No es casualidad que el verde de una cancha de fútbol coincida con el color de una pizarra de las antiguas: ambas sirven para mirar críticamente aquello que, sobre la vida, no necesariamente entendemos con claridad. Dicen los que han visto mucho fútbol que en este deporte no hay lógica; pero a qué puede aspirar quien ostente el título de maestro sino es a encontrar alguna lógica que explique las cosas.
Y si la clase fuera sobre el partido entre Bélgica y Brasil, deberíamos ir a los indicadores. Elementos que conviertan toda información abstracta en datos concretos, que permitan una medición. Veamos: inversión del PBI en salud y educación, institucionalidad, índices de calidad de vida, salarios, cuotas de género. Así como en la cancha, en todos los casos vuelve a ganar Bélgica. No hubo siete goles en el Kazán Arena, pero la contundencia de aquella derrota ante Alemania en el Mundial 2014 fue prácticamente la misma. Esta propuesta futbolística belga no se ha trabajado en microciclos ni responde a la mano mágica de un entrenador o un capitán: es el resultado de una planificación institucional con visión a futuro.
Estamos hablando del proyecto de capacitación nacional estandarizada, emprendimiento de la Asociación Belga de Fútbol iniciado en 2002, y puesto en las manos del profesor Michel Sablon, el cual hizo este viernes de la sobria eficiencia un grandioso espectáculo de fútbol. Desde Courtois hasta Hazard, la propuesta de Bélgica viene fulgurando en todas la categorías, en todos los torneos. Ambos forman parte de una generación formada bajo un enfoque social inclusivo, basado en una política de integración dirigida hacia los inmigrantes a través del poderoso vínculo que es el fútbol.
Brasil dio todo lo que tenía para superar tan disciplinadas líneas. Lo hizo desde el arranque, y por algunos momentos estuvo cerca de sorprender a su rival. Pero una cosa es hacerlo desde la serenidad del orden táctico y otra desde la vehemencia de la presión: la del pasado reciente, que le exigía un título para borrar una goleada que cumple cuatro años pero parece siempre como si fuera ayer; y la típica presión de ser, una vez más, el vitalicio representante de Sudamérica ante el mundo. Gabriel Jesus y Fernandinho no solo chocaron entre sí, sino con tamaña presión. Salieron a rechazar el mismo balón, sin tener la marca de ningún rival, sin hablarse siquiera, y la mano de este último terminó confirmando eso de que en Latinoamérica nos hacemos los goles nosotros mismos.
Solo educados podríamos percatarnos cómo la diversidad étnica ha enriquecido a los mejores equipos del Mundial, y no seguir arrastrando las cadenas de esa esclavitud mental que es el racismo. Hay que ver cómo Kevin De Bruyne ha logrado el segundo gol belga con un remate que parece haber tomado fuerza en cada metro que recorrió el enorme Romelu Lukaku. Fue un grito de identidad, futbolística y personal…”
La educación nos brinda perspectiva. Evita que enterremos la mirada y fomenta más bien que la levantemos para tomar la mejor decisión. Aplica en el campo de juego, aplica en la brevedad de la vida. Solo educados podríamos percatarnos cómo la diversidad étnica ha enriquecido a los mejores equipos del Mundial, y no seguir arrastrando las cadenas de esa esclavitud mental que es el racismo. Hay que ver cómo Kevin De Bruyne ha logrado el segundo gol belga con un remate que parece haber tomado fuerza en cada metro que recorrió el enorme Romelu Lukaku. Fue un grito de identidad, futbolística y personal: aquí estamos, somos de Bélgica, somos afrodescendientes de Bélgica. Así jugamos al fútbol.
Infunde valores la educación, aun en tiempos donde estos se disipan. El del esfuerzo por ejemplo, para aferrarse a la disciplinada aplicación de un esquema táctico, y no hacer del histrionismo una patética muestra de habilidad para generar faltas en desordenada búsqueda del gol. Eso pareció el único argumento del Brasil de Tite.
La educación permite hacer las preguntas correctas, y cada una de ellas permitirá buscar el fondo y su razón. Preguntarse por ejemplo, ¿qué ha pasado en 16 años para que ningún equipo de este lado del mundo pueda ganar el Mundial? No parecen ser temas solo deportivos, pues lo que se expresa en el campo resulta metáfora pertinente de lo que somos como país, como continente. Hoy Bélgica jugó con el nivel que vemos en la Champions League, mientras Brasil lo hacía como en una Libertadores de América. ¿Por qué nuestras ligas locales no logran el mismo nivel de competitividad? ¿Es un nuevo tipo de colonización que todo jugador joven anhele cruzar el océano Atlántico para migrar a Europa lo más pronto posible? ¿Cómo fue que resignamos nuestra forma diversa de jugar al fútbol para reemplazarla por una apuesta a lo fortuito, al gol que de alguna manera llegará?
Porque Brasil solo fue una apelación al talento de sus figuras. Aquella necesidad caudillista, casi mesiánica, parece originarse en la historia misma de nuestros pueblos. Y hasta pudo haberle funcionado si a Firmino no le hubiera ganado la ansiedad en aquella brillante habilitación de Neymar. Con ello volveremos a otro elemento de la idiosincrasia latinoamericana: el lamento, el eterno contrafactual. Que si Japón ganaba, que si el árbitro cobraba, que si mejor salían segundos en su grupo.
Brinda mejores argumentos la educación, que a su vez son la seguridad de una voz que se alza. Ver el Mundial sin Sudamérica supera lo deportivo, y revela más bien una manera de organizar el fútbol que no le hace justicia a nuestro pasado, que resulta el reflejo del descalabro político que hemos permitido y empeorado en cada elección presidencial. La desigualdad del sistema social y económico se ha reflejado una vez más en los campos de fútbol, y es tan contundente que hasta hemos perdido esa capacidad de equilibrar la balanza que solía tener el fútbol.
Brasil intentó con todo lo que pudo. Fue el último de los nuestros en irse, y lo hizo con un tremendo cabezazo de Renato Augusto que más que descuento pareció un gol de honor sudamericano.
Este viernes 6 de junio se celebró el Día del Maestro en nuestro país. No es casualidad que en algo coincidan una sesión de clase con un fracaso en el fútbol: en ambos casos deseamos volver con la lección aprendida. ©

