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Vida donde vivir

[Escribe: Eloy Seclén] Pura vida. Ocho letras que expresan la intensidad de la polisemia, que confirman el interminable poder de la palabra. Y aunque esa ancestral fuerza no alcance para ganar al menos un partido en un Mundial de fútbol, es capaz de representar en una sola frase el espíritu de un lugar en el mundo.
Ilustración: Omar La Hoz

Pura vida. Ocho letras que expresan la intensidad de la polisemia, que confirman el interminable poder de la palabra. Y aunque esa ancestral fuerza no alcance para ganar al menos un partido en un Mundial de fútbol, es capaz de representar en una sola frase el espíritu de un lugar en el mundo. La selección de Costa Rica, por ejemplo, había generado expectativas tan altas luego de su enorme, legendaria, presentación en Brasil 2014, que el único punto con que regresan de Rusia 2018 sugiere la pureza de la vida cuando, intempestiva e inverosímilmente, todo cambia.

Con índices de calidad de vida ejemplares, aunque no necesariamente puros en cuanto a lo que cuesta acceder a ellos, Suiza jugó como el país bancario que dicen que es. Como si estuvieran totalmente seguros de obtener rentabilidad por su disciplinado orden táctico, cobraron intereses altísimos por su rendimiento: asegurar los octavos de final. Suiza contra Suecia, como para que solo quede uno y la multitudinaria audiencia de habla hispana deje de confundir de una vez sus nombres.

El encuentro fue película conocida en las definiciones de grupo: quien se sabe clasificado solo espera la oportunidad de poner a prueba su eficiencia.

Otras películas, igual de conocidas, nos llevan hasta los orígenes de la frase Pura vida, que cuentan llegó hasta Costa Rica través de ese poderoso lenguaje que es el cinematográfico, tan bien aprendido por los mexicanos. En 1956 se estrenó en San José la película del mismo nombre, Pura vida, un clásico de la comicidad protagonizado por el recordado Antonio Espino y Mora, Clavillazo, natural de Teziutlan, estado de Puebla.

Como si se tratara de un equipo de fútbol, Clavillazo fue el segundo de un total de 11 hermanos, y enfrentó todas las limitaciones que puede generar la pobreza, la falta de educación y el infortunio. Primero fue el temprano fallecimiento de Bertha, la hermana mayor, prácticamente el sustento del hogar. Luego fue el menor de los hermanos, Antonio, a quien diagnosticaron una aciaga sordera. El periodista Randall Corella, quien ha recopilado esta historia, cuenta que fue la necesidad de comunicarse con su hermano menor la que terminaría desarrollando en Clavillazo una expresión corporal tan elocuente que terminó siendo conocido como “el cómico de las manos que hablan”. El éxito de la película fue tan grande que la frase Pura vida permaneció en el imaginario popular con la perpetuidad de las proezas deportivas.

Porque del dolor se regresa fortalecido o no se regresa. Así ocurrió cuando Kendall Watson logró el empate tras impecable tiro de esquina. Costa Rica se sacudía a gritos del deshonor de ser el único equipo del Mundial sin haber anotado un solo gol. Costa Rica se refundaba, como lo hizo hace 70 años, cuando fue gobernada por un presidente capaz de proclamar que el pueblo no necesitaba soldados, sino educadores (hablamos del republicano José Figueres Ferrer, que pasó a la historia por abolir el ejército en su país).

Porque del dolor se regresa fortalecido o no se regresa. Así ocurrió cuando Kendall Watson logró el empate (…) Costa Rica se sacudía a gritos del deshonor de ser el único equipo del Mundial sin haber anotado un solo gol. Costa Rica se refundaba, como lo hizo hace 70 años, cuando fue gobernada por un presidente capaz de proclamar que el pueblo no necesitaba soldados, sino educadores…”

Costa Rica brillaba, como lo hizo hace cuatro años, cuando fue la única selección de fútbol capaz de incorporar a un sociólogo como parte del equipo (el colombiano Jaime Perozzo, que pasó a la historia por ser el único académico de un equipo que alcanzó los cuartos de final de la Copa del Mundo).

Y así como volvieron, volverán. La pureza de la vida radica en su transcurrir circular. Uno lo comprueba cuando Keylor Navas anima a sus compañeros a buscar empatar el partido que volvían a perder cuando apenas faltaban 5 minutos para el final. En esos contragolpes de la vida, logran un penal tan inverosímil que Kendall Watson comete artera falta contra el mismísimo árbitro francés Clement Turpin, como para que no dude en cobrarla. El VAR hace justicia por partida doble: primero al profanado árbitro y luego a los suizos, porque la jugada fue en clara posición adelantada.

La pureza de la vida también consiste en persistir, en actuar siempre en función al tiempo que quede. Quien lo entendió así desde que tomó el balón en la mitad de la cancha fue Joel Campbell, quien no paró hasta que el penal esquivo regresó esta vez sin cuestionamientos tecnológicos, apenas dos minutos después. Bryan Ruiz, el capitán del equipo, tomó el balón. No habría otro Mundial para él. Y no habría otra oportunidad para Costa Rica. Quien sepa reconocer estas últimas se habrá acercado a la pureza de la vida, que mucho tiene de azarosa. Porque a pesar de la potencia del remate, y la convicción de culminar una carrera con un último gol mundialista a los 36 años, casi se lo falla. El balón parecía esfumarse con las ilusiones costarricenses, pero el travesaño, la espalda del arquero Sommer y las redes fueron los caminos de la vida que terminaron en el anhelado gol.

Hay que gritar para comprobar que se vive. El gol debe ser la única forma en la que quiere despedirse un futbolista; el gol para Costa Rica fue una promesa de volver.

Polisémico e interminable, despedida o promesa, el gol es vida donde vivir. ©

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