Le hacen ascos. Que no sirve para nada. Que nadie quiere jugarlo. Que lo único que cuenta es ser campeón. Desde la aplicación del VAR, el partido por el tercer y cuarto puesto es la última gran discusión de los Mundiales.
El concho que nos deja la FIFA para amenizar los bares con ‘b’ larga. “Una completa estupidez”, tuiteó Alan Shearer, capitán de la selección inglesa cuando por entonces el actual seleccionador Gareth Southgate, el dandy del chaleco, embarraba su uniforme a carretillas. “A Rusia llegaron 32. El que gana queda tercero”, aplicó cálculo simple el ‘Pibe’ Valderrama en la previa del Inglaterra-Bélgica, en San Petersburgo.
Ninguno de ellos pisó nunca esta instancia en un Mundial, pero sí en otros torneos. El colombiano, melena de león, disputó cuatro veces este bendito lance en Copas América, y ganó tres. Años más tarde le erigieron una escultura gigante bañada en bronce, como era de suponer. Shearer, en cambio, perdió las semifinales de la Eurocopa Inglaterra 1996 ante Alemania, pero se ahorró el partido por el tercer y cuarto puesto porque la Euro, sin rabiar en público, piensa como él. No le dedicaron una estatua, desde luego.
Algunos diarios alentaron la sintonía del Bélgica-Inglaterra con viejas fórmulas de los tiempos recientes: diez razones para ver… y el listado correspondiente. Con una media de 3,6 goles está claro que son encuentros con un alto valor nutricional: ricos en gol. Sin la presión de campeonar, las marcas ceden, y los arcos se agrandan. De ahí que Romelu Lukaku y sus botines 47.5 tengan la oportunidad de aplastar a Harry Kane en la tabla de goleo.
Pero será Thomas Meunier, el lateral que en sus primeros años trabajó en una fábrica de autos porque su sueldo no le alcanzaba, quien adelante y, con ello, se inscriba en la historia: tres minutos con 39 segundos, el gol más rápido de Bélgica en los Mundiales. “No es una pérdida de tiempo”, dijo Meunier el día anterior con humildad y sapiencia. Y no lo ha sido. El partido por el tercer y cuarto puesto ha desenmascarado a Kane, goleador intrascendente que sin Túnez ni Panamá tendría los números de Giroud. Y a toda Inglaterra, un semifinalista que ingresó de contrabando con apenas tres victorias.
Un grupo de psicólogos lo han conceptualizado como Teoría de la perspectiva en base a un estudio de rostros de decenas de deportistas durante los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. El patrón se repite ad infinitum: a pesar de contar con mayor peso deportivo, aquellos que se colgaron la medalla de plata eran infelices en relación a los de bronce porque no aspiraban a otra cosa que no fuera el oro”
Lucho Henao, el Mister Chip colombiano, halló en la estadística una curiosidad marketera: en quince de veinte Mundiales, el campeón fue el país que eliminó al ganador del tercer puesto. El favoritismo francés era un presagio bastante válido. Pero es sábado todavía, en San Petersburgo, y la consigna, más allá de los cálculos, es disfrutar de Eden Hazard. El más sudamericano de los belgas. Un atrevido que ante Brasil regateó el triple de veces que Neymar (10 contra 3). El hijo de dos futbolistas amateurs que creció a unos pasos de un estadio. De los que más en serio se ha tomado esta llave.
¿El bronce o la plata? La asociación es simple: el tercero se despide ganando mientras que el segundo se va perdiendo. Hace 60 años, el francés Just Fontaine anotó un póker ante Alemania y se marchó de Suecia 1958 con 13 goles, en su único Mundial. Hace cuatro años, en Brasil 2014, Messi se quitó la medalla de plata, tras caer ante Alemania en la final, como si le sobreviniera una alergia repentina. Su gesto de cortesía, en medio de la desolación, fue hacerlo después de los saludos de rigor.
Un grupo de psicólogos lo han conceptualizado como Teoría de la perspectiva en base a un estudio de rostros de decenas de deportistas durante los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. El patrón se repite ad infinitum: a pesar de contar con mayor peso deportivo, aquellos que se colgaron la medalla de plata eran infelices en relación a los de bronce porque no aspiraban a otra cosa que no fuera el oro. Aunque suene a promesa hueca de autoayuda, el consuelo, la gloria y, a fin de cuentas, la búsqueda de la felicidad dependía exclusivamente de ellos.
Fijémonos en Hazard. Su puño en alto, la lengua juguetona y el abrazo multitudinario con todos sus compañeros luego de sentenciar a Inglaterra con un disparo rasante. Desde hace cuatro días tenía claro que no sería campeón del mundo. Lo asimiló. Y no se derrumbó como la selección brasileña de Felipe Scolari en el 2014. La generación dorada de Bélgica merecía el bronce. Y él, un serio candidato al Balón de Oro, que no se sonroja al ofrecerse al Real Madrid, la ganó como su capitán. Enfrente, los Trippiers, Sterlings y Allis se fueron al vestuario con las mejillas secas. Habían llegado demasiado lejos.
Cuentan que en la antigüedad los primeros ganadores de los Juegos Olímpicos recibían manzanas, ramas de olivo y laureles. Aún no se inventaban las medallas ni los partidos por el tercer y cuarto puesto. Se discutían cosas más importantes en los bares. ©

