional: “Más que nadie, menos que ninguno”.

Por entonces El Maestro aún no era un maestro. Era el hermano mayor de Williams y Walter. El hijo de Oscar, un empleado de fábrica de productos lácteos y luego funcionario del Consejo Nacional de Subsistencias (sugerente guiño del destino). El hijo de ‘Chicha’, exempleada doméstica, vecina solidaria y madre decidida a darles educación a sus tres hijos. Era también el niño que aún de viejo se emociona al recordar la mesa con cajones debajo en la que se comía, se hacían los deberes y se vivía en medio de un rancho de chapa. El sobrino de Helvecio, Élida e Ismael; y el primo de Yamandú y Hamlet, el alma más solidaria que se cruzó en su vida; todos ellos como sacados de una novela real maravillosa.

Antes de ser maestro, Washington se convirtió en futbolista: uno rudo, con alma amateur, y que tendría que dejar el fútbol por una lesión en la rodilla. Pero también conoció el existencialismo de Jean Paul Sartre y quedó fascinado por el concepto de las situaciones límite del alemán Karl Jaspers. Se nace y se muere. Son esas dos situaciones las que marcan la vida de un hombre. “A partir de eso uno va haciendo su camino y jamás sabe cuál podrá ser”, contó en el libro del uruguayo Horacio Tato López: El camino es la recompensa (Aguilar, 2012). El título se originó de una frase dicha por una mujer en Sudáfrica durante la despedida de la selección uruguaya tras perder el tercer lugar en el Mundial 2010: “The journey is the reward”. Una filosofía de vida digna del país del Pepe Mujica.

Así como en la lectura de Antonio Machado y en el “Caminante no hay camino, se hace camino al andar” de Joan Manuel Serrat, Washington encontró que en el fútbol esa lección tenía más utilidad que una estrategia en una pizarra. “El fútbol no es lo más importante, pero es un vehículo para llegar a las cosas más importantes”, diría. El camino —o si se quiere: el fútbol— siempre como metáfora de vida. Se pierda o se gane; se acierte o se falle.

Así se hizo hombre, maestro de escuela y Maestro con ‘M’ mayúscula, y nunca dejó de aprender. Ni un solo día. Como cuando, ya siendo entrenador del Montevideo Wanderers en 1985, conoció al gran maestro de la uruguayidad dentro de las canchas, Obdulio Varela, capitán de la gesta de 1950 en el Maracaná. Apichonado y en silencio, tenía tantas preguntas en la cabeza. ¿Cómo es un líder de cerca? ¿Qué hace que un hombre se convierta en leyenda? ¿Se puede ser un ícono sin completar la escuela primaria? Después de aquel encuentro, entendió que más allá del aula hay cosas que mucha gente aprende a través de lo que vive, de lo que observa. “Son personas elegidas”, diría Washington.

Por supuesto, Obdulio Varela era un elegido. Un elegido como aquel maestro de escuela que se convirtió en el impulsor del mejor Uruguay de los últimos 30 años; como aquel sabio con bastón que ha logrado que un país resignifique su estirpe luchadora sin necesidad de acabar a las patadas. Sentado en el banco de suplentes del estadio Nizhny Novgórod, Washington Tabárez, el niño que creció en Termópilas, el hombre que defiende la escuela pública, espera con entereza el final del partido por los cuartos de final. La Francia de Antoine Griezmann, el francesito que habla con acento uruguayo y toma mate por influencia de Godín y Giménez —sus compañeros en el Atlético de Madrid— está a punto de ponerle fin a una era inolvidable.

“Antoine Griezmann se cose la boca antes de celebrar el gol que acaba de sentenciar la eliminación de Uruguay. Porque, aunque Luis Suárez diga que “no sabe lo que es el sentimiento uruguayo”, en realidad, entiende muy bien de lo que se trata: llorar como José María Giménez en medio del partido imaginando el dolor de todo un país. Afrontar el fútbol con honor…”

Como si se tratara de una lección del destino, Uruguay pierde luego de padecer su mejor arma (un cabezazo de Raphael Varane) y una fatalidad que pone en duda su legendaria fuerza mental (un blooper de Fernando Muslera ante un disparo traicionero de Griezmann). Esta es la despedida de un equipo que en lugar de gritar los goles, vocifera “Uruguay nomá”, que tiene mancos que anotan goles en finales (Héctor Castro, ‘El divino manco’ en Uruguay 1930), capitanes que juegan con las piernas vendadas (Obdulio Varela en Suiza 1954), delanteros que vuelven de un paro cardíaco para seguir jugando (Juan Eduardo Hohberg también en Suiza 1954) o fracturados que se niegan a dejar la cancha (Eliseo Álvarez en Chile 1962). Y es por eso que Antoine Griezmann se cose la boca antes de celebrar el gol que acaba de sentenciar la eliminación de Uruguay. Porque, aunque Luis Suárez diga que “no sabe lo que es el sentimiento uruguayo”, en realidad, entiende muy bien de lo que se trata: llorar como José María Giménez en medio del partido imaginando el dolor de todo un país. Afrontar el fútbol con honor. Como cuando todo empezó hace 118 años y lo que importaba, antes que superar al rival, era doblegar las propias limitaciones. Ser un amateur de potrero. Un idealista de la pelota. Uno que entiende que la recompensa no es la victoria; ni el castigo, la derrota. Uno que sabe que la verdadera recompensa es el camino. Ese que trazó el maestro Tabárez hace doce años en el inicio de su segunda etapa al frente de Uruguay.

Pero el viaje no acaba aquí. Así como Edinson Cavani, Luis Suárez y Martín Cáceres aceptaron transitar la senda de la mano de El Maestro desde 2006, una nueva camada —que aún no nacían cuando Tabárez era técnico de Uruguay por primera vez en 1990— sabe bien que son parte de un grupo, de una familia, de una comunidad. “Más que nadie, menos que ninguno”. Betancur (21), Torreira (22), Nández (22), Giménez (23) y Vecino (25) son lo mejor de ese paisito en el que se es futbolista, funcionario público o maestro de escuela. O todo a la vez como Washington Tabárez.

Mientras 3,3 millones de uruguayos no dormirán preguntándose sobre el futuro de El Maestro, él cumplirá con el ejercicio que lo ha acompañado en los últimos años como un purgante para el alma: ¿Qué hubiera pasado si…? ¿Qué hubiera pasado si el arquero francés Lloris no atajaba el cabezazo de Cáceres? ¿Qué hubiera pasado si Muslera no se hubiera equivocado? “A la realidad hay que aceptarla siempre, pero el ejercicio de lo que podría haber sido a uno siempre lo reubica para no marease, ni en un sentido ni en otro. Ni irse hacia la euforia ni hacia la depresión”. Sabiduría pura.

A sus 71 años, Washington Tabárez, un combatiente de su propia versión de las Termópilas, no deja de aprender y no deja de enseñar. Al borde de su retiro, con el sindrome Guillain-Barré que no le impide soltar el bastón para gritar “Uruguay nomá”, solo quiere que sus jugadores cumplan eso que aprendió de su maestro de cuarto año de escuela, eso que dijo el filósofo griego Gorgias cuando sus discípulos quisieron brindar por “ser eternamente fieles” a sus enseñanzas: “Yo brindo por quien me venza con honor en vosotros”. El Maestro, como todo buen maestro, solo espera ser superado. ©

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