[Escribe: Diego Salazar] El viernes pasado, en las páginas del Guardian, escribía Jorge Valdano: “Sabemos mucho. Conocemos datos como que un jugador corrió 12345 kilómetros. Es una cifra admirable, en términos atléticos. Pero, ¿corrió para ayudar a sus compañeros? ¿Para meterse en medio? ¿Para darle el balón a un compañero? ¿O a un rival? ¿Para aportar orden? ¿Caos? Mientras corría, ¿en qué pensaba? Necesitamos el contexto. De lo contrario, dejemos los números para otra cosa”.
Pensaba en esto mientras veía el España-Rusia de octavos de finales. Alrededor del minuto 15, poco después de que el defensa ruso Sergei Ignashevich clavara un gol de taco en su propio arco, cruzaba mensajes de whatsapp con un amigo. “España va a dormir el partido con pases intrascendentes y esperar que Rusia se desespere. No veo cómo podrían contrarrestar esto los rusos, a menos que Piqué, Ramos o De Gea se pongan generosos”, le dije.
La generosidad de la defensa española, que ha tenido un torneo rico en desprendimiento, se materializó 25 minutos después. Corría el minuto 40, España seguía aburriendo a las piedras, Rusia ni se inmutaba pese a ir perdiendo 1-0, y Gerard Piqué decidió que era momento de meterle algo de rumba al partido. Una mano absurda en un córner, penal y amarilla. Gol de Artem Dzyuba.
A partir de ahí, la nada. La nada, por supuesto, también tiene números que ofrecer. De esos que Valdano odia cuando los comentaristas o entrenadores los miran y comentan aislados del contexto. El contexto, tiene razón el autor de El miedo escénico y otras hierbas, es lo que otorga sentido al esfuerzo que registran los números y algoritmos. De lo contrario, nos encontramos ante la nada.
La nada, en el que probablemente haya sido el partido más aburrido del campeonato, tomó la forma de los 1029 pases “exitosos” que realizó España. No es broma: 1029 pases. La última vez que un equipo de primer nivel hizo esa cantidad de pases fue en diciembre de 2016, el equipo se llamaba Barcelona y ganó 4-0 al Borussia Mönchengladbach, con un gol de Leo Messi y tres de Ardan Turan.
Para realizar esos 1029 pases, 141 de los cuales corrieron a cargo de Sergio Ramos, un defensa central, España mantuvo un 79% de posesión de la pelota. Repito, 79% del tiempo la pelota estuvo en los pies de un jugador de la selección española. ¿Cuánta de esa posesión se convirtió en remates con peligro para el portero ruso? Tan solo nueve disparos dentro de los tres palos. Nueve en 120 minutos. Y el gol llegó cortesía de Ignashevich en propia puerta. La selección rusa, con 21% de posesión, disparó una vez al arco de De Gea. Un disparo desde el punto penal. Fue gol.
La nada también tomó la forma apesadumbrada de un Andrés Iniesta sentado en el banquillo durante los primeros 65 minutos del encuentro. Iniesta, que lo ha sido todo con esta selección –su alma, su cerebro, titular indiscutible, su anotador, aquel que le dio su único campeonato del mundo con ese ya histórico gol en la final de Johannesburgo de 2010–, miraba con una mezcla de angustia y decepción desde el lateral del campo…”
Debe ser la primera vez en un partido a este nivel que un equipo que domina la pelota el 79% del tiempo es en realidad el dominado. Desde el minuto uno, y más allá del accidente del 1-0 en contra, Rusia fue quien dictó las reglas y marcó los tiempos. España, devorada por la nada, cayó redonda y llevó el partido a la meta que la selección dirigida por Cherchésov había trazado desde el minuto uno: la tanda de penales.
La nada también tomó la forma apesadumbrada de un Andrés Iniesta sentado en el banquillo durante los primeros 65 minutos del encuentro. Iniesta, que lo ha sido todo con esta selección –su alma, su cerebro, titular indiscutible, su anotador, aquel que le dio su único campeonato del mundo con ese ya histórico gol en la final de Johannesburgo de 2010–, miraba con una mezcla de angustia y decepción desde el lateral del campo hasta que Hierro, cuya única experiencia como entrenador antes de Rusia 2018 pasaba por un año gris al mando del Real Oviedo, se dignó a darle entrada, como quien frota la lámpara y espera que aparezca el genio para dar solución a todos los problemas. Al genio, esta vez, no solo le faltó tiempo, le faltó equipo, le faltó sistema.
Durante años, los aficionados al fútbol que no hinchan por el Barcelona, han renegado del famoso tiki-taka, el supuesto sistema de dominio por posesión que hizo escuela en el Barcelona de Pep Guardiola y que, a su manera, aplicaron en la selección española Luis Aragonés (campeón de la Eurocopa 2006) y Vicente Del Bosque (campeón del mundo en 2010 y nuevamente ganador de la Eurocopa en 2012).
El tiki-taka, en la cabeza de muchos aficionados, es un sistema aburrido que prioriza la posesión por la posesión, un dominio estéril despreocupado de llevar peligro a la portería rival y anotar goles, que es como se gana al fútbol. El tiki-taka, por supuesto, nunca fue eso, aunque Hierro pareciera empeñado en darles la razón. La prueba: el hombre alrededor del que podía construirse un sistema de posesión sin desatender la lucha por los espacios y el avance quebrando líneas para ganar partidos, el hilo conductor de todos esos equipos, así como su revulsivo, ha sido Andrés Iniesta. El mismo Iniesta que Hierro se dejó en el banquillo. Sin Iniesta, por si hace falta decirlo, el tiki-taka es la nada.
La nada alcanzó el discurso de Hierro al terminar el partido, el campeonato y el desastre. Acribillado a preguntas en la sala de prensa, el advenedizo director técnico de la selección española, soltó otro número carente de sentido, de esos que odia Valdano, quien fuera su entrenador en el Real Madrid entre 1994 y 1996: “Bueno, nos vamos con la condición de no haber perdido ningún partido. Es la realidad”, dijo Hierro con una sonrisa burlona, que no sabría decir si iba dirigida al periodista o a sí mismo. Faltó poco para que lanzara otro número estéril, casi veía venirse: “¡Pero tuvimos 71.3% de posesión durante el campeonato!”, podía haber soltado Hierro. Por suerte, le pudo la prudencia. ¿Saben qué otros equipos dominaron absolutamente en posesión en lo que llevamos de torneo? Alemania con 67.3% y Argentina con 62.8%. Hoy, ambas selecciones, disfrutan ya de uno de los mundiales más divertidos en un par de décadas en la comodidad de sus casas.
En la tienda de enfrente, la del equipo que tuvo la pelota el 21% del tiempo, que no disparó ni una sola vez al arco de otro lugar que no fuera el punto de penal, la alegría tomaba la forma de la voz de Putin.
Al finalizar el partido, el portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov, dijo a la agencia de noticias Interfax: “Al igual que todo el país, el presidente Putin vio el partido de inicio a fin y alentó a nuestros muchachos”. Antes de eso, el presidente ruso había llamado a felicitar al entrenador Cherchesov.
El plan de Putin avanza, la meta trazada por el presidente está cerca: un mundial para el recuerdo, “el mejor de la historia” para muchos, y una improbable pero cercana victoria rusa sobre Occidente. ©

