Para ser un partido entre dos países tan lejanos a nosotros, los latinoamericanos, ha sido puro sufrimiento. De saque un partido peleadísimo, con tiempo suplementario y desempate por penales. Y hasta la última patada con el alma ahogándose de nervios. Yo había decidido desde el inicio hinchar por Croacia. ¿Por qué? Porque no eran rusos.
Pilas de hombres enredados, brazos, piernas, entrepiernas, espaldas sobre espaldas, amasijo de carnes y huesos vibrando orgásmicamente de cara a tierra en explosiones de emoción. Fútbol. Gol. Goles. Fútbol. Celebración. El segundo gol de Croacia contra Rusia fue como el instante mismo de la fecundación. Y ese montículo de croatas celebrando, prodigándose vida y afecto fue como el momento exacto de la creación. Una montaña de cuerpos que volvió a entregarse al gramado cuando Rakitic pateó el último penal; a entreverarse en fluidos y goce, a fundirse en uno solo. Orgasmo total. Croacia vive. Crece. Rusia se va del Mundial.
Una de las cosas más hondas y hermosas de un encuentro internacional de tan alta intensidad como el Mundial ha sido hasta ahora —y perdonen lo extrafutbolístico— ver a hombres en abierta y plena manifestación de su cariño por otros hombres; son pocos los escenarios públicos en que podemos ver tanta piel con piel, tantas caricias y abrazos amorosos y fraternos entre hombres rudos jugando un juego de niños entre niños. Imagino el fútbol como ejemplo de tantas otras posibles cosas —identidad, política, homo ludens, nacionalismo, etc— pero lo imagino ahora como ejemplo de aquellas nuevas masculinidades de las que se comienza a hablar hoy en el contexto de la expansión feminista en el mundo. Y no porque estas caricias y amor pródigo entre hombres en el fútbol sea nuevo sino porque son la constatación de que, sin intelectualizar mucho alrededor del tema, los hombres son capaces de más de lo que su deformación educativa les deja ser. Y eso me parece alentador. Porque este Mundial, más que cualquier otro en la historia, ha sido una vitrina permanente del estado de la cuestión del machismo en el mundo. Sin embargo, al mismo tiempo esa visibilización ha sido posible porque la otra cara de esa moneda es la toma de conciencia global acerca de un problema que hunde sus raíces ancestrales en la biología, pero que se maceró culturalmente desde la hegemonía masculina que se adueñó de casi todo.
Este ha sido el Mundial en el que, de un lado, se han reportado la mayor cantidad de acosos por parte de hombres a periodistas mujeres cubriendo el evento. Desde reporteras transmitiendo en vivo a las que tipos desconocidos se les acercan para besar o toquetear sus senos hasta comentaristas mujeres