Llegué tarde al fútbol, pero hoy estoy puntual para ver este partido. No me empujó al deporte mi padre, ni el amor por mi país, ni la afición de mi marido. Ni el patriotismo ni el heteropatriarcado. Lo que me trae acá es una mezcla de la curiosidad reglamentaria que me obliga a encender el noticiero de lunes a viernes y el desasosiego que me empuja a Netflix después del horario de oficina.
Estoy siguiendo este Mundial porque empiezo a entender este espectáculo por fin como lo que es: un acto de equilibrismo entre la ficción y la realidad. En su libro Homo deus, Yuval Harari explica que en este delicado balance reside una gran parte de la capacidad de los humanos para cooperar. Son débiles quienes pasan demasiado tiempo en una realidad distorsionada, dice el filósofo e historiador israelí. Pero “no se puede organizar efectivamente a las masas sin apoyarse en algunos mitos ficticios. Así que si dependes de la pura realidad, sin mezclar con ella algo de ficción, pocas personas te seguirán”.
A las 10:01 de la mañana mi marido está haciendo la segunda jarra de café. Mientras yo acomodo la computadora frente a la televisión para escribir esta crónica, él se decanta por el —digámoslo de un modo piadoso— periodismo de conversación (y de Twitter). Ha invitado a un par de amigos a mirar la final del Mundial. La tertulia mañanera de mi marido es mi trabajo. No es una queja doméstica, ni una lectura feminista sobre la desigualdad estructural en el campo laboral o deportivo.
Croacia y Francia van a pelear el último partido de una Copa del Mundo llena de circunstancias inusuales: Alemania se marchó pronto, Messi y Cristiano están en su casa hace rato, Brasil chorando se foi. Miro la pantalla y escaneo rápido a los jugadores. Parece que será una fecha llena de sensatez. La final no va a ser un desfile de peinados de fantasía ni barbas hipsters ni de tatuajes dignos de galería de arte. Los futbolistas de Francia y Croacia no se andan con tonterías. Estos señores vinieron a la guerra en Rusia y sus abuelos y sus madres estarían orgullosos de tanta mesura. Ni siquiera el peinado de Domagoj Vida resulta extravagante. Esa ridícula coleta, de lejos, lo hace lucir como un G.I. Joe malvado. De cerca, el 21 de Croacia es un defensa capaz de jugar en cualquier posición y, hace unos días, de enfurecer a los anfitriones del campeonato del mundo con un mensaje para sus fans ucranianos. El fútbol es lo que pasa en el campo pero sobre todo lo que está fuera de él. Este domingo lo que sucede en la cancha parece ser lo único que hay en el mundo. Lo creería si no fuera porque antes, hace una hora, estuve al teléfono con una funcionaria colombiana que denuncia que en su tierra están matando campesinos. El fútbol es un juego, me repito.
El fútbol es un juego que hoy enfrenta a una escuadra compuesta de hijos de migrantes que patean el balón por un país incapaz de decidirse entre la asimilación y el multiculturalismo con otro equipo cosido con los retazos de una región que literalmente es sinónimo de pulverización. Porque, cuando uno dice balcanización, lo que quiere decir es división y hostilidad, y para mayor referencia apunta con el dedo hacia Croacia y sus antiguas hermanas a la fuerza. Así que los mejores futbolistas del mundo este domingo son aquellos que juegan como equipo a pesar de todo eso que sucede fuera del campo.
“El fútbol es un juego que hoy enfrenta a una escuadra compuesta de hijos de migrantes que patean el balón por un país incapaz de decidirse entre la asimilación y el multiculturalismo con otro equipo cosido con los retazos de una región que literalmente es sinónimo de pulverización. Los mejores futbolistas del mundo este domingo son aquellos que juegan como equipo a pesar de todo eso que sucede fuera del campo”
El novelista y traductor Ivan Sršen, que vive en Zagreb y suele escribir en croata, ha dicho sobre la selección de su país: “De niños, estos jugadores no tuvieron ventajas sociales, solo desafíos y obstáculos, y aun así la hicieron en el mundo malvado del fútbol profesional donde solo el dinero, el físico y Kairos, el dios griego de la oportunidad y la suerte, tienen roles decisivos. Uno no puede evitar sospechar que es la dificultad de su juventud la que les ha permitido encontrarse ahora con el éxito”. Hace unos días, en The New York Review of Books, Sršen escribía que había visto el partido de cuartos de final contra Rusia junto a su hijo de once años en un bar de Sarajevo. Para él, ese momento en el que antiguos enemigos se abrazaban para celebrar los goles de Subasic y Rakitic era por fin —veinte años después— un indicio del fin de la última guerra que se combatió en Europa.
