Si uno toma las rutas 1 y 3 desde Montevideo, tendrá que recorrer 498 kilómetros con el río Uruguay al lado para llegar a Salto, un departamento con más de cien mil habitantes donde las mujeres son mayoría y los avistamientos de ovnis se registran desde 1976, cuando un granjero vio luces que bajaban desde cielo y, tras avisarle a los dueños del lugar, se encontró con la hierba del terreno quemada, las rejas rotas y un perro muerto. Todo ello, claro, sin explicación.
Se podría decir que Salto, o más precisamente la región de Estancia La Aurora donde ocurrió el avistamiento, no es un lugar turístico sino más bien uno al que se accede a través de un sendero polvoriento y estrecho, construido tanto por su gente como por las leyendas urbanas que ubican, por ejemplo, al primer hombre en pisar la Luna, Neil Armstrong, visitando la localidad y mostrando las pruebas de vida extraterrestre. La Estancia La Aurora es la Roswell de esta parte del continente; Salto, la Nuevo México uruguaya, ciudad donde nacieron Luis Suárez y Edinson Cavani, los goleadores históricos de la celeste que parecen deidades bajadas de un platillo volador.
Aunque queda cerca, desde Lima, Uruguay se ve muy lejos. Obligado casi a utilizar los años luz en lugar de los kilómetros —sin olvidar que ambas son unidades de distancia y no de tiempo—, nuestro imaginario nos hace ver a la única República Oriental de Occidente como ese sitio donde no pasa nada y a la vez pasa todo, de poquita gente bien organizada y leyes tan sorprendentes como justas. Un país que es núcleo del consenso en una región donde parece que casi nunca nos ponemos de acuerdo en nada. A Uruguay, por esta parte del orbe, lo queremos todos.
Si hablamos de cosas que parecen que no podrían pasar en este mundo, muchos se remiten al terreno de la ciencia ficción, pero Philip K. Dick nos ganó la pulseada y nos aterrizó aclarando lo que esta no es. Si estaban pensando en que se circunscribía a volar en navecitas por el espacio, a pelear guerras interestelares o a entender la singularidad para sobrevivir en un rústico búnker construido en Urano, pues, ánimo, que no es tarde para nadie. Para Dick, ese señor responsable de historias como Blade Runner, Minority Report o Vengador del futuro, el ingrediente esencial de la ciencia ficción es el elemento diferenciador que existe en toda historia: como Suárez y Cavani en la selección uruguaya, como el 99% de alfabetización en un país sudamericano, como la legalización de la marihuana para combatir el narcotráfico, como la Noche de la Nostalgia donde la quinta parte del país sale a celebrar todos los 24 de agosto lo que fue la vida y lo que todavía es; o como El infierno tan temido, sin duda el mejor cuento de Juan Carlos Onetti.
Suárez y Cavani son de Salto, uno de los lugares donde existen más avistamientos de objetos voladores no identificados y donde todo el mundo tiene una historia paranormal que contar, tanto así que según el periodista de televisión y ufólogo, George Almendras, “casi un millón de uruguayos ha tenido estas experiencias”
Esas historias que hacen único a un lugar también se encuentran en la vida de Cavani y Suárez. Ambos son conocidos por todo el mundo, sin embargo, pocos saben que el primero prefiere tomar mate a siete grados centígrados vestido con un poncho verde en su ciudad natal y acompañado de su familia, en vez de veranear en Ibiza o en la Costa Azul. El delantero del PSG francés, según el periodista Romain Molina, autor de El Matador, Cavani, es de los tipos que “paga su entrada como todos los demás, disfruta de pescar bagres y visitar a su amigo ornitólogo con quien habla de aves”. “Es por eso que se lo considera un OVNI: algo extraño y quizá muy poco visto”, asegura el autor.
Suárez, en cambio, es la historia del amor interestelar hecha hombre, el Han Solo de la galaxia futbolera mundial, el chico problema que llegó a caminar 24 kilómetros para ver a su novia en Montevideo. Cuando esta se mudó a Barcelona y él aún era menor de edad, cruzó el charco para verla en una Navidad y lo detuvieron en el aeropuerto porque no supo explicar qué hacía ahí. Cuando tenía 18 recibió una oferta del Groningen y aunque no sabía de la existencia del equipo, sí sabía una cosa: Holanda estaba más cerca de Barcelona que Montevideo. Desde allí no se volvieron a separar.
Ambos jugadores son de Salto, uno de los lugares donde existen más avistamientos de objetos voladores no identificados y donde todo el mundo tiene una historia paranormal que contar, tanto así que según el periodista de televisión y ufólogo, George Almendras, “casi un millón de uruguayos ha tenido estas experiencias”.
En su último partido de la etapa de grupos del Mundial, Uruguay parecía de otro mundo, volcando el trabajo del maestro Óscar Washington Tabárez en lo que ha sido la mejor primera fase de su historia al vencer a Arabia Saudita, Egipto y al local, Rusia, con un gol de Suárez, un autogol de Cheryshev y otro de Cavani, que al fin pudo marcar.
Así como en Beyond 1984: A Remembrance of Things Future —donde Ray Bradbury deja claro que lo único que quiere es prevenir el futuro más que predecirlo porque “al diablo con ‘más’, yo quiero ‘mejor’”—, desde que Tabárez asumió la selección uruguaya en 2006, la Celeste no ha parado de ir en ascenso, logrando clasificarse a tres Mundiales consecutivos y levantar una Copa América. El Maestro tenía claras dos cosas: aplicar el «Proyecto de Institucionalización de los Procesos de Selecciones Nacionales y de la Formación de sus futbolistas», un plan escrito por él; y diseminar la “Teoría de la irradiación”, que no es otra cosa que el generar un cambio cultural en sus futbolistas a partir de dos principios básicos: saludar cuando uno llega y despedirse cuando uno se va.
Tabárez, un ser de otro mundo, que se peleaba para que sus jugadores cruzaran el charco en clase ejecutiva y que los acogió a todos como un padre o un guía de la talla de Charles Xavier de X Men o Morfeo de Matrix, es quien aún pilotea esa nave que tiene como último fin llevarse la copa el 15 de julio a Montevideo y, quien sabe, de paso a Salto. ©

