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El partido que nadie quiso ver

Ilustración: Gnomono

[Escribe: Leonardo Ledesma Watson] A veces ni el fútbol se escapa de la indiferencia. Conocemos más de un caso o a más de un tipo que se fue a ver a los Rolling Stones para escuchar Satisfaction, Paint in black y Angie. De ahí, nada, gracias. Vaya y pase con los intervalos entre una canción y otra.

¿Quién no se paró al lado de alguien al que los teloneros le importaban menos que su teléfono?, ¿quién no tiene un amigo que va a las fiestas solo para ver a una o dos personas?, ¿quién no se sopló a todos los niñitos en alguna actuación de colegio para esperar a que saliese el suyo propio? Bueno, eso, al menos en las redes sociales y entre quienes preguntaban, era el Marruecos-Irán, partido que se jugó el segundo día del torneo en Rusia y que, para muchos, fue el “rato para hacer cosas” que te ofrecía la mañana (por esta parte del mundo) entre el partido Uruguay-Egipto y el España-Portugal.

Pertenecientes al grupo B, ambas selecciones se enfrentaron en un estadio de más de mil millones de euros en San Petesburgo, cuna de personajes ilustres como el escritor Vladimir Nabokov, el compositor Igor Stravinski, el mismísimo presidente Putin o el joyero Peter Fabergé, sí, el de los huevitos. Allí debutaron dos países cuyas figuras máximas de cada lado son un defensa que juega en la Juventus (Mehdi Benatia) y un entrenador que alguna vez lo fue del Real Madrid (Carlos Queiroz).

Sí, así de occidentalizada está, más que nuestra cabeza, nuestra preferencia. Por eso que, de esta parte del mundo, muchos hablaron del partido más aburrido, ‘tela’ y ‘misio’ de todos los de primera ronda. Y claro, de un partido así, no se podía esperar más que un triunfo por la mínima diferencia de uno de los lados y, como para hacerlo más cliché, con autogol todavía.

Y eso fue lo que pasó.

Entre nombres medianamente pronunciables por los narradores y llenos de consonantes, empezó el fútbol. En el primer tiempo, Marruecos tomó la lanza y se apropió del control de casi todo. La pelota iba de un lado a otro y con una línea de cinco al fondo y una de cuatro en el medio, los iraníes aguantaban como buenamente podían porque los africanos no llegaban con claridad. Quien en aquel momento haya estado pegado al televisor o era un entusiasta que no se quería perder ni un partido, o era un compatriota de los que jugaban o un reportero que no viajó a Rusia y al que le tocaba hacer la crónica.

A veces la épica y el ridículo están separados solo por la perspectiva, la misma que le faltó al delantero marroquí para entender que era el otro arco en el que debía anotar y no en el propio…”

Claro, para no ser injustos —sin caer en el análisis barato— el planteamiento de los asiáticos fue sincero, realista y lleno de una honestidad que no se ve ni en las relaciones más cercanas. Uno le cubría la espalda al otro, otro corría para un lado y se tiraba de cara, y, cuando podían, un par salían de contra para alejarla lo más posible de su arco. Así, en uno de los partidos más fáciles que le tocó dirigir al turco Cuneyt Cakir, se fue la primera parte.

Si bien la expectativa por este partido por aquí era quizá parecida a la de un Comerciantes Unidos-Cantolao (por eso la vida entre las 10 y el mediodía siguió su curso), una lectura distinta del mismo y salpicada por dos o tres datos proporcionaba un poco más de información. Quienes incluso creían que Marruecos e Irán quedan en el mismo continente y estaban más pendientes del debut de CR7 o del unánimemente aborrecido Sergio Ramos, se sorprendieron cuando a los 72 minutos Irán llegó con peligro sobre el arco de Mohamedi Munir que se lució con una tapada doble –quizás la mejor en lo que va del Mundial– para impedir que la gente gritase al menos un gol.

Después, a falta de segundos, entendimos que no hay fútbol sin épica. O bueno, no tanta. Aziz Bouhaddouz, un delantero corpulento que juega en el Sant Pauli de la segunda división alemana demostró que su juego aéreo es tal vez su mayor virtud y se lanzó de palomita tras un tiro libre para encajarla en el arco. Gol. Golazo. Gol al último minuto. Pero a veces la épica y el ridículo están separados solo por la perspectiva, la misma que le faltó al delantero marroquí para entender que era el otro arco en el que debía anotar y no en el propio. Carlos Queiroz pasó de la emoción a la euforia como un universitario que se va por 20 y lo consigue sin saber cómo.

Marruecos, que llegaba al torneo tras un invicto de 17 partidos perdió, limitando sus chances para intentar pasar de ronda y siguiendo una máxima de ‘Diarios’ de Pizarnik, pues parecía que no quisieron ir a otro lado más que hasta el fondo. Los iraníes, claro, le tomarán foto o le harán captura de pantalla a la tabla posiciones en la que hoy su selección se ubica como única líder por encima de actual campeón de Europa, Portugal, y de España, candidata al título.

Para ver grandes exhibiciones de fútbol aún quedan 61 partidos. ©

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