[Escribe: Raúl Tola] Dentro de unas décadas, cuando una estatua de bronce de Óscar Washington Tabárez adorne una de las plazas más céntricas de Montevideo, la placa que la acompañe deberá explicar cómo este milagrero —llamarlo entrenador de fútbol es abreviar sus talentos— se dio maña para exprimirle hasta la última gota de sangre a la generación de futbolistas que le tocó dirigir.
Han pasado doce años desde que aterrizó en el banquillo de la selección uruguaya y aunque muchos de sus mejores jugadores ya se jubilaron —apellidos ilustres como Forlán, Lugano, Abreu o Recoba— Tabárez ha sabido renovar a su equipo, sacándole el máximo lustre a cada uno de sus nuevos futbolistas, a quienes parece inocular como un virus la mística y disciplina que hacen tan temibles a los futbolistas charrúas.
Su triunfo en estos octavos de final de Rusia 2018 ha vuelto a demostrar que, en la cadena alimenticia del fútbol, la especie dominante son los zorros viejos. Delante tenía a Portugal. Por palmarés, por plantel y por el sobresaliente estado de forma de su estrella más rutilante —el biónico y engominado Cristiano Ronaldo—, la vigente campeona de Europa llegaba como favorita. Pero bastó que la pelota comenzara a rodar sobre el césped del Estadio Fisht de Sochi para que quedara claro que aquello era solo en el papel.
Desde el principio hubo un equipo que supo a qué jugaba. Uruguay achicaba la cancha con una presión sofocante que comenzaba en los delanteros y terminaba en lo centrales. La intensidad celeste provocaba errores y pérdidas a los portugueses, evitaba el tránsito por sus zonas de peligro y negaba la gravitación de Ronaldo en el juego. Cuando recuperaban la pelota, los uruguayos eran económicos y directos: dos pases cortos, tres a lo sumo, y luego un envío largo para que Cavani y Suárez corrieran, chocaran, forcejearan y sacaran petróleo contra Pepe y Fonte. La decisión de Tabárez fue coherente y clara: Uruguay tenía que ganar jugando a la uruguaya, a punta de raza, entrega y valor.
Los futbolistas uruguayos tienen un dicho que repiten como un mantra: «A Uruguay nunca le sobra nada». Por eso disputan cada pelota con esa ferocidad suicida, como si de ella dependiera la vida de sus madres. Porque sienten que solo sufriendo y llegando hasta el límite de sus fuerzas podrán aspirar a ganar. Con ellos no va la elegancia, la sutileza, la floritura, el alarde. Sin importar cuán superiores sean a sus contrarios, todo es franqueza, vehemencia, garra.
Un futbolista de orejas prominentes y físico menospreciable que en Sochi distribuyó el juego con sabiduría, taponeó cualquier espacio vacío y tenía tantas ganas de una victoria que llegó a lanzarse para frenar con la cabeza a un rival. Un titán de bolsillo llamado Lucas Torreira, que supo resumir varias décadas de pensamiento nacional con estas declaraciones: «Tenía las dos piernas acalambradas, pero tenía que seguir, no quedaba otra. No se nos podía escapar el triunfo»”
Quienes lo vieron jugar, dicen que nadie encarnó este principio tutelar como Obdulio Varela, el capitán histórico de la selección uruguaya que propinó el Maracanazo de 1950. Hijo de un español y una sirvienta negra, el «Negro Jefe» era un jugador anímico y duro, que sabía con los pies. Todavía se recuerda su gesto cuando Brasil se puso en ventaja. Bañado por el ensordecedor abucheo de más de 200 mil personas, recorrió tranquilo y engallado el largo del campo, recogió la pelota de su arco mientras reclamaba algún invento al árbitro, se la puso bajo el brazo y volvió hasta el círculo central. Recomenzó las acciones al grito de: «Ahora sí, vamos a ganar el partido».
Al comienzo de su ciclo, Tabárez tuvo en Egidio Arévalo Ríos el núcleo de esa filosofía. Era el jugador menos promocionado, no jugaba en el exterior y no lucía en la cancha, pero resultaba indispensable a la hora de sostener la arquitectura de una selección que llegó a ser campeona de América y cuarta del mundo. Bajito y poco vistoso, Arévalo Ríos parecía jugar con un cuchillo entre los dientes; era generoso en las coberturas y no daba una pelota por perdida.
A ese lugar emblemático ha llegado un muchacho que debutó en la selección uruguaya hace apenas tres meses. Un chiquillo que acaba de ser contratado por el Arsenal inglés y que, jugando por la Sampdoria, fue el máximo recuperador de pelotas de la última temporada de la Serie «A» del fútbol italiano. Un futbolista de orejas prominentes y físico menospreciable que en Sochi distribuyó el juego con sabiduría, taponeó cualquier espacio vacío y tenía tantas ganas de una victoria que llegó a lanzarse para frenar con la cabeza a un rival. Un titán de bolsillo llamado Lucas Torreira, que supo resumir varias décadas de pensamiento nacional con estas declaraciones: «Tenía las dos piernas acalambradas, pero tenía que seguir, no quedaba otra. No se nos podía escapar el triunfo».
Junto con los dos golazos de Edinson Cavani que le dieron la victoria a su selección —uno de cabeza a pase de Suárez, y otro tras una definición exquisita, acariciando la pelota con el borde interior del pie para ponerla lejos del alcance de Rui Patrício—, la imagen que más se ha repetido de este Portugal-Uruguay es la que sigue: Cristiano Ronaldo parece un tren de cercanías que enfila a toda máquina hacia el arco charrúa con la pelota atada al pie. De pronto, por su izquierda, aparece el menudo Torreira, cuyos 168 centímetros y 64 kilos de peso aparentan ser todavía más pequeños ante los 187 centímetros y 83 kilos de puro músculo del apolíneo atacante del Real Madrid. El diminuto uruguayo surge a toda velocidad y, contra toda lógica, de una zancada consigue interponerse entre Ronaldo y el balón, provocando que el portugués tropiece y caiga como un monigote.
Ahora a Uruguay le tocará encontrarse con Francia en los cuartos de final. Veremos si Tabárez mantiene su apuesta y consigue ahogar a la orquesta del vertiginoso Kylian Mbappé. Buena parte de sus esperanzas dependerán de las habilidades de Lucas Torreira, quien se las verá con un jugador incluso más alto que Ronaldo, que le lleva casi 30 centímetros. David necesitó una honda para abatir a Goliat. Para hacer que Paul Pogba muerda el polvo, ¿le bastará a Torreira con una pelota? ©


El viejo Tabárez, viejo con cariño ,admiro al equipo uruguayo