Después del segundo gol de Croacia, le dije a mi papá que ya no podía seguir viendo más este partido. Al igual que aquel niño argentino que se tapó la cara con la bandera de su país en medio de la tribuna del Nizhny Novgorod Stadium, era mejor no seguir siendo testigo de la caída de una selección que se acostumbró a casi nunca caer. Después del segundo gol todos queríamos que acabara el partido para evitar más sufrimiento. Para evitar esa escena de absoluta desolación de la hinchada argentina. Cómo hemos llegado a esto, si hemos sido campeones del mundo. Eso decían sus rostros. La caída de los héroes. Lionel Messi, el héroe más caído de todos, confundido entre la rabia y la tristeza, en absoluta soledad.
Lejísimos de Messi, el rostro avergonzado de Willy Caballero, culpable de haberle dado la pelota al croata Ante Rebic, autor del primer gol. El mismo rostro que el de Jorge Sampaoli —del que algunos dicen que su despedida ya empezó—, cuya culpa se filtraba a través de su descabellada hiperactividad que no lo dejaba quieto ni un segundo. Por suerte, el partido acabó. Todos dejamos de sufrir, incluida yo, y ahí estaban los jugadores argentinos solos, enmudecidos. Un gran archipiélago de futbolistas desconcertados. Ahí estaba el ‘Kun’ Agüero, que entre el llanto contenido y el silencio sufría el duelo de esta derrota con la mirada perdida sobre el campo de juego.
Y, en medio de esta desolación que también me dejó enmudecida, tuve un primer recuerdo del seleccionado argentino, allá en los años setenta, cuando Argentina metía goles todo el tiempo en los campeonatos y yo era una niña que jugaba al fútbol con mi papá en el parque de atrás de mi casa y me creía ‘Cachito’ Ramírez o J.J. Muñante. Más tarde, en el Mundial de España ‘82, pasé a ser ‘Panadero’ Díaz, por el apellido, obviamente, y seguía pensando que Argentina era un extraordinario equipo. Tal vez lo pensaba porque a mi papá le gustaba mucho el equipo argentino y yo solo veía fútbol con él. En 1986, ya adolescente, recuerdo con mucha claridad aquel gran partido del equipo de Maradona versus Inglaterra en el Mundial de México. Recuerdo también que en mi casa se habló de que este triunfo, previo al título, se había dado cuando ya la democracia había vuelto a Argentina.
Lejísimos de Messi, el rostro avergonzado de Willy Caballero, culpable de haberle dado la pelota al croata Ante Rebic, autor del primer gol. El mismo rostro que el de Sampaoli, cuya culpa se filtraba a través de su descabellada hiperactividad que no lo dejaba quieto ni un segundo”
En el inicio de la crisis del fútbol peruano, a mitad de los años 80 —crisis deportiva que iba de la mano de la crisis política, social, económica que todos conocemos bien—, había que necesariamente identificarse con algún equipo latinoamericano en los Mundiales, en vista de que el nuestro no iba a ninguna parte. Y, en mi caso, yo lo hice con Argentina, porque con este país he tenido siempre una relación más allá del fútbol. Es el país que a mí, personalmente, mejor me ha tratado, desde que crucé el país con mi mochila al hombro intentando llegar a Buenos Aires a dedo cuando aún era una chibola de veinte y pocos años hasta cuando fui a terminar mi película ahí hace poco. También, por supuesto, Argentina es la tierra de muchos de mis referentes culturales: Mafalda, Soda, Charly, Cortázar, Borges, Pizarnik y claro, Sábato, que fue mi autor preferido durante muchos años cuando todo iba muy mal por aquí y mi espíritu era apocalíptico.
Curiosamente, luego de 36 años, Perú al fin vuelve al Mundial y los peruanos nos llenamos nuevamente de esperanza, a pesar de nuestra crisis, a pesar del nuevo fin de mundo que vivimos en nuestro país actualmente. Y mientras, los argentinos, pese a tener en sus filas a uno de los mejores jugadores del mundo, no tienen el brillo de antes, ni lejanamente. Lo cierto también es que a Argentina le ha empezado a ir mal en el fútbol desde que todo se fue al demonio en ese país a inicios de este siglo, desde aquel funesto “corralito” hasta llegar al neoliberalismo de Mauricio Macri hace poco. Lejos ha quedado la esperanza de los tiempos de Ricardo Alfonsín cuando al fin se había recuperado la democracia. En nuestro país ocurrió algo parecido: la crisis y la desesperanza nos llevó también a tener un equipo desunido y sin voluntad. Ha tenido que venir un argentino, justamente, para hacernos recordar que alguna vez el Perú fue bueno en el fútbol y lo puede seguir siendo.
Hoy, luego de ver con mi papá cómo perdía Perú a pesar de haber luchado hasta el final, sin mucha suerte, vi cómo Argentina se perdía desordenadamente en la cancha sin saber qué hacer ante los croatas. Casi como si hubieran perdido la esperanza, así como nos pasó antes a nosotros. Messi no pudo demostrar lo buen jugador que es y no pudo anotar ningún gol. Y de pronto recordé aquellas imágenes de Messi cuando vino aquí a Lima, chiquito, a jugar contra el Cantolao y se hospedó en una casa en Pueblo Libre, cerca de la casa de mis padres donde he visto ahora mismo el partido. Messi era entonces una ‘pulga atómica’ de 10 años que solo metía goles y que hizo papilla al Cantolao en su primera copa fuera de su país. Era el año 1997, año en el que Maradona se retiró del equipo argentino, sin saber que ya existía el futuro número 10. También fue el año en el que yo me fui del Perú, huyendo de la crisis y la oscuridad, y poco me importaba el fútbol por entonces.
Ha sido una tarde gris para el Perú y Argentina, pero luego recuerdo que solo es un Mundial de fútbol y que hay otras cosas por las cuales alegrarse, como que las mujeres argentinas han conseguido ganar una lucha por la igualdad y sus derechos hace pocos días, y que hay entonces siempre razones para sentir esperanza.
Como alguna vez lo dijo Sábato en Sobre héroes y tumbas: “la esperanza no deja de luchar aunque la lucha esté condenada al fracaso, ya que, precisamente, la esperanza solo surge en medio del infortunio y a causa de él”. ©

