[Escribe: Víctor Ruiz Velazco] Ningún equipo gana solo con la camiseta. Después de salir campeón en el Mundial que organizó y ganar la Eurocopa del 2000, Francia fue eliminada en la primera ronda de Corea y Japón 2002 a manos de Senegal. Tras ganar en Alemania 2006, Italia fue eliminada en la primera ronda de Sudáfrica 2010 al caer ante Eslovaquia.
Luego de obtener el Mundial 2010 y salir bicampeón de la Eurocopa en 2012, España fue eliminada por Chile en la primera ronda de Brasil 2014. A diferencia de Francia e Italia, quienes pelearon hasta el tercer partido su clasificación a la siguiente ronda, España llegó al partido final de su grupo eliminada. Los tres dejaron el Mundial vistiendo sus camisetas oficiales.
Ningún equipo gana solo con la camiseta. Quizá por eso, en el inicio de Rusia 2018, Uruguay (anfitrión y campeón de la primera edición de los campeonatos mundiales con que celebró el centenario de su independencia en 1930, bicampeón en 1950 frente a Brasil en el Maracanazo, asunto que llevó a los cariocas a replantear su identidad futbolística e incluso sus colores para ser conocidos desde entonces como la selección verde amarelha), renunció a su clásica indumentaria celeste para poder sacar los tres puntos frente a Egipto en un partido que hasta el minuto final parecía estar condenado a un empate sin goles.
Y no porque Uruguay lo dejara de intentar; al menos en el segundo tiempo lo buscó, y mucho. En un juego en el que prima lo colectivo, casi siempre los hombres diferentes son quienes inclinan la fortuna hacia un lado de la cancha. Esa es la verdadera democracia del fútbol. Sin Mohamed Salah, Egipto llegó hasta el área contraria, pero nunca complicó realmente a la defensa de Diego Godín, quien a sus treinta y dos años es el indiscutible patrón de la selección del maestro Tabárez; como lo fue Lugano antes que él, y como Montero antes que Lugano. Los tres zagueros.
Después de un primer tiempo reñido, un eufemismo para hablar de cómo dos equipos se anulan o aburren mutuamente, Uruguay tomó la iniciativa y, cómo en contadas ocasiones, fue al frente, aunque sin suerte. Y es que Uruguay no es un equipo que proponga, lo sabemos. Cuando lo intentó recibió sendas goleadas. El ADN de su juego pasa por lo que hizo Alí contra Foreman: desgastar a su contrincante, invitarlo a atacarlo para poder contragolpear con esos dos puños mortales que hoy son Suárez y Cavani y antes fueron Forlán y el loco Abreu. (Si no hubiéramos visto jugar al ‘Príncipe’ Francescoli y al ‘Chino’ Recoba, diríamos que Uruguay es un equipo conformado solo por defensas y delanteros. Sin volantes, sin intermediarios que demoren el tránsito entre la recuperación y el ataque. No es un equipo sin ideas, tiene una sola y esta es ganar).
Si no hubiéramos visto jugar al ‘Príncipe’ Francescoli y al ‘Chino’ Recoba, diríamos que Uruguay es un equipo conformado solo por defensas y delanteros. Sin volantes, sin intermediarios que demoren el tránsito entre la recuperación y el ataque. No es un equipo sin ideas, tiene una sola y esta es ganar”
Una y otra vez, las embestidas del equipo sudamericano se vieron contenidas por el portero egipcio El-Shenawy. (Si en vez de un Trezeguet —el egipcio, ojo—, Egipto hubiera tenido un Henry, la historia quizá hubiera sido distinta). Pero si el portero egipcio jugó para ocho puntos, lo de Suárez fue poco menos que irregular. Falló un gol debajo del arco y desperdició dos mano a mano. Cavani, en cambio, hizo lo justo, pero tampoco bastó. Su remate de bolea, previo pase de Suárez con la cabeza, nos permitió ver la mejor atajada de lo que va del Mundial. La atajada a mano cambiada de El-Shenawy, que logró estirarse como una jabalina perfectamente eyectada a cuarenta y cinco grados para no dejar de dar en el blanco, nos hizo olvidar por un segundo a Salah. Egipto tenía una figura en la cancha después de todo. Y esta opacaba a las figuras uruguayas.
El tiro libre de Cavani, yendo a dar al parante para quedarse picando frente a cuatro compañeros que no supieron meterla, para quien ha visto algo de fútbol, significaba que el arco había terminado de cerrarse y nadie ni nada podría hacer algo para que este se abriera. Salah lo pensaba también, la cámara lo muestra sonriendo, casi culposo. El arco se había cerrado y Salah, acostumbrado a abrirlos, celebraba.
Pero no hay nada imposible para un uruguayo. El país de Lautremont y Laforgue, Onetti y Levrero; ese país que tiene de brasileño y argentino pero que al mismo tiempo es algo completamente distinto; el moderno Estado que antes que otros en la región aprobó el voto de la mujer en 1927, el matrimonio entre personas del mismo sexo en 2007 y les permitió adoptar en 2009, el mismo año en que logró darle una computadora a cada uno de los niños de entre seis y once años de su territorio y cinco años después legalizó el consumo de la marihuana; aquel país cuyos gastos militares son reembolsados por la ONU pues la mayor parte de su presupuesto son destinados a fuerzas de paz; esos tres millones y medio de personas cuya capital mira al mismo tiempo a un río y a un mar saben que lo imposible casi siempre resulta hacerlo todo a su modo y esto, en el fútbol, se traduce en anotar un gol en el último minuto reglamentario y a través de una pelota parada que es puesta en el área para que un defensa la meta.
Ser defensa o delantero uruguayo, más que hablar de la posición de un jugador, define una condición de actante en una historia que se actualiza una y otra vez como los grandes mitos que no dejan de sorprendernos y emocionarnos”
Como tantas veces lo hizo Lugano y más recientemente Godín, esta vez fue José María Giménez quien se elevó para conectar el balón servido desde un tiro de esquina; el muchacho que fue menospreciado por Víctor Púa (acostumbrado a postergar a jugadores que no representa, como hizo alguna vez con Forlán) y tuvo que dejar Peñarol para buscar una oportunidad en Danubio, desde donde dio el salto a Europa, para acompañar a Godín, primero en la zaga del Atlético de Madrid y luego en la de Uruguay. Giménez remontó los más de cien metros de la cancha —apoyándose en una historia futbolística de más de cien años también— para clavarla en el arco rival.
Pero lo cierto es que pudo haber sido cualquiera, cualquiera que fuera uruguayo. Porque no importa quién termine jugando en la selección charrúa, importa a quién sucede. Y es que ser defensa o delantero uruguayo, más que hablar de la posición de un jugador, define una condición de actante en una historia que se actualiza una y otra vez como los grandes mitos que no dejan de sorprendernos y emocionarnos. Giménez, a estas alturas, lo sabe. ©

