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Ese lugar entre el pasado y el futuro

[Escribe: Antenor Guerra-García] Si Aleksandar Mitrovic hubiese nacido en la época en que Serbia formaba parte de la República Federal Socialista de Yugoslavia, el dictador Josip Broz, más conocido como el Mariscal Tito, probablemente lo habría enviado a un campo de prisioneros en las islas croatas luego de fallarse un par de ocasiones de gol inmejorables.
Ilustración: Misspogpog

Si Aleksandar Mitrovic hubiese nacido en la época en que Serbia formaba parte de la República Federal Socialista de Yugoslavia, el dictador Josip Broz, más conocido como el Mariscal Tito, probablemente lo habría enviado a un campo de prisioneros en las islas croatas luego de fallarse un par de ocasiones de gol inmejorables.

Eso sí, el dictador balcánico habría nombrado a su tocayo Aleksandar Kolarov, el defensa goleador de la Roma, como miembro del buró político del partido oficialista luego de acariciar el balón con su zurda prodigiosa en su golazo de tiro libre, inalcanzable para el excelente guardameta Keylor Navas.

Fue paradójico que en Rusia 2018 se enfrentaran en Samara dos países vinculados históricamente a los Derechos Humans, desde dos perspectivas muy distintas. Por un lado, Serbia, país donde en los 90 su ex presidente Slobodan Milosevic armó, financió e impulsó una campaña de limpieza étnica con el objetivo de crear la Gran Serbia durante la guerra Bosnia (1992-1995). Por el otro, Costa Rica, sede de la Corte Interamericana de los Derechos Humanos (CIDH).

Felizmente, este partido fue limpio pero poco cálido y vibrante. La faltó clima de Mundial, le faltó vida, sobre todo a Costa Rica, que se olvidó de poner en práctica en la cancha el “Pura vida” que los simboliza.

En vez del típico boxístico primer round de estudio inicial, en los primeros dos minutos se sucedieron cuatro ocasiones de gol. Nadie pensaba en otro objetivo que el de ganar. Por un lado, Costa Rica al mando de Bryan Ruiz, el buen enganche zurdo y referente del cuadro centroamericano. Por el otro, estaba Serbia con el torbellino desconcertante que imprimía Savic, la joven promesa, campeón mundial Sub 20. Ambas escuadras apelaban a una estrategia similar, lanzar balones a profundidad, divididos, en donde la mayor talla de los europeos se imponía y facilitaba su tarea defensiva. Costa Rica intentaba presionar a tres cuartos de la cancha, pero carecía de elementos desequilibrantes que permitiesen hilvanar juego.

Dos décadas y media después del desmembramiento de Yugoslavia, Serbia ha empezado a recuperar el sitial que alguna vez tuvo en el fútbol mundial juvenil. Su actual plantel tiene a cinco jugadores que se coronaron campeones mundiales Sub 20 en el 2015. Es una selección que arranca con lo justo”

¡Qué diferencia con el equipo “tico” del Mundial de Brasil, que dirigió el colombiano José Luis Pinto! La única similitud entre Pinto y el actual técnico Óscar Ramírez son sus bigotes bien cuidados y el terno azul modelo AGP ochentero. Porque si bien el equipo de Pinto tenía a la mayoría de jugadores de esta selección de Rusia 2018, los de Brasil 2014 gracias a su buen juego avanzaron hasta cuartos de final.

No me atrevo a afirmar que debió ganar Serbia. Pero estoy convencido de que no debió perder porque tuvo al mejor hombre del campo: Kolarov, un artesano del esfuerzo. Ganó porque hizo valer el peso de algunas individualidades como Savic, certero y madrugador, de botín bien puesto, y Matic, un obrero insigne en la medular.

Alguna vez Yugoslavia fue la cantera de Europa. De los Balcanes salían los mejores jugadores del mundo y también los mejores directores técnicos: la Universidad de Belgrado formaba excelentes entrenadores que tuvieron mucha facilidad para adaptarse en los países latinos. Después de la Segunda Guerra Mundial miles de familias estaban en ruinas y a cada yugoslavo le tocó sacrificarse para lograr su sueño. Como no había suficiente trabajo en su país, muchos entrenadores tuvieron que emigrar. A esta parte del continente llegaron, con distinta suerte, directores técnicos de jerarquía como Mirko Yosic, que sacó campeón mundial Sub 20 a Yugoslavia en 1987 y luego logró el título de la Copa Libertadores con Colo Colo en 1991.

Dussan Draskovic, en Ecuador, hizo un trabajo extraordinario con el vecino del norte. Previamente debido a la miopía de nuestros dirigentes desecharon su proyecto de trabajo con menores en el Perú. Otro representante de la ex Yugoslavia fue Bora Milutinovic, ex entrenador de México, Costa Rica y Estados Unidos. En tierras peruanas, Vladimir Popovic, estuvo a cargo de la selección, aunque solo sea recordado por una frase de dudoso optimismo (“matemáticamente aún podemos clasificar”). Ivan Bzcic logró adaptarse a nuestra idiosincrasia y dirigió con éxito a los dos clubes más populares: Universitario de Deportes y Alianza Lima, y Simo Vilic consiguió la hazaña de sacar campeón al Unión Huaral a fines de los 80.

Otros excelentes entrenadores fueron Toza Veselinovic (de la Selección de Colombia), Dussan Nemkovic (Santa Fe), Blagoje Vidinic (selección colombiana) y Ratomir Dujckovick, al mando del equipo venezolano. La década de los 90 fue la mejor época de los entrenadores yugoslavos en el extranjero y paradójicamente fueron los años en los que ese país se desangraba por sus guerras intestinas.

Dos décadas y media después del desmembramiento de Yugoslavia, Serbia ha empezado a recuperar el sitial que alguna vez tuvo en el fútbol mundial juvenil. Su actual plantel tiene a cinco jugadores que se coronaron campeones mundiales Sub 20 en el 2015. Es una selección que arranca con lo justo. En la cancha, el sacrificio es norma de vida. Todos meten. Todos corren. Y es que aún bajo la sombra de las comparaciones de lo que fue algún día la temible selección yugoslava, a este grupo de jugadores les toca buscar su propia destino, sacudirse del pasado remoto y brioso (con dos subcampeonato de Europa y una semifinal en Chile 1962), pero, a la vez, aprender de esa tradición balcánica, imperecedera.

Mientras tanto, once tipos, hijos de esta nueva Serbia del águila blanca de dos cabezas, lo tienen claro: para ganar no se puede dejar de correr. ©

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