[Escribe: Juan Manuel Robles] Al final del partido, una imagen me rompió el corazón y otra me lo recompuso. La primera fue el llanto de Christian Cueva, el llanto de un niño, lágrimas amargas que no dan lugar a interpretaciones: el 8 se siente culpable por la eliminación —¡maldito penal errado!— y esta tarde lo vio clarísimo. La otra imagen, la buena, fue la del ‘Nene’ Cubillas en la transmisión de Telemundo, quien no podía ocultar su felicidad después del 2 a 0.
Me tocó ver el partido en el bar Legends, de Nueva York, y mientras los peruanos hacían bulla celebrando la victoria, no pude evitar detenerme en las dos imágenes. Cueva estaba —lo estará por algún tiempo— congelado en una fecha que ya es historia: el 16 de junio del 2018. Y esta tarde de despedida, tal vez, le era propicia para pensar que fue él quien creó un quiebre, el que jodió la relojería ganadora que no volvió a funcionar hasta Sochi. Teófilo Cubillas, en cambio, echaba a andar un reloj detenido el 22 de junio de 1982, el día en que nos eliminaron del Mundial de España con él en la cancha. El gol de “honor” de La Rosa (Polonia ganó a Perú 5 a 1 esa tarde) fue todo menos honroso. Treinta y seis años después, es indiscutible que la selección peruana se va de Rusia con la frente en alto. Y con dos golazos.
Seré sincero: no soy de los que aplaudió a Perú después de la derrota contra Francia. Ese partido nos sacó del Mundial y mostró con claridad qué cosa no somos: un equipo sobresaliente, una escuadra temible, un plantel cerca del top ten. Ese encuentro terminó con el malentendido y dio un aclare: podemos tentar la clasificación con competitividad (ahora sí), podemos quebrar la mayoría de defensas sudamericanas con Cueva, Tapia o Flores. Pero no tenemos eso que tienen selecciones como Uruguay, Colombia (incluyamos a Chile, aunque duela), cuando llegan a la competencia mayor de la FIFA. Nuestra magia es débil frente a cualquier equipo europeo suficientemente ordenado. Francia dio el baldazo de agua fría y para mí no había nada que celebrar. Además, no soporto la condescendencia. Que todos nos palmearan el hombro solo evidenciaba nuestra condición de mascota del Mundial: juegan bien, muchachitos. Sigan así. Qué bonito Perú. Eso no es respeto. Todo lo contrario.
Porque dos rivales nos habían echado del Mundial como siempre nos sacan de los torneos: jugando un poco mejor que nosotros y siendo muchísimo más efectivos. Nos habían sacado sin humillación, pero nunca perdimos el estatus de rival ganable. Lo peor, nos habíamos ido sin ganar, sin gritar el gol que soñamos por meses: de Guerrero, tal vez. De Cueva. De Carrillo.
El partido con Australia era la prueba para salvar el honor y volver con tres puntos.
¿Teníamos garantizado que fuera así? Para nada. Australia había jugado de igual a igual frente a Dinamarca, y Perú necesitaría lo mejor de su repertorio para doblegarlo. Perú no tenía nada que ganar y Australia querría tentar la clasificación —esperando la victoria de Francia—. La selección podía perfectamente, en un solo partido, volver a su condición de equipo triste, de cenicienta perpetua, de losers con la camiseta más bonita del mundo.
Los niños del futuro se enterarán del penal de Cueva como nosotros nos enteramos sobre la eliminación de Perú en España: el “metieron a Cubillas a pesar de que estaba viejo” de ayer será el “Cueva pateó sin estar preparado” de mañana. Ambas son verdades a medias. Pero así circulan estas historias”
En el Legends, el bar de Manhattan, se podía ver los partidos simultáneamente: en unas pantallas Perú contra Australia, y en otras Francia contra Dinamarca. Fue terrible como primera impresión porque, a juzgar por los minutos iniciales, parecía evidente que aquel fútbol estaba muy por encima del de australianos y peruanos. Era una confirmación de la justicia de los números del grupo C. Y de alguna manera, el juego gris de Perú no permitía ser optimista.