En el minuto 18, un gol. Un gol así, sin adjetivos y después de coma. Uno de esos goles que casi no se cantan porque han caído en la portería equivocada. Aún no lo sabemos pero este primer tanto es un augurio de lo que veremos. Durante el partido, Francia tendrá la posesión del balón 34% del tiempo, disparará al arco la mitad de veces que Croacia, realizará la mitad de pases que su rival, y pese a ello ganará. Y lo hará con autoridad, además. También es un arte: anotar cuando parece que no haces nada.
Teclear estos apuntes tiene cierto grado de dificultad: en la tele hay dos comentaristas. A mi costado, otros dos caballeros van narrando la campaña mundialista en tiempo real. Ellos devoran su segunda rebanada de tortilla española. Mi marido se ha desvelado preparándola y cuidando un bizcocho de camote que yo preparé anoche. Diez minutos más tarde, tiro libre de Modric, Mandzukic controla con la cabeza, una complicada jugada de laboratorio, ¡gol de Perisic! Empataron en un buen momento. Los comentaristas y la concurrencia en el salón de mi casa concuerdan: no había que permitir que Francia consolidase su victoria tan pronto en el partido. No lo dicen pero lo adelantan: este partido es de Francia pero será divertido ver cómo se desdobla. Por WhatsApp, una amiga a la que no le importa el fútbol me dice que está hinchando por Croacia. A ella le gusta estar del lado del underdog. Quiero citar esta palabra tan gringa en castellano y Google Translate me sugiere desvalido. A decir verdad, Modrić tiene talante de guerrero sufridor. Y Kylian Mbappé —padre camerunés, madre argelina, ambos atletas— exuda joie de vivre a 44.7 kilómetros por hora.
Minuto 34. Penal para Francia. El árbitro argentino Néstor Pitana, un exbasquetbolista cuya biografía en Wikipedia consigna en primer lugar que ha sido actor, tiene que ausentarse de la cancha. Un cabezazo de Matuidi —no sé si he visto otro partido en donde los jugadores usen tanto la cabeza— rebota contra la mano de Perisic y va a parar fuera de la cancha. Pitana va trotando al VAR para despejar cualquier duda. Milagros de la tecnología: podemos hacer pausa y volver a mirar. “Pitana está sacando plata del cajero”, bromea uno de los invitados, mientras esperamos el veredicto. El árbitro va, mira, vuelve a ver, se regresa y cobra penal en contra de Croacia y le abre la puerta a un gol de Griezmann. Estamos 2-1.
—Nunca he visto una final con más de dos goles, huevón.
—Sí, acuérdate. Francia 1998.
Corro a Wikipedia para hacer como que me refresco la memoria. Empiezo a recitar esas otras finales con goleadas múltiples. Los periodistas de conversación hacen una generosa pausa para dedicarse al deporte del mansplaining: esas finales eran de otro tiempo, me dicen. Ahora ya no se juega ese fútbol. Lo de ahora es el cerradísimo partido 0-0. Me callo.
Minuto 47. Los franceses no han hecho ni un solo disparo al arco. Y sin embargo el marcador indica que llevan dos goles. Siento la tentación de escribir que ser un hombre blanco heterosexual debe ser un poco como un marcador con esas condiciones y esa ventaja. Excepto que he mirado todo el partido y la realidad es otra: el equipo de Deschamps es un equipo más diverso que el país que representa, un equipo de obreros del balón que argumenta con las piernas. La escuadra de Les Bleus, en realidad, es el país que Macron quisiera liderar.
Segundo tiempo. Cuatro chicos vestidos de negro invaden el campo. Cuatro. Las cámaras batallan para seguir transmitiendo sin sobresaltar el curso del partido. Pienso en Putin y me estremezco al imaginar lo que les espera a esos invasores. Muchos minutos más tarde sabremos que este pequeño glitch en la Matrix es obra de las activistas punketas Pussy Riot. Han venido a interrumpir este festival de machos con la urgencia de quien reclama: “La liberación de los presos políticos. Que dar un like no te mande a la cárcel. Que se detengan los arrestos ilegales en las protestas. Que se restablezca la competencia política en el país. Que ya no haya gente en las cárceles sin motivo ni se les fabriquen acusaciones criminales”.
