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La inestable marcha de la Historia

Bello por impredecible, el fútbol desplegó sus alas en el botín con el que Mandžukić venció a Inglaterra en el tiempo extra. Ahora Croacia jugará su primera final luego de redirigir la historia. Como la vida, como el apellido del defensa croata.

No han pasado cinco minutos y ya apareció ese silencio de tensión. Que es gol. Y me deja helada. Es muy prematuro, pienso. Y afino la concentración, que esto recién ha empezado.

[El fútbol actual –este ágil y calculado engranaje liderado por el juego europeo– ha hecho de las pelotas paradas el crisol de su sofisticación. Más de la mitad de los goles de este torneo han sido con la pelota pegada al suelo (entre tiros de equina, tiros libres y penales); de hecho, la gran mayoría de partidos ha tenido un gol así. Inglaterra, más que nadie, le ha sacado el jugo a esta estrategia. En sus tiros de esquina, los jugadores se alinean en el área formando una especie de trencito de Año Nuevo que termina en la cabeza imantada de Maguire o Kane. Southgate, el entrenador inglés, se ha inspirado en el baloncesto, y vaya que le ha cundido el préstamo: 9 de jugadas 12 han sido gol.]

El golazo tempranero encamina el ánimo de los comentaristas y de la afición. Ya se refieren a los ingleses como «los finalistas», rememoran la clasificación del campeón del Mundial de 1966, y la hinchada se excita con cada toque de su selección. Los croatas, por su parte, están en shock. No han pasado cinco minutos y la armonía con la que parecían desplazarse los puntos negros (Croacia) y blancos (Inglaterra) sobre el fondo verde ha desaparecido. Se acabó el Ying Yang. Desde ahora todo es euforia británica y aguante balcánico.

***

Observo este partido desde la neutralidad de quien puede racionalizar sus elecciones. Qué sé de Croacia y qué de Inglaterra, me pregunto. Hay buen fútbol y no me faltan afectos ingleses para celebrar el despunte de la isla, pero no puedo negar que este anticipado desnivel del gol me incomoda un poco.

De Inglaterra, futbolísticamente hablando, sabemos que hace 28 años no juega una final, que inventó este juego, pero que parece haber olvidado sus reglas: de un tiempo a esta parte su fútbol es efectivo pero predecible. De Croacia, por otro lado, tengo un recuerdo de adolescencia: la hazaña de su prócer Davor Zucker, quien en 1998 colocó a su equipo en un histórico tercer puesto y además fue el goleador del Mundial. Una selección de un país nuevo. Un equipo subestimado, el clásico underdog, que ahora, 20 años después, ha eliminado a la Argentina de Messi.

Croacia está en lo suyo: sus partidos –sus victorias– han sido maratones de resiliencia técnica y mental. Tiempos extras y penales. Mandzukic, Rakitic, Modric son sobrevivientes. Dalic, el entrenador croata, tiene la sangre fría”

Estamos en el minuto 30. Sterling, sin duda, es fenomenal. Un espectáculo aparte. Llega antes que nadie a la jugada, se detiene como si nada, grácil y potente. Aparece en ambos lados de la cancha, ubicuo, con ese fusil tatuado en la pantorrilla derecha. Con qué comodidad domina Inglaterra, mientras que Croacia persiste en la pausa, invirtiendo en la repetición, buscando el desgaste, el error técnico. Resisten como entrenados en apnea. Inglaterra es eléctrico, soberbio. Croacia se salva más de una vez, sufre pero no cae.

Minuto 50. Croacia viene de dos eliminatorias ganadas por penales. Se les ve agotados, casi desfallecientes, pero perseverantes. Enfocados. Resabiados. Se aferran a su táctica luego del descanso: no hay cambios. La hinchada británica, en cambio, es altiva: los toques croatas son abucheados mientras que una ola de algarabía viril revienta en cada toque inglés. La lingua franca en toda su expresión, pienso.

***

Minuto 60. Walker se gana una tarjeta amarilla por un berrinche: se adueña de la pelota con las manos para demorar un tiro libre croata. Están haciendo tiempo. Malamente, nerviosos. De pronto se puede respirar su fragilidad. Tienen miedo.
¡Y sucede! En el minuto 68 aparece por fin esa fisura que Croacia ha buscado empedernidamente. Un centro de Vrsaljko desde la derecha y Perisic por fin le gana unos centímetros a Walker. Es un gol extraordinario: el número 4 la toca con la parte externa del pie en una patada insospechada. La forma perfecta de la desesperación. Bruce Lee total.

Con el empate, socaban inmediatamente el aplomo inglés. Y entonces, como un carro que pasa de gas a petróleo, el equipo croata se reactiva y luce sólido, despierto. Es increíble el componente psicológico; la adrenalina hierve en las venas de los jugadores que ahora parecen desplazarse a propulsión.

Justo cuando empezaba a saborear la victoria inglesa, viene un gol que me hace saltar de la silla y gritar desaforadamente. No puedo engañarme, mi lugar de enunciación es otro. Uno hincha más por la epopeya individual que por el bloque, por el relato inesperado, por el logro sufrido. La representación simbólica de las distintas naciones pesa. La idea de una es abrumadora, totalizante; mientras que la de la otra es más bien nueva, emergente, conflictiva.

Faltan solo diez minutos para la prórroga. Croacia está en lo suyo: sus partidos –sus victorias– han sido maratones de resiliencia técnica y mental. Tiempos extras y penales. Mandzukic, Rakitic, Modric son sobrevivientes. Dalic, el entrenador croata, tiene la sangre fría.

Los comentaristas ingleses dejan entrever sus nervios durante la segunda mitad de la prórroga. If it’s coming home, it’s gotta come now, sentencia uno, con ese humor seco.

En el minuto 108, cuando ya todo era un espasmo, la perseverancia y la notable entrega de Mandzukic voltean el marcador y desmoronan todo lugar común. Cuánta emoción hay en este deporte. Y cuánta alegría hay, para mí, cuando las grandes narrativas se rompen y acontece algo distinto.

A veces la Historia es solo eso, una puerta giratoria por la que nunca sabes quién está por entrar. Hola, Croacia. ©

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