Follow

Recibe las mejores historias del deporte peruano y mundial

Aquí el que baila gana

[Escribe: Renzo Bambarén] Veintidós kamikazes del ritmo llegaron al Samara Arena dispuestos a ocasionar un big bang en la historia futbolera de la humanidad. En un duelo de negritudes, el baile cataliza la alegría y libera la energía inherente a sus cuerpos.
Ilustración: Luis Morocho

Veintidós kamikazes del ritmo llegaron al Samara Arena dispuestos a ocasionar un big bang en la historia futbolera de la humanidad. En un duelo de negritudes, el baile cataliza la alegría y libera la energía inherente a los cuerpos. Exuberantes contorneos de cintura, acompasadas coreografías afrocaribeñas, veloces repiqueteos de hombros. Solo un gol gatillaría la sabrosa explosión de melao. Senegal y Colombia no solo traían buen fútbol, sino también prometían descargas cinéticas de alegría.

En las tribunas, los hinchas senegaleses daban el primer puntapié: una fiesta multicolor armonizada con trombones y trompetas bajo el retumbante pulso de los tambores. Los jugadores, por su lado, habían culminado uno de sus últimos entrenamientos de la semana dejando miradas atónitas entre los periodistas. Los veintitrés senegaleses danzaron en el medio del campo entre palmas y cánticos bravíos, sincronizados y sonrientes.

Al frente, Colombia, por segundo Mundial consecutivo, va contagiando al planeta con el ‘bailaito’ de su ‘salsa choke’, una estrambótica variante del ritmo afrolatinocaribeñoamericano —como dijera el erudito salsero Luis Delgado Aparicio— que ha exacerbado el prefijo afro en sus pasos. Un ritmo que iniciara en el 2004 en Tumaco, al sur de Colombia, pero que alcanzaría el éxito con su llegada al Valle del Cauca, el departamento con mayor población afrocolombiana (uno de cada cuatro vallecaucanos es afrocolombiano) y cuya capital, Cali, es considerada el epicentro de la salsa.

Pero de tanto baile la selección Colombia empezó mareada, confundida, atolondrada. Senegal desplegaba mejor sus armas de ataque ante un equipo que ofrecía poca reacción. A los 14 minutos, Sadio Mané, el letal extremo del Liverpool, penetró el área cafetera quedando frente al portero Ospina. Davinson Sánchez, el espigado zaguero del Tottenham, se lanzó piernas arriba y, ante la caída de Mané en zona restringida, un sonoro alarido tribunero puso en jaque al árbitro Milorad Mazic.

De inmediato, el referí serbio intentó calmar las quejas y pitó el penal para Senegal. Sin embargo, un zumbido en el oído le dijo que podría haberse equivocado. Y no era su consciencia. El VAR se robó el protagonismo de las decisiones nuevamente y no solo anuló el penal, sino que también contuvo la explosión del baile senegalés. Sánchez, aunque no lo supiera, estaba atentando contra sus genes.

Que la ‘salsa choke’ tenga un gran componente africano en sus venas melódicas no es pura casualidad. Tampoco que Davinson Sánchez y Yerry Mina, las torres afrocolombianas de la defensa —junto al pícaro Juan Cuadrado— sean los generales del tumbao en ese sancocho nacional, como dijera Alberto Salcedo Ramos, que es la selección Colombia. De entre los esclavos africanos que llegaron a América en el siglo XVI, los congos y carabalíes se asentaron en Cuba, los bakongo fueron traídos a Brasil, los mozambique llegaron al Perú y a Colombia arribaron los wólof.

La población negra de las costas del Pacífico, donde nacieron Sánchez y Mina, tiene origen senegalés. Los wólof, esa etnia que llegó esclavizada por los españoles, impregnaron el ritmo que hoy lleva la ‘salsa choke’ y también han heredado su idioma en la propia Senegal…”

A la tradición indígena colombiana, entre otras cosas, los africanos le impusieron el ritmo a la cumbia, añadieron el condimento a la comida, agregaron mayor devoción a la religión y alimentaron la economía con el algodón, el tabaco y el maíz. Suficientes motivos para que hoy el país declare cada 21 de mayo como el Día de la Afrocolombianidad, una declaración que otorga derechos y deberes a aquella población que hoy predomina en las costas cafeteras.

En la costa del Pacífico, se ubican Guachené y Caloto, dos pequeños pueblos afrocolombianos que se debaten entre el límite del Cauca y el Valle del Cauca —dos departamentos distintos, colindantes y con predominio afro—, cuyos hijos ilustres hoy son Yerry Mina y Davinson Sánchez, los generales de la ‘salsa choke’.

En el 2006, la Universidad del Valle realizó un análisis genético de la población afrocolombiana del Valle del Cauca para rastrear sus orígenes y el resultado, que hoy está perdido en algunas de las páginas del diario El Tiempo, arrojó un hallazgo especial para el duelo de bailes desatado en Rusia. La población negra de las costas del Pacífico, donde nacieron Sánchez y Mina, tiene origen senegalés. Los wólof, esa etnia que llegó esclavizada por los españoles, impregnaron el ritmo que hoy lleva la ‘salsa choke’ y también han dejado de herencia su lengua en la propia Senegal, pues el wólof es el segundo idioma más hablado en ese país del Africa Occidental.

Por eso, cuando Sánchez logró impedir el gol de Mané contuvo la misma algarabía que más tarde desataría Yerry Mina. El central del Barcelona recibió un centro de Juan Fernando Quintero y utilizó sus 195 centímetros para conectar un cabezazo fulminante. Un cabezazo contra sus genes, su raza y la sangre wólof que corre por sus venas. Y el gol gatilló el baile.

Los colombianos se tomaron de las manos para transmitirse una descarga de afrocolombianidad, una descarga que estremece los hombros, los brazos y estimula los pómulos mostrando los dientes de alegría. En palabras de Ismael Rivera, un gran cantante de salsa, las caras lindas de la gente negra tienen su ritmo y su melodía.

A falta de 15 minutos, Senegal se dio cuenta que había tomado decisiones equivocadas. Entendió que cortar el calidoso juego colombiano era la llave para derrotarlos. Niang recibió una tarjeta amarilla por una dura falta que solo favorecía a Japón, con quien disputaba el segundo lugar de la clasificación. Al final, dos tarjetas amarillas determinarían la eliminación de Senegal por Juego Limpio. O, mejor dicho, por falta de él.

A diferencia de la negritud wólof de Senegal, Colombia lleva indoblanquinegros, blanquinegrindios y negrindoblancos, en palabras de Nicomédes Santa Cruz. Una mixtura de raíces que ha hecho de los afrocolombianos cotizados jugadores veloces, técnicos e inteligentes del fútbol europeo.

«¡Senegal!, ¡Senegal!, ¡Senegal!». A la salida del Samara Arena, los hinchas colombianos intentan consolar a un senegalés entre abrazos y cánticos en honor a la selección africana. Con lágrimas encima y desbordado de agradecimiento, un hincha senegalés exige a sus verdugos: «¡Muchas gracias, Colombia! ¡Ahora ustedes tienen que ir a la final!». ©

Total
0
Shares
Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Publicaciones relacionadas
Leer más

El coraje de querer

[Escribe: Gloria Ziegler] Nos encanta el drama. Para los argentinos —adentro y afuera de la cancha— no parece haber mejor elogio que conseguir algo “a puro huevo”. La disciplina, incluso la estrategia, queda en segundo plano.
Total
0
Share