A un pueblecito ruso de iglesias ortodoxas y parroquias luteranas llegó un croata pidiendo indulgencia. Con la diez a cuestas y los galones de capitán, Luka Modric, el dibujante de oblicuas del Real Madrid, pisó la cancha de Kaliningrado buscando redimirse ante su pueblo. El gol, su recurso más escaso a sus 32 años, es su ofrenda. El sacrificado: Nigeria, un equipo de veloces intenciones y de confusas pretensiones.
En un duelo de mediocres emociones y a merced del talento europeo, Luka Modric ha hecho de la simpleza su rutina y su genialidad: tuvo el balón 83 veces y en 63 de ellas la entregó bien. Solo eso: un pase correcto, la materia prima para la construcción del gol. Pero no ha sido suficiente. Desde hace un año, en las calles croatas están estampadas las balas contra el nuevo enemigo público: ‘Luka Modric, little shit’.
En las graderías del Estadio de Kaliningrado, los hinchas más efusivos son croatas. Sus cánticos suenan agresivos y sus gestos iracundos. Para los 4 millones de croatas, el fútbol es una cuestión de Estado. “Ponerse la camiseta de Croacia nos llena de orgullo por todo lo que hemos vivido en el pasado”, dijo Modric en marzo. Y es que las raíces de Croacia son tan difusas como unánimes, tan recientes como históricas.
Durante el siglo XX, el territorio croata ha sido un péndulo balcánico entre el fascismo y el socialismo. Con la segunda guerra mundial, el Estado Independiente de Croacia fue el títere de Hitler y Mussolini. Ante Pávelic, el caudillo de aquel entonces, convirtió al país en uno de los bastiones del nacionalsocialismo durante cuatro años. Asesinó a 600 mil personas entre judíos, croatas, serbios, comunistas y gitanos.
Con el fin de la guerra, los croatas se convirtieron en yugoslavos socialistas. Eran fieras atadas a un régimen político y económico con el que no se identificaban, un país de aspiraciones románticas en las que no creían. En 1990 un nuevo caudillo apareció y trajo consigo más sangre. El dictador Franjo Tudman, un admirador de Francisco Franco y defensor de los campos de concentración, alcanzó popularidad con su discurso nacionalista, que le permitió lograr la independencia a costa de una nueva guerra.
Una guerra que convirtió al niño Luka Modric en un desplazado de su natal Zadar, entonces perteneciente a Yugoslavia, y que cobró la vida de su abuelo. “Somos un país pequeño con 4 millones de personas pero dicen que hay 4 millones más fuera de Croacia”. Modric sonríe y explica que la entrega por su país trasciende a lo futbolístico.
Sin embargo, el hincha croata, nacionalista hasta los huesos, no tolera que el mejor actor de reparto de ese film taquillero llamado Real Madrid solo tenga 13 goles y 17 asistencias en 105 partidos con Croacia. Para ellos, es una herejía al orgullo patrio que su rendimiento con la selección sea mediocre. Luka Modric, el subconsciente más consciente del fútbol moderno, es el capitán resistido. No encaja en el perfil del caudillo nacionalista, no es el aguerrido jugador de fútbol, el iracundo goleador de minutos finales. Es un pasivo hilador de pases, un modesto genio introvertido que está cerca del retiro y que aún lucha por ganarse el cariño de su país.
Pero de la antipatía al odio popular existe distancia por recorrer. Los errores de Modric le acortaron el camino. El volante del Real Madrid testificó a favor de Zdravko Mamic en un juicio. Se trata un poderoso canalla del fútbol croata capaz de presidir el Dinamo Zagreb, elegir el entrenador de la Selección y ser representante de jugadores a la vez. Hace un año, la justicia croata inició investigación contra Mamic, quien tenía una relación contractual algo turbia con Modric. Cuando Modric fue transferido del Dinamo Zagreb al Tottenham por 21 millones de euros, Mamic cobró gran cantidad de dinero de manera ilegal. Ese era su modus operandi con las ventas de los jugadores croatas. Al verse cuestionado, Mamic, un dirigente antipático de raíces bosnias, se convirtió en el enemigo número uno de los futboleros croatas.
Modric llegó a los tribunales y cambió su versión inicial favoreciendo a Mamic. Solo estaba siendo leal con quien fuera su mecenas cuando tenía 16 años. Con la alteración de su declaración, Modric ya no era el capitán resistido. Ahora era detestado. En las calles de Zagreb y Split, ahora hay pintas que dicen ‘Luka, la puta de Mamic’ o ‘Luka ‘cajero automático’ Modric’, esta última pintada en Zadar, su ciudad natal. Incluso, en los partidos del fútbol croata, se oyen cánticos con insultos a Modric.
Luego de ser condenado a 6 años y medio de prisión, Mamic se dio a la fuga de inmediato. Sin embargo, fue capturado dos días antes del debut de Croacia y renovó las tensiones que parecían olvidadas por la euforia de Rusia 2018. Modric ahora enfrenta cargos ante la justicia por dar falso testimonio y favorecer a Mamic.
Por eso, en Kaliningrado, el capitán croata anota el gol de penalti a Nigeria en su búsqueda por salir del aislamiento popular, por ser el caudillo croata que el pueblo pide y por complacer a su nación. En un partido deslucido, el correcto Modric deslumbró con poco: el 85% de sus pases fueron efectivos, recuperó 11 balones, interceptó uno más y fue elegido el jugador de partido. Sin embargo, en las tribunas se resisten al deleite de su jugador estrella. Solo el gol podrá significar el perdón.

