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El estandarte alemán

[Escribe: Susanne Noltenius]“Hay cosas que debemos decirnos a la cara”. Después de morder el polvo ante México, Manuel Neuer, el titán de los arqueros, el gigante alemán, se puso al frente, como lo hace en sus mano a mano, y prometió recomponer al equipo desde la honestidad.
Ilustración: Misspogpog

“Hay cosas que debemos decirnos a la cara”. Después de morder el polvo ante México, Manuel Neuer, el titán de los arqueros, el gigante alemán, se puso al frente, como lo hace en sus mano a mano, y prometió recomponer al equipo desde la honestidad. Tras una larga parada por lesión, y aguantar los gritos homófobos de la barra mexicana en el debut, Neuer asumió su rol ante Suecia: amalgamar el recambio generacional y lograr la unidad que ha lucido siempre “Die Mannschaft”.

Soy hincha de “Die Mannschaft” desde siempre. Soy mezcla de sangre teutona y peruana. Dos países, dos idiomas, dos colores. Una explosiva combinación de arroz con pato y Sauerkraut, la coexistencia de dos visiones distintas que se entrelazan y potencian en un solo corazón. Un corazón bilingüe.

Luego de la tristeza, infinita, con la que el partido Perú versus Francia empañó mi mundial, me aferro a la esperanza de ver a Alemania llegar lo más lejos posible. Lo han hecho antes. “Die Mannschaft” no solo ha sido campeón del mundo en 4 oportunidades, sino que es el país que más veces ha jugado una final (8 frente a 7 de Brasil y 6 de Italia) y el que más veces ha estado entre los cuatro mejores (13). Es siempre un equipo sólido. Una máquina de efectividad.

Las virtudes del equipo germano son también las de la nación que representan: determinación, disciplina, confiabilidad, tesón, un muy alto sentido del deber, el orden y la justicia, por nombrar solo unas cuantas. No es casual que se hayan reconstruido después de dos devastadoras guerras. No se trata solo de reedificar ciudades y reflotar economía, sino de reflexionar, replantear estrategia, reeducar población. Llevan en el ADN la capacidad de recomponerse y resurgir.

Hoy lo demostraron frente a Suecia. Mi memoria no registraba una derrota de Alemania en fase de grupos desde el partido contra Argelia en España 82. Por eso perder contra México el domingo pasado fue un golpe desconcertante. El fantasma del campeón eliminado en fase de grupos se llevó a Francia en 2002, a Italia en 2010 y en 2014 a España. Esta tarde, mis latidos languidecieron bajo su amenaza.

“Las virtudes del equipo germano son también las de la nación que representan: determinación, disciplina, confiabilidad, tesón, un muy alto sentido del deber, el orden y la justicia, por nombrar solo unas cuantas. No es casual que se hayan reconstruido después de dos devastadoras guerras. No se trata solo de reedificar ciudades y reflotar economía, sino de reflexionar, replantear estrategia, reeducar población…”

Ambos equipos llegaron hambrientos a la cancha. Se conocen, se han enfrentado muchas veces (con estadísticas a favor de Alemania) e iniciaron el juego con el foco puesto en la victoria. El primer tropiezo llegó cuando un jugador sueco, de manera casual, fracturó la nariz de Sebastian Rudy, una escena sangrante, incontenible, y este tuvo que ser reemplazado por Gündogan en el minuto 31. En el minuto 32 llegó el sombrerito de Toivonen como un puñal en el pecho, inesperado, que aplanó la línea de mi corazón. Alemania se fue al descanso con el marcador en contra, cosa que no sucedía desde el mundial del 74, precisamente contra Suecia. En aquella oportunidad, “Die Mannschaft” volteó el partido y ganó 4 a 2. ¿Sería posible remontar esta vez?

Al principio del segundo tiempo, una jugada que involucró al gran Timo Werner y al recién ingresado Mario Gómez, permitió a Marco Reus anotar el empate. El duelo se equiparaba. Alemania recobraba confianza y atacaba con insistencia. Mi presión arterial se repuso, en parte. Sin embargo, liberé lisuras en ambos idiomas cuando Mario Gómez erró con la zurda una inmejorable oportunidad de gol, casi caí al piso cuando Neuer tropezó en un ataque sueco (sacó la pelota con la punta de los dedos) y estuve al borde de la agonía cuando expulsaron a Boateng en el minuto 82. La delegación alemana no recibía una tarjeta roja en un mundial desde el partido contra Serbia en 2010. El respeto y juego limpio han caracterizado a este equipo de manera indiscutible. El destierro del defensa, muy querido en la Bundesliga, por doble falta grave en este juego fue una vuelta de tuerca imprevista.

La templanza, otra de las virtudes teutonas, es algo que intento cultivar. Hoy fue imposible. Mi efervescencia a la peruana desbarató mis nervios. Los minutos del alargue trotaron nada auspiciosos, con sístole y diástole desbocadas en mi pecho. El suspenso duró hasta el final. Cuando faltaban 20 segundos, con la esperanza ya desinflada, Toni Kroos ejecutó un tiro libre como solo lo hace un crack. Soltó el balón unos centímetros para que Marco Reus lo acomodase en el lugar ideal que le permitiese al bien apodado Francotirador patear con ángulo, velocidad y precisión. Un tiro imbatible y magistral. Un momento heroico, de esos que hacen historia. Recuperé el pulso y amé para siempre a Toni Kroos. Como a Neuer y sus voladas. Acrobacias necesarias que no persiguen el lucimiento personal. Pero sobre todo a sus mensajes honestos que despertaron a un gigante dormido.

Aún no está definida la suerte del Grupo F en el mundial. Incluso México, que encabeza con 6 puntos, podría experimentar un revés en la última fecha. Sin duda será una fecha intensa, angustiosa, en la que espero celebrar el pase de Alemania a octavos. Ha hecho los méritos. “Die Mannschaft”, la máquina que sabe hacer ajustes y reinventarse, está viva. Todavía palpita. ©

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