Perú, sin embargo, empezó a animarse. Nunca jugó bien, pero su corazón empezó a palpitar. Entonces llegó Guerrero por la izquierda y puso ese balón. Carrillo nos hizo gritar de emoción con el gol. Nos permitió contemplar su talento al alza. Nos quitó el sabor amargo. Hizo llorar a gente en el estadio. En el bar, unos hinchas empezaron a golpear el bombo por Perú. Era la barra “La blanquirroja de Nueva York”, que viene apoyando a la selección desde las eliminatorias. ‘Coco’ Eaerle, el líder, dice que al principio venían pocos a ver los partidos. Pero fueron creciendo y para el repechaje con Nueva Zelanda estaba todo lleno. En el Perú-Francia del sábado, hubo tal cantidad de peruanos que el local decidió cobrar cover para entrar. Después del gol, el bombo sonaba fuerte, los cánticos se hacían más intensos: el hombre de seguridad llegó para decir que, arriba, algunos niños se asustaban. ‘Coco’ pidió comprensión y justificó el ruido:
—Es que Perú está ganando. ¡Está ganando!
Por supuesto que el bombo siguió sonando. El gran premio de este Mundial se lo ha llevado la hinchada peruana, una red que tiene gente en todo el mundo. ‘Coco’ Eaerle y su mancha vienen desde Nueva Jersey. Uno de los hinchas que vino a ver el Perú-Australia acaba de llegar de Rusia. Estuvo en Saransk y en Ekaterimburgo. Ahora, en su despedida, Perú no muestra buen fútbol; es errático en los pases. Pero en una de esas, Edison Flores la mueve mal, el balón choca en un defensa australiano y le queda linda para la zurda de Guerrero.
Ese gol de Guerrero valió el Mundial. Valió lo sufrido y esperado. Tiene sabor a revancha y despedida.
Cuando terminó el partido, un montón de camisetas blanquirrojas se alborotaron en el bar. Entonces lo vi: Christian Cueva se puso a llorar sobre el gramado. El hincha que acababa de llegar de Rusia me dijo:
—Yo lo vi en el estadio, ese penal. Horrible. Cuando hizo la corridita para patear, sabíamos que no la metía.
—Pero siempre hace esa corridita. Ha metido goles lindos así.
—Sí, pero cuando se mueve a los dos lados, la falla.
Quizás tenía razón. O quizás era esa obsesión del hincha peruano de encontrar indicios a posteriori. En la derrota, no solo somos generales: somos forenses.
Los niños del futuro se enterarán del penal de Cueva como nosotros nos enteramos sobre la eliminación de Perú en España: el “metieron a Cubillas a pesar de que estaba viejo” de ayer será el “Cueva pateó sin estar preparado” de mañana. Ambas son verdades a medias. Pero así circulan estas historias.
Cubillas —viejo, ahora sí— aparece feliz en la pantalla. Al verlo pienso: los mayores tienen algo que los que no hemos visto a Perú en un Mundial no tenemos: una memoria episódica de la selección en la Copa del mundo. Así como nosotros recordamos los fracasos de las eliminatorias en capítulos sucesivos, ellos recuerdan los fracasos de los Mundiales. Por eso cuando clasificamos a Rusia tuvieron esa actitud de quien desempolva el calendario y se dispone a ver el episodio siguiente. Por eso ahora comparan el 2 a 0, lleno de honor, con el 5 a 1 de la deshonra. Y sonríen. Hay que celebrar como ellos; hay que escucharlos cuando dicen, con convicción serena, que esta historia continuará. ©


Como siempre un análisis sereno pero con mucho estilo.
Buena pluma Juán Manuel. La alusión a Cuevita y al incomparable Cubillas me pareció muy acertada. Al igual que mi amigo tu padre, fuimos dos hinchas que crecimos con los mundiales del 70, 78 y 82; que pensamos que era natural para el Perú asistir con frecuencia a la máxima cita futbolera cada cuatro años. Craso error, tuvimos que esperar tres generaciones para poder ver de nuevo a la blanquiroja y superar esas viejas imágenes, desgastadas con los años y manoseadas hasta la saciedad.