Mi promoción es Ramos. Sí, Christian Ramos, el defensa central y titular indiscutible en la alineación de Ricardo Gareca. El mundialista, de ahora en adelante. No, no es mi promoción de colegio, sino de fútbol, de la pelota, de los que tienen mi misma edad y con quienes crecí persiguiendo el mismo sueño. Como verán, a Ramos le fue mejor que a muchos de nosotros y por eso hoy ha puesto contento a todo un país.
A diferencia de mí que me formé en Universitario de Deportes, Ramos fue parte de las divisiones menores del Sporting Cristal, donde jugó durante algunos años hasta que Chemo Del Solar lo hizo debutar en el primer equipo. Las razones por las cuales él llegó y otros no lo hicimos –además del talento que da para una charla de bar y un reencuentro mucho más ameno que diplomático– son incontables e, incluso, irreconocibles. Pero una variable que nos alcanzó a todos en la época formativa fue la de la pendejada, esa viveza que en el Perú se le llama criollada, una cuestión transversal y tan nuestra como nación de la que uno no escapa sino hasta que la reconoce o la asimila.
La enumeración de los momentos cotidianos en los que vemos sacar ventaja a alguien resultaría ocioso; sin embargo, al ver la clasificación de Japón tras caer ante Polonia en el Grupo H del Mundial no pude evitar pensar que, efectivamente, valores como el honor, la justicia y la deportividad sirven y no están pintados, que las selecciones son el reflejo de los países que representan, de sus sociedades civiles y hasta de sus clases políticas. Sí, en todos lados se cuecen habas, pero acá a veces se pudren y, aunque esto no es una exhortación ni una paporreta nostálgica, todavía me pregunto qué hubiese sido de varios de nosotros de no haber tenido que lidiar con todos esos males. No, no seríamos Japón, que pasó a la siguiente fase luego de tener el mismo puntaje que Senegal pero menos tarjetas amarillas –cuatro para los asiáticos, seis para los africanos–, pero nos hubiésemos formado sin la mentalidad de pegar patadas o sacar ventaja, porque el fútbol es para los más vivos, ¿no? Bueno, así nos dijeron de chiquitos.
Kozy Amemiya es una doctora en sociología que vive en San Francisco y estudia la dinámica japonesa actual a través de las características de su pueblo y del devenir histórico hasta el día de hoy. Ha encontrado, por ejemplo, que en Tokio se prohíbe fumar en la calle por temor a quemar a alguien (aunque sí está permitido hacerlo en restaurantes y bares), o que se le piden disculpas a los pasajeros de un tren, a través de los altoparlantes, si hay una demora de un minuto en alguna estación. O que Keisuke Honda habla en el idioma del lugar al que llega –por respeto–, como ocurrió durante su presentación en el Pachuca de México sin haber jugado antes en algún país de habla hispana.
Amemiya tiene un amigo que vive en los suburbios de Tokio y trabaja desde su casa. La esposa de este amigo, en cambio, sí debe acudir hasta una oficina. Al día siguiente del terremoto de 2011, quería ir al trabajo aunque su esposo le recomendó que no fuese. Ella llegó a la oficina y le dijeron que regresara a casa pues casi todo estaba destruido. Cuando Kozy cuenta esta historia lo hace para explicar que para los japoneses el trabajo no es solo un medio para ganarse la vida, sino que implica un sentido de responsabilidad muy cercano a la formación de su identidad. Eso, más o menos va delineando a un pueblo milenario que puede encontrar códigos éticos que exigen lealtad y honor en tradiciones como la de los samuráis, a quienes les inculcaban el bushido, término que traducido quiere decir “el camino del guerrero”, con el que criaban a los niños de las clases dirigentes incluso antes de despegarse de sus madres.
Al ver la clasificación de Japón tras caer ante Polonia en el Grupo H del Mundial no pude evitar pensar que, efectivamente, valores como el honor, la justicia y la deportividad sirven y no están pintados, que las selecciones son el reflejo de los países que representan, de sus sociedades civiles y hasta de sus clases políticas”
A nosotros nos criaron con fuego. La verdad, algo parecido. A diferencia de los japoneses que, según Amemiya, priorizan lo colectivo por sobre lo individual, por acá si queríamos llegar a Primera División teníamos que jugar no solo mejor que el rival sino que del compañero de al lado. Claro, no todo fue así y hubo entrenadores que hasta nos daban libros para leer, pero no eran la regla, sino la excepción. Otros, los menos honorables, nos mandaban a sacar del juego al oponente y lo justificaban con que teníamos que evitar que nos agarrasen de zonzos porque si no alguien más nos ganaría la posición. Eso ocurría porque quienes nos formaban también habían sido educados así y así sus formadores y así hasta perder la cuenta en retrospectiva.
En el grupo que Japón compartió con Colombia, Polonia y Senegal, los orientales eran candidatos para volverse en primera fase, y, aunque no fueron brillantes, su entrenador Akira Nishino respetó su forma de juego, a pesar de hacer hasta seis cambios en la alineación para el último partido ante los polacos. Aunque su equipo perdió 1-0 e igualó con Senegal en puntaje, cantidad de goles anotados y encajados e incluso en diferencia de gol, se clasificó a los octavos de final por recibir menos tarjetas amarillas.
Así, Japón se convirtió en la primera selección de la historia en pasar debido a este criterio que, en definitiva, premia al que más juego limpio propone, al que menos patadas da y al que mejor se porta. ¿Sobre quién más podía recaer este reconocimiento en la historia del fútbol sino sobre los nipones? ¿Qué otro país en el mundo podría encerrar mejor el concepto de respeto, obediencia y mesura que Japón?
Sin hablar mucho –algo que replicó la actual selección peruana en el Mundial, razón por la cual un hombre correcto como Christian Ramos se ganó su derecho a jugarlo– los japoneses se instalaron en la llave de octavos y ahora jugarán contra la sorprendente Bélgica, revelación del torneo y nueva candidata para varios. Sin traicionar su propio plan, tal vez logren una hazaña, o quizá se marchen a casa sin traicionarse y con un silencio que siempre dice más que un millón de palabras, parafraseando al Nobel Yasunari Kawabata. ©

