Una goleada es el mejor indicador de la distancia existente entre una potencia y un equipo menor. Cuando Alemania le encaja ocho goles a Arabia Saudita, como ocurrió en el 2002, o cuando Portugal le marca siete veces a Corea del Norte, tal como pasó en el 2010; nadie duda que lo que tuvo lugar fue un encuentro altamente desigual.
Goleadas como esas suelen ser motivo de escándalo y generan voces de protesta que piden que se tomen medidas para evitar abusos de ese tipo. Y es que desde que la globalización se extendió, el discurso ha sido favorable a reducir las brechas. Uno que propone que el terreno se aplane y favorezca a los subdesarrollados en desmedro de las potencias.
Cuando se dio el triunfo del capitalismo, allá por la década del noventa, los organismos internacionales aplicaron fórmulas para que los países subdesarrollados pudieran disfrutar de las bondades del modelo económico vencedor. Para cumplir con ese objetivo, recetas como las del Consenso de Washington se extendieron por el Tercer Mundo como antídoto para la desigualdad. Sin embargo, pese a que fueron cumplidas al pie de la letra, en muchas naciones no produjeron los resultados deseados. Hoy en día, las distancias entre las potencias industrializadas y los países subdesarrollados productores de materias primas siguen siendo amplias. Poco parece haber cambiado. Por esa razón, aún es posible ver goleadas, como el 6 a 1 que le aplicó Inglaterra a Panamá o el 5 a 2 de Bélgica a Túnez.
Bélgica, además de ser cabeza de serie, es el país del grupo G con mejor ubicación en el ranking de PBI per cápita. Su puesto 21 a nivel mundial obedece a una economía de mercado industrializada que destina sus exportaciones a países como Alemania, Francia, Estados Unidos y China. Todo ello permite que sus índices de calidad de vida sean bastante altos. Esa prosperidad económica solo choca con un problema social: el regionalismo. El país se encuentra dividido entre el norte flamenco, financiero y neerlandés, y el sur valón, industrial y francófono; una segmentación que impide que exista un sentimiento compartido de identidad nacional y que ha generado crisis políticas y futbolísticas. Por ejemplo, para que el actual primer ministro Charles Michel lograra acceder al cargo, se tuvo que pasar por cuatro meses de duras negociaciones.
Asimismo, De Rode Duivels o Les Diables Rouges, a pesar de que tienen todos los ingredientes para ser una potencia futbolística, nunca han podido ganar un título importante. Sus jugadores están bien formados y son exportados a las mejores ligas de Europa pero el equipo no termina de dar el salto de calidad. Su falta de cohesión siempre acaba frenándolos. En Rusia, ha podido aprovecharse de sus rivales subdesarrollados; sin embargo, cuando se enfrente a equipos de alto nivel, sus goleadas estarán por verse.
Inglaterra fue durante un tiempo prolongado la gran potencia mundial. Como parte del Imperio Británico dominó el planeta en el siglo XIX y en parte del XX, tanto a nivel militar como comercial. Como consecuencia de esa hegemonía, exportó el fútbol por todo el mundo. Cuentan los cronistas que, a inicios del siglo pasado, los empresarios ingleses llamaban la atención de los habitantes de las ciudades sudamericanas y de Europa oriental por jugar football en calles y puertos. Rápidamente, se formaron clubes y se empezaron a celebrar partidos en los que los británicos tenían que jugar con combinados locales. De a pocos, el deporte inglés empezó a ser adaptado a las características locales. En Latinoamérica el football se transformó en fútbol. El dominio inglés se fue difuminando y ya para la segunda década Inglaterra dejó de ser la primera potencia mundial, tanto en a nivel político como deportivo.
Desde entonces, ha buscado recuperar el brillo perdido. Ha tenido éxitos sobre escuadras superiores: derrotó a Alemania en la Segunda Guerra Mundial y en la final del Mundial del 66, pero siempre manteniéndose en un segundo plano. A pesar de que actualmente cuenta con un gobierno nacionalista liderado por Theresa May, en estos últimos años el fútbol inglés ha apostado por un cambio de estilo que se inspira de los intercambios globales. Y hasta ahora le ha dado resultados. Los ocho goles que ha anotado en Rusia la hacen ver como la potencia que alguna vez fue.
A pesar de sus avances, Panamá y Túnez han dejado claro que todavía siguen siendo países en vías de desarrollo. El país centroamericano ha visto crecer su PBI en las últimas décadas gracias a una apuesta por el turismo realizada por políticos como su actual mandatario Juan Carlos Varela. Esos avances se han reflejado en resultados deportivos como su primera clasificación al Mundial. No obstante, aún está lejos de las grandes ligas. Sabedores de ello, no se sonrojan cuando reciben seis goles en contra. Por el contrario, festejan con intensidad cuando anotan el descuento.
Por su parte, Túnez también ha experimentado cambios importantes. Como consecuencia de la Primavera Árabe, en el 2010, cayó el dictador Zine el Abidine Ben Ali, y el país africano abrazó la democracia. A diferencia de otros países involucrados en la corriente reformista, el proceso ha sido exitoso porque en el 2014 se celebraron las primeras elecciones directas que llevaron a Mohamed Béji Caid Essebsi al poder. Con un nuevo tipo de gobierno, las Águilas de Cartago clasificaron al Mundial decididas a medirse de igual a igual con los más pintados. Si bien lograron darle lucha a Inglaterra, fueron goleadas de forma inclemente por Bélgica. A pesar de haber ganado puntos en el ranking de los derechos humanos, Túnez sigue estando en los niveles inferiores en rendimiento futbolístico.
En el fútbol, como en la geopolítica, las brechas entre potencias y países en vías de desarrollo siguen siendo amplias. ©

