Ni puños apretados, ni eufóricos carajos al viento ni los petulantes ‘Yo aquí’, marca registrada de Cristiano Ronaldo. Tras el pitazo final del zambiano Sikazwe, un competente repartidor de amarillas, las rodillas de Romelu Lukaku se desplomaron en el Olímpico de Sochi. Por decisión propia e instantánea —con sus 94 kilos de titanio, de qué otra manera podía ser—. No en señal de derrota ni de súplica. Después de un cabezazo esquinado y un globito exquisito en el primer partido de su segundo Mundial, Lukaku, el delantero belga cuyas raíces congoleñas resuenan en su apellido como un repique de tambores, cerró los ojos y elevó sus palmas. Un gladiador amistoso que en lugar de pisar las cabezas de los vencidos, como obliga su porte intimidante, prefirió conversar en voz baja con Dios.
A unos metros, su marcador panameño —el cuerpo que aguantó sus embestidas. O sea, una de las cabezas que debió ser pisoteada— se sumergió en el mismo ritual. Llamarse Fidel Escobar es venir al mundo debiendo plegarias. Pero este central atlético tenía otras cavilaciones, libres de cualquier cargo de conciencia. Comandar la defensa de la primera selección panameña en los mundiales y frenar durante 47 minutos a uno de los favoritos es caer dignamente, y tener honestidad de debutante. Criado en El Chorrillo, barrio bravo de la capital, Fidel Escobar agradecía por integrar un equipo antes que una pandilla. Por lanzar balones antes que balas o rocones.
Tanto Lukaku como Fidel Escobar rezaban por gratitud. Esa costumbre que distingue, sin importar el credo, a los practicantes de los pedilones. Un mismo resultado, provocado por un espejismo de medio tiempo, que benefició a ambos contrincantes. A Bélgica para revalidar su condición de candidato —aunque su verdadero reto empiece en cuartos. Ni siquiera en octavos—, y a Panamá para lucir, con orgullo, sus sombreros de paja.
“Si nos clasificamos me bebo dos botellas de vodka”, prometió el ‘Bolillo’ Gómez, ese entrenador colombiano con pinta y apodo de comediante que acaba de alcanzar, en Rusia 2018, categoría de leyenda: ser el primer entrenador en clasificar a tres selecciones distintas (Colombia, Ecuador y Panamá), y disputar con ellas la fase final del mundial. Un motivador en medio de 32 seleccionadores que dejaron en el siglo pasado el “once contra once”. Un hombre que también debe agradecer con sus rodillas.
Lukaku, el belga macizo de metro noventa que esta semana reveló sus miserias de infancia —épocas donde su madre apenas le daba agua con unos chorritos de leche por culpa de un padre que despilfarró sus años de futbolista y que para colmo le legó su nombre en forma de acrónimo (Roger Menama Lukaku)—, lo agradeció. De rodillas, en voz baja, con Dios”
La vida da sorpresas, como eternizó Blades, pero no tan seguido. Los panameños carecieron de su poesía rebelde, y de una contundencia solo manifiesta en ‘Manos de piedra’ Durán, su boxeador más afamado. Con más de 35 años, los dos delanteros que rotaron, Blas Pérez y nuestro conocido ‘Pana’ Tejada, apenas sirvieron para jalar marcas, y dejarle a Bárcenas y Murillo dos mano a mano que ellos debieron asumir. Dos ‘9’ que ya anunciaron que después de Rusia 2018 le darán las gracias definitivas a la selección de Panamá.
Si de asumir se trata, Eden Hazard, Kevin De Bruyne y Yannick Carrasco, los tres belgas que mejor someten al balón, tuvieron actuaciones dispares. El de más bajo nivel, indudablemente, fue este último. Urgido de millones, con tan solo 24 años, el exmediapunta del Atlético de Madrid se marchó a la Liga china a inicios de temporada, y se notó. Por su parte, De Bruyne, el consentido del ‘Pep’ Guardiola en el City, no trascendió más allá de su pase ‘tres dedos’ con el que habilitó a Lukaku, aunque ratificó ser un creador con dinamismo como exigen los tiempos modernos. Y Hazard no pasó de parecerse, con su regate de hockey, al ‘Cerebro’ Iniesta, según palabras del narrador de turno. Empecinado por demostrar que merece la varita del Real Madrid, como declaró horas antes, el capitán belga pensó más en sí mismo que en su selección.
Síntoma de un país federado dividido en regiones y comunidades donde flamencos y valones solo se dan tregua cada cuatro años. Una nación partida por sus orígenes étnicos en el que se debe ser políglota para dirigirlo, como el español Roberto Martínez. Un entrenador de nombre corriente contratado para tentar lo extraordinario: que Bélgica supere el cuarto lugar de México ‘86, y se distancie de ser la nueva Holanda del siglo XXI.
En ese sentido, Martínez cuenta con un ganador a su costado, en el banquillo: Thierry Henry, el ariete de Play Station, campeón del mundo con Francia en 1998. En el túnel, antes de salir al segundo tiempo, con las caras largas por igualar a cero con Panamá, Henry se le pegó a Lukaku y le dijo un par de cosas al oído.
El arquero Penedo, hasta entonces con un pie afuera de Rumania donde milita en el Dínamo de Bucarest, lo sufrió. Una zambullida en el área chica, y un galope de 50 metros lo ajusticiaron. Lukaku, el belga macizo de metro noventa que esta semana reveló sus miserias de infancia —épocas donde su madre apenas le daba agua con unos chorritos de leche por culpa de un padre que despilfarró sus años de futbolista y que para colmo le legó su nombre en forma de acrónimo (Roger Menama Lukaku)—, lo agradeció. De rodillas, en voz baja, con Dios. ©

