Pero si el tiro libre es para un zurdo. ¿Por qué no lo patea Bernardo Silva? Claro, Cristiano es el dueño del equipo. Carajo, qué pesado…
No he terminado de quejarme cuando, impulsada por el botín blanco e impoluto de Cristiano Ronaldo, la pelota describe una parábola perfecta y se incrusta en el ángulo izquierdo del arco de David de Gea, desafortunado en la noche de Sochi. Durante una fracción de segundo —lo que toma asimilar la magnitud de esta obra—, el gol del delantero portugués paraliza a los cientos de hinchas peruanos que atiborramos la explanada del fan fest de Saransk, aguardando que mañana nuestra selección debute en Rusia 2018.
Con este tercer gol el delantero del Real Madrid acaba de redondear un partido soñado. Comenzó convirtiendo un penal que él mismo provocó en un mano a mano con Nacho y prosiguió con un disparo seco que se escurrió como la manteca entre los dedos dubitativos de De Gea. Su rival ha sido la selección española, esa sinfónica de toques al pie, presión alta, rotaciones permanentes y desmarques fantasmales. Luego de la patética salida de Julen Lopetegui —echado a solo dos días de este debut, al conocerse su inoportuna contratación por el Real Madrid— y del improvisado aterrizaje de Fernardo Hierro en su banquillo, la selección de Iniesta, Busquets, Isco, Sergio Ramos y Diego Costa quiso dejar atrás la polémica y reafirmarse sobre el campo de fútbol. Pero su desempeño coral ha sido opacado por la deslumbrante actuación de este solista de tranco largo, salto estratosférico y pegada biónica, capaz de estar entre los mejores futbolistas de la historia sin abandonar una rutina demencial, que incluye estrellar uno que otro Ferrari, pasear del brazo de etéreas damiselas o modelar calzoncillos de Calvin Klein.
Además de componer el que muy probablemente termine siendo el mejor partido del mundial —aunque se haya jugado apenas en su segunda fecha—, este España-Portugal ha sido un resumen perfecto del eterno dilema entre el individuo y el colectivo. ¿Qué debemos preferir? ¿Al grupo homogéneo, que funciona como una maquinaria bien engrasada y gana casi por obligación, como resultado de su organización y trabajo, o al sujeto rebelde e impredecible, irresponsable incluso, capaz de fracturar cualquier estrategia con el capricho irrepetible de su genio? ¿No tiene algo de aburrido lo primero y mucho de heroico lo segundo?
El desempeño coral de España ha sido opacado por la deslumbrante actuación de este solista de tranco largo, salto estratosférico y pegada biónica, capaz de estar entre los mejores futbolistas de la historia sin abandonar una rutina demencial, que incluye estrellar uno que otro Ferrari, pasear del brazo de etéreas damiselas o modelar calzoncillos de Calvin Klein”
Una gesta semejante a la que Cristiano Ronaldo nos ha regalado no se recordaba desde aquellos remotos tiempos en los que, con un par de filigranas de su zurda mágica, Diego Armando Maradona desenredaba los partidos más adversos para la selección Argentina, transformando a un equipo de esforzados obreros y magníficos acompañantes —Burruchaga, Caniggia, Valdano o Batista—, en un serio aspirante a ganar cualquier torneo. Todavía no sabemos si Ronaldo podrá mantener este nivel durante el resto del mundial, como sí lo hizo Maradona en México 86, y comparar a ambos futbolistas es una temeridad que avecina con el sacrilegio, pero este despliegue de voluntad y talento será recordado y agradecido en adelante por los hinchas del fútbol. Tanto que, cuando repasemos las imágenes, hablemos del partido o lo contemos a quienes no lo vieron, lo último que importará será el resultado, reducido a la categoría de mera anécdota, de dato prescindible.
Nuestros cerebros han terminado de procesar las imágenes y de pronto hemos comprendido. Como si fuera una coreografía, en Saransk explotan de repente los gritos y aplausos, vuelan salpicones de cerveza, revolean frenéticas las chalinas blanquirrojas. Los brincos de la multitud remecen el piso de esta pequeña ciudad rusa de carreteras arboladas y urbanizaciones multicolores. Aquellos que querían un triunfo de España —entre otras razones, porque el poseedor de cinco Balones de Oro les resulta antipático, prepotente, narcisista— se llenan la boca con su nombre: «Cristiano Ronaldo», dicen. «Una bestia». «Un bárbaro». «Un salvaje». «Un animal».
Puede que la Roja termine por imponer el peso de su formación sin fisuras y levante a la larga su segunda Copa del Mundo. Pero a nadie dejará indiferente la gesta del hombre de gomina eterna y bronceado perfecto que, en estos tiempos de fútbol parejo e hipercompetitivo, ha sido capaz de echarse el equipo portugués sobre los hombros para poner a temblar a una de las selecciones más admiradas y temidas del planeta.
El propio Cristiano Ronaldo tenía razón cuando dijo que cae tan mal porque es millonario, guapo y juega bien al fútbol. Entonces solo le faltó mencionar el factor que más fastidia: que él sabe perfectamente lo que tiene, tenerlo le encanta y no se limita a la hora de hacérnoslo saber.
Esa mezcla de habilidad y pedantería que despierta muecas de desconcierto, incluso desagrado, cuando luce los abdominales para celebrar un gol, empuja a un fanático que quiere tomarse un inocente selfie o masca el nombre del astro argentino Lionel Messi, y que en palabras del periodista argentino Antonio Serpa lo ha convertido en «el villano perfecto del fútbol», es la misma que nos ha regalado este despliegue de precisión, dinámica y estética. Una no podría existir sin la otra, y sin ambas no habríamos tenido estas dos horas de magia en Rusia, en Portugal, en el Perú, o dondequiera que lo hayan visto. ©

