Diecisiete centímetros contra doce. Vaya diferencia. Cinco pequeños centímetros pueden ser cruciales, ¿o no? Y más en el fútbol: unos centímetros pueden ser definitivos para que el balón ingrese al arco, y decida con ello la autoestima de un pueblo.
Son tiempos de Mundial, tiempos de mansplaining feroz, tiempos en que con seguridad habrá más hombres por metro cuadrado hablando ríos de palabras explicándonos a las mujeres qué es un regate, un fuera de juego, una tijera. Su gloria. Para las no enteradas, el fútbol es un campo desconocido, y provoca miedo ver un partido junto a los amigos eruditos en datos futboleros. Tanto como el miedo que provoca llevar el mismo vestido de tu amiga en una boda. Permítanme la caricatura.
Decía que diecisiete contra doce sí son números determinantes. Son las medidas que, según el mapa del ranking mundial de los penes hecho por la web Targtmap, colocan en primer lugar y como los más aventajados del mundo a los africanos, y en el último lugar a los asiáticos. Un prejuicio con el que empiezo a ver el encuentro de hoy entre Senegal y Japón. Un prejuicio tonto pero avalado por la estadística. En Google aparece la foto de Keith Baldé, el atacante de 23 años de pectorales de acero del equipo senegalés, uno de los jugadores más sexys del Mundial. A continuación, los algoritmos me llevan a otra noticia: Senegal es el paraíso del turismo sexual para las europeas maduras.
El biotipo, las características físicas, siempre terminan jalando al ojo. “Todo el drama ocurre en el ojo y lejos del cerebro”, decía el poeta César Moro. Los senegaleses son una selección de jugadores exuberantes, con 1,85 como estatura promedio; elásticos, están provistos de una masa muscular notable. Prometen velocidad, quiebres, testosterona al máximo. Los japoneses apenas pasan el 1.79. Son más bajitos, más gráciles, ni el tinte ni los pelos parados los agrandan. Los africanos les llevan media cabeza en varios casos. Los centímetros sí importan, pienso. Suena el pitazo del árbitro. Inicia el juego.
¿Será que los aventajados Leones de Teranga revolcarán también a los Samurái blue en la cancha del Ekaterimburgo Arena? El fútbol es una caja de sorpresas.
No se arañen los defensores de lo políticamente correcto. Este ha sido un ejercicio para que sepan cómo molesta cuando para hablar de un deporte se apela únicamente a la descripción sexista del físico y no a los logros de un deportista.
He hecho con los futbolistas algo que los malos periodistas deportivos suelen hacer con las deportistas, ¿o alguien olvidó cómo fue la cobertura de los Juegos Olímpicos 2016? A las integrantes de la delegación sueca, la revista Olé de Argentina las llamó “las muñecas de las Olimpiadas”, sin resaltar triunfos, solo sus cabellos rubios y ojos claros a más no poder.
Los senegaleses son una selección de jugadores exuberantes, con 1,85 como estatura promedio; elásticos, están provistos de una masa muscular notable (…) Los japoneses apenas pasan el 1.79. Son más bajitos, más gráciles, ni el tinte ni los pelos parados los agrandan. Los africanos les llevan media cabeza en varios casos. Los centímetros sí importan, pienso”
El diario español El Mundo hizo un ranking de las “buenorras de Río de Janeiro”, enfatizando en primer plano los glúteos de las gimnastas. Es más, la Cambridge University Press se tomó el trabajo de analizar más de 160 millones de palabras de diarios, blogs y posts en redes sociales durante Río de Janeiro 2016, y los resultados comprobaron que, por ejemplo, los hombres recibían tres veces más espacio que las mujeres en la información, y que a las deportistas se les solía preguntar más sobre su estado civil, su apariencia o su edad. Las palabras que más se usaron para referirse a ellas fueron “edad”, “embarazo”, “mayor”, “soltera” o “casada” mientras que las palabras más usadas para referirse a ellos fueron “rápido”, “fantástico”, “fuerte”, “real” y “grande”.
Y así hay más ejemplos. Pero volvamos al fútbol. Comprobemos lo que dijo el entrenador senegalés Aliou Cissé: “Senegal no es solo físico ni Japón solo técnica”.
En el minuto 11, Sadio Mané, crack del Liverpool, amuleto de la buena suerte para su equipo, pues dicen que Senegal se ha mantenido invicto en sus últimos catorce partidos (nueve triunfos y cinco empates) porque él siempre anotó; ese atacante que luce un tajo rubio en la cabeza en forma de rayo metió con las rodillas el primer gol tras una floja respuesta del arquero Kawashima.
Subestimo a los japoneses. Ya no pienso en el ranking que los descalifica como grandes amantes sino en lo que repiten algunos analistas deportivos: que los africanos, grandes y fuertes, se van a tumbar a los livianos nipones.
¿Podrá la imaginación derrotar al músculo?
A los segundos, el equipo al que los sudamericanos asociamos inevitablemente con el Niupi, el conjunto que lideraba el inmortal Oliver Atom, el héroe del anime de nuestra niñez, arremete. Los livianos japoneses sorprenden. Y en un pase sincronizado, que parece una jugada de los mismísimos hermanos Koriotto, Yūto Nagamoto cruza el área, le deja el balón a Takashi Inui, y Japón clava el primer gol en la red de los senegaleses.
El recuerdo de los Super Campeones no es gratuito. No fue una coincidencia que el entrenador Roberto Sedinho haya sido un brasileño y que, según los sabidos, algunos de los seleccionados japoneses se hayan entrenado en Brasil, por lo que hay guiños en las jugadas de los nipones que hacen notar la mano de los cariocas.
La fama de los senegaleses se diluye. Resulta que los japoneses son más rápidos, que cuando no están nerviosos son unas máquinas. Esa creencia que dice que los bajos son más escurridizos se cumple. Keisuke Honda, con apenas cinco minutos en el campo, decreta el empate con una volea a doce del final. Sus ojos, abiertos como platos y sus muecas, enloquecen a la hinchada.
Empate a dos entre Senegal y Japón. Paridad. Los bajitos y gráciles de pelo pintado me han cerrado la boca. Lo mejor de este Mundial son las sorpresas. Yo soy una primeriza que ha aprendido la lección. Las tallas son solo eso, medidas que no dicen nada, lo importante en el fútbol es la técnica. Los japoneses lo han demostrado. ©