Tradicionalmente, la FIFA prohíbe que este tipo de manifestaciones se difundan para no alentarlas. En este partido no hay espacio para las Pussy Riot ni sus demandas —ninguna de ellas, por cierto, enunciada en favor solo de las mujeres—. Este domingo solo habrá cámara para Kolinda Grabar, la presidenta de Croacia que la prensa adora porque les da excusa para sacar a relucir sus “fotos” en bikini, aunque se trate de un fake infame. También enfocará, durante fugaces momentos, a Iva Olivari, la jefa del equipo croata a la que en Brasil 2014 se le prohibió sentarse en el banquillo. Con la expulsión del comando Pussy Riot del campo, Deschamps aprovecha para sacar a Kanté del juego en el minuto 58. Su estrategia surte efecto un minuto después.
“Incluso para quienes no se olvidan de que todo esto es un espectáculo, el Mundial es una ficción que nos gusta abrazar por un momento. Por eso sentimos la urgencia de derribar esa pared que nos separa de la fantasía y aplaudimos cuando una militante de Pussy Riot choca cinco con ese joven Mbappé al que Macron abrazará con una efusividad que quisiéramos ver en otros escenarios”
Es un gol precioso de Paul Pogba. (Ensayo a escribir: Paul Pogba ensarta un gol de alta costura). Una jugada que viene del otro lado del campo, una jugada que parecía que se haría espuma. Nadie supo cómo salió ese remate de la pierna izquierda de Pogba. La última vez que hubo tres goles en una final fue en Francia 1998. Aquella vez Deschamps también estaba en el estadio.
Pero cuatro goles. Cuatro goles no se veían en una final desde España 1982. Los comentaristas de mi sillón enmudecen hasta el minuto 68. Mandzukic, solito, mete el sexto gol de la mañana. “Seis goles en una final del mundo”, dice el comentarista de la tele. Su colega se ríe nervioso, jeje. “Ahora tienen que ser muy inteligentes”, dice y uno puede adivinar cierta vergüenza en su confusión temporal. Después recuperan el dominio de las frases vacías: “Este es un partido que va a quedar grabado para la historia”. La cámara enfoca a un niño croata: “hay muchos gorros de waterpolo”, dice la voz en off. “Es una potencia en waterpolo”, le responde la voz en off. En la sala de mi casa la conversación se anima con el dato ese que nos machacan los titulares: Croacia es una anomalía de cuatro millones de habitantes, tan pequeño y tan deportista, ¡a pesar de la guerra! Pero Corluka, Modric, Lovren patearon sus primeras pelotas fuera de ese país. Y Rakitic nació en Suiza. Hay tantas cosas que un partido de fútbol es incapaz de explicar. Hay tantas teorías que pueden construirse con un 4-2 en una era que parecía destinada a los finales 0-0.
En el palco, Macron le da dos besos a Kolinda Grabar y le aprieta los brazos. La escuadra azul levanta en hombros a su entrenador. Deschamps vuela por los aires con esa sonrisa chueca y deficiente que lo avejenta. En el campo lloran más los franceses que los croatas. En casa nos invade un soñoliento espíritu dominguero. En la vida real ni Rusia es un gran anfitrión o un buen vecino ni Francia es líder del mundo en el siglo XXI ni la presidenta de Croacia es una bandera de la igualdad de género. Pero el fútbol nos invita a imaginar que todo eso es posible. Incluso para quienes no se olvidan de que todo esto es un espectáculo, el Mundial es una ficción que nos gusta abrazar por un momento. Por eso sentimos la urgencia de derribar esa pared que nos separa de la fantasía y aplaudimos cuando una militante de Pussy Riot choca cinco con ese joven Mbappé al que Macron abrazará con una efusividad que quisiéramos ver en otros escenarios.
Dentro de unos minutos Putin, Macron y Grabar —aunque los comentaristas insistan en llamarla Kolinda— van a pisar el pasto. Lucirán felices. Hoy en día es casi imposible que un presidente enfrente a una multitud tan gozosa. No importa cuán populista carismático, autoritario o buenmozo en traje de baño sea. Hoy es domingo y ha sido un buen día para jugar. Durante el inicio de la premiación una leve llovizna cubre el estadio Luzhniki. Durante varios minutos, solo a Putin lo cubre un paraguas. En el fondo, las azafatas que han llegado hasta ahí para sostener una charola con las medallas se empapan sin parpadear. Kolinda Grabar va a perder las pestañas postizas. Llueve a cántaros y por un momento parecerá que así es como se acaba el mundo. ©

