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El credo del Tigre

[Escribe: Renzo Gómez Vega] Que cada uno dé como propuso en su corazón, exhorta la Biblia, ese manual de vida no apto para incrédulos. Antes de que Radamel Falcao marcara su primer gol en los Mundiales con una caricia de su guayo derecho y se arrodillara apuntando al cielo, una tractomula —como les dicen los colombianos a los camiones de carga— repleta de cerveza se volcó en una glorieta al sur de Cartagena.
Ilustración: Omar La Hoz

Que cada uno dé como propuso en su corazón, exhorta la Biblia, ese manual de vida no apto para incrédulos. Antes de que Radamel Falcao marcara su primer gol en los Mundiales con una caricia de su guayo derecho y se arrodillara apuntando al cielo, una tractomula —como les dicen los colombianos a los camiones de carga— repleta de cerveza se volcó en una glorieta al sur de Cartagena.

Los vecinos de El Pozón, como se llama aquel barrio asentado en un pantano seco donde alguna vez se cultivó arroz, se abalanzaron sorprendidos. Faltaban tres horas para el partido ante Polonia, y un conductor se había inmolado para que los padres colombianos celebraran su día con las neveras llenas de alcohol. Un siervo de Cristo. Un dador alegre y anónimo, como corresponde.

Tamaña ofrenda hizo presagiar la gloria. Poco importaba que Colombia saltara al Kazan Arena con la camiseta azul con la que jamás había ganado en una Copa del Mundo (cinco intentos en seis torneos). Tampoco que José Pekerman integrara la infeliz terna de los cinco técnicos argentinos que habían perdido en sus primeros lances en Rusia 2018. El Colombia-Polonia se plantaba en la línea simbólica de ser el partido 32 del campeonato, y debía suponer una sublevación futbolística. Los favoritos del Grupo H urgían de puntos, como Radamel Falcao de goles.

Desde el 22 de abril de 2014, cuando Soner Ertek, un defensor semiprofesional de un equipo de la cuarta división de Francia, le rompió los ligamentos cruzados de la rodilla izquierda y lo dejó fuera de Brasil 2014 —el torneo que supuso el retorno de Colombia a los Mundiales después de 16 años—, Radamel Falcao perdió ferocidad pero no fe. Ahora asoma en las pantallas de todo el mundo mientras Ertek, retirado, enseña geografía en una escuela. “Jesús restaura y lo ha hecho conmigo”, contó hace unos meses. La afición desconfió con humor: “No salgás del cuarto. Que te lleven el desayuno a la cama. Que Pekerman te arrope todas las noches y que James te lea un cuento antes de dormir. Te queremos bien”.

Salvo en Inglaterra donde lo bautizaron como Failcow —unión de fail (fracaso) y cow (vaca) — por su mediocre paso por el Chelsea y el Manchester United, el delantero con nombre de mediocampista brasileño de los ochenta es muy querido en su tierra. Quienes lo conocen dicen que es un ‘Tigre’ en la cancha, pero afuera se comporta como un pastor.

Radamel Falcao perdió ferocidad pero no fe (…) “Jesús restaura y lo ha hecho conmigo”, contó hace unos meses. La afición desconfió con humor: “No salgás del cuarto. Que te lleven el desayuno a la cama. Que Pekerman te arrope todas las noches y que James te lea un cuento antes de dormir. Te queremos bien…”

Formado en el club Fairplay de Bogotá, Radamel Falcao se casó con una argentina que congregaba en su parroquia. Sus mejores amigos también provienen de allí. Una vez el brasileño Walter Henrique Da Silva, su excompañero en el Porto, confesó que el samario pedía su cambio solo para darle la chance de que ganara minutos. Cuando se confirmó que Frank Fabra, un Armero más ligerito, se perdería el Mundial por lesión fue de los primeros en alentarlo. En la memoria colectiva, Falcao es alguien que merece solo lo bueno de la vida.

Pero ya ven. Ahora se bate entre los dos centrales polacos sin mayor suerte. Ya no se eleva como antes. Sus rodillas tienen los resortes desgastados. Los laterales tampoco hacen su parte. Mojica y Arias apenas y trepan. Las zurdas de James Rodríguez y Juan Fernando Quintero se superponen. Y Cuadrado permanece en su casilla, intermitente, pegado a la raya, sin recobrar su espíritu brasileño.

Hasta allí son lo de siempre: individualidades que raras veces se acomodan. Piezas de lujo que no encajan. Un calco exacto de una sociedad regionalista que es más hospitalaria con el de afuera que con el de adentro.

Pero están en Kazán, la tercera capital de Rusia después de Moscú y San Petersburgo. La ciudad al pie del río Volga donde musulmanes y cristianos ortodoxos son amigos, se casan y hasta hinchan por el mismo club: el Rubin Kazán. El escenario propicio para un gran sancocho nacional, como anota el periodista barranquillero Alberto Salcedo Ramos, en alusión a esa sopa que acoge carne de las llanuras, papa de los andes y yuca del Caribe.

En el primer gol la triangulación entre Cuadrado, Quintero y James conectan Antioquia con el Norte de Santander en la región Andina para asistir a Yerry Mina, el larguirucho bailarín de salsa choke, de Guachené, municipio del Cauca en la región Pacífico.

En la otra acera, Robert Lewandowski, el letal delantero del Bayern Múnich, sale del área y volantea, impotente, al no recibir balones. Aun así, se las arregla para fabricarse un mano a mano que conjura Ospina.

Radamel Falcao, en cambio, lo alecciona con un disparo sutil con los tres dedos del pie derecho. Su ansiado gol en las Copas del Mundo, y el número 30 para engrosar sus registros como el máximo goleador de la selección colombiana. El ‘Pibe’ Valderrama y René Higuita se abrazan en el palco. “Lo soñé desde niño”, festeja Falcao. Que cada uno dé como propuso en su corazón, repiten las sagradas escrituras.

Amén.©

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