Romelu Lukaku ha dispuesto el balón sobre el punto de penal. Es la noche del 30 de octubre de 2013 y le toca cerrar una ronda en la que ningún jugador ha fallado. De anotar, mantendrá la paridad y propiciará los tiros de la llamada muerte súbita. Fallando, hará que el Bayern Munich gane la Supercopa Europea y se cobre la revancha de la final de la Champions League perdida un año antes, también por penales, frente a su equipo, el Chelsea.
No es poca responsabilidad para un hombre. Un año antes, Didier Drogba le había dado el título al Chelsea con un tiro penal. Manuel Neuer se arrojó a su izquierda y el delantero pateó hacia el otro lado, con la imperturbable serenidad que le daban sus treinta y cinco años. La temporada siguiente, Lukaku había llegado ―repatriado del West Bromwich, al cual había sido cedido en calidad de préstamo― para ser protagonista de ese ciclo interminable de muerte y regeneración simbólica de los equipos que emulan las fuerzas de la Naturaleza; debía ocupar el lugar que el veterano goleador marfileño había dejado.
La valla era alta y su edad casi la de un muchacho con solo veinte años cumplidos. Una vez más, Manuel Neuer defendía el arco del Bayern. Con su metro noventa y tres de estatura, la diferencia respecto del delantero rival solo era de dos centímetros, pero esa noche parecían veinte, treinta quizá, la diferencia entre un hombre y un niño. Como pocas veces, el gigante bonachón del arco alemán cambió de rostro y actitud para mirar desafiante al desgarbado hombrecito parado frente a él, mientras avanzaba dos pasos delante de la línea del arco para achicarle el ángulo y hacerse más grande aún, más grande y más viejo con solo veintisiete años. Lukaku no pudo sostenerle la mirada.
Su camino hacia el balón muestra a un hombre derrotado que llega con sus últimas fuerzas a cumplir su deber sabiendo desde el primer paso que ya ha fallado. El paso del condenado que no dejará huella y solo conseguirá levantar la suficiente tierra para sepultarlo. Neuer, como un año antes contra Drogba, volvía a elegir el mismo lado del arco y esta vez lograba contener ―recibir sería un mejor verbo― el balón con el cual su rival le regaló el título. Las cámaras siguen a Neuer, que celebraba a pesar de no sentirse héroe. La lucha había sido demasiado impar. Lukaku ya estaba muerto cuando su pie izquierdo conectó el balón. La cámara parece percibir dónde se desarrolla el drama y se posa sobre el delantero del Chelsea, quien se toma la cabeza con la mirada aún vacía, perpleja, jalándose un poco los dreads que por esos años adornaban su cabeza como si fuera un pichón de Drogba que había querido volar antes de tiempo y se había estrellado contra el suelo de la desesperanza, un sentimiento que conocía muy bien.
Había fallado. Había fallado y ningún compañero se le acercó. Había fallado y no tenía a nadie. Solo después de algunos segundos llegaría David Luiz, el central brasileño con un juego más desordenado que sus propios cabellos, para ayudarlo a levantarse. La imagen parece premonitoria: Lukaku tendría que esperar para levantarse. José Mourinho, el entrenador del Chelsea que había pedido su retorno desde West Bromwich, había tomado la decisión de no contar con él. Lo cedería en préstamo, esta vez, al Everton.
Cinco temporadas han pasado desde entonces. Cinco temporadas, un lustrum; el tiempo máximo de escarnio por deuda, según el derecho romano; tiempo suficiente para que un hombre pueda cambiar su estrella; lo que toma la purificación y limpieza del alma; lo que le toma a un niño convertirse en hombre. Bajo un cielo sin estrellas, estas estaban al ras de la cancha moscovita, Romelu Lukaku deja el campo como el mítico gladiador que le da nombre al recinto [Spartak de Moscú], se ha ganado el derecho de sentirse libre para descansar.
Las estadísticas del partido dirán que Bélgica arrasó a Túnez con un contundente 5-2 con el cual aseguró su pase a octavos de final. Marcarán el hecho de que Lukaku solo necesitó cincuenta y nueve minutos para marcar su segundo doblete consecutivo (el primero lo había hecho frente a Panamá) con el cual ha igualado el récord de Diego Armando Maradona, el gigante de metro sesenta y cinco que brilló en México 86.
La verdad es que le tomó cinco años; le costó hacerse nacer otra vez. Atrás quedaron los días en que cuando fallaba goles se referían a él por su ascendencia congoleña, mientras que cuando anotaba era felicitado como una promesa que aún debía estar pendiente de revalidación de su pasaporte: “Si no te gusta la forma en la que juego, está bien. Pero nací aquí. Me críe en Amberes, Lieja y Bruselas. Soñé con ser como Kompany. Comienzo una oración en francés y la termino en holandés, y digo cosas en español o en portugués o en lingala [lengua congoleña]. Soy belga”, diría Lukaku a su entrenador de turno, hastiado del racismo velado con que los países desarrollados evitan salirse de sus posturas políticamente correctas.
Atrás quedaron los días en que cuando fallaba goles se referían a él por su ascendencia congoleña, mientras que cuando anotaba era felicitado como una promesa que aún debía estar pendiente de revalidación de su pasaporte: “Si no te gusta la forma en la que juego, está bien. Pero nací aquí. Me crié en Amberes, Lieja y Bruselas. Soñé con ser como Kompany. Comienzo una oración en francés y la termino en holandés, y digo cosas en español o en portugués o en lingala [lengua congoleña]. Soy belga”, diría Lukaku…”
Romelu Lukaku, el hombre que cuando fue niño se alimentó de leche, pan y agua, y que cuando fue necesario se fue a dormir antes de las siete de la noche para saltarse la cena que no había en casa. Quizá entonces, en esos sueños de niño, se vio en un club grande (después de seis temporadas de exilio en el Everton fue fichado por el Manchester United que dirige José Mourinho en algo que puede ser interpretado como una forma sutil de reconocer un error), y luego en su selección (a sus veinticinco años es el máximo goleador de su selección con 39 tantos, veintidós de los cuales los consiguió en los últimos diecinueve partidos), con la que disputaría un Mundial (con los dos goles anotados a Túnez consiguió, además, ser el máximo goleador de los Diablos Rojos de Bélgica en los Mundiales con siete tantos), se vio siendo aplaudido por el mundo entero como ahora que con sus cuatro goles acaba de igualar a Cristiano Ronaldo, la estrella indiscutible de Rusia 2018 con quien comparte una niñez austera. Los caminos de estos dos titanes se han unido en más de una ocasión y según parece, luego del Mundial terminarán cruzándose.
Con sus treinta y tres años a cuestas, Cristiano Ronaldo ha decidido empezar de nuevo y para ello habrá de dejar el Real Madrid. Desde Manchester, José Mourinho ha manifestado su deseo de tenerlo, a pesar de que la única forma de que se haga posible sea dejando libre, una vez más, a Romelu Lukaku (ya sabemos que solo Mou persiste en el error sin tener consecuencias). Florentino Pérez, el todopoderoso presidente del Real Madrid, le ha puesto un ojo (el otro se lo ha puesto a Harry Kane, el delantero del Tottenham que lleva anotados cinco goles en el Mundial); piensa que cambiar a un jugador de treinta y tres por uno de veinticinco es un buen negocio, incluso si se trata de Ronaldo, cuyo físico responda a las características de un hombre de entre veintiún y veinticinco años.
Ni Pérez ni el Madrid necesitan hacer de tripas corazón pues saben “dejar ir” a sus emblemas. Ya lo hicieron con Casillas y antes con Raúl, pero lo cierto es que cuando se fueron ninguno tenía el nivel que hoy ostenta Ronaldo. Porque estos cuatro goles del delantero lusitano en lo que va del Mundial distan mucho de ser el canto final de un cisne. Si acaso son un llamado para que -después de casi diez años de encarnizada contienda con Lionel Messi- un nuevo retador le salga al frente a discutirle el título de mejor jugador del mundo, la primera batalla se desarrolla ahora mismo en Rusia.
Mientras tanto, Lukaku sueña con dar el salto al Madrid. No necesita ser ídolo en otro equipo que tenga por apelativo Los Diablos Rojos. No necesita un nuevo desaire de Mou. Nunca más tendrá la mirada vacía, sin esperanza que tuvo cuando enfrentó a Neuer a los veinte años y la carga era demasiado pesada y el pasado demasiado cercano. Va tras los pasos de Hugo Sánchez, a quien vio desde chico, cuando soñaba con ser el jugador más grande del mundo. Ha crecido mucho desde entonces. No tiene techo que lo pare. Ya no necesita sostener el mundo con sus fuertes hombros como si fuera un Atlas culposo. Se ha liberado y sueña, como cuando era niño y se daba vida en cada sueño. Y es que los gigantes también empezaron siendo pequeños. ©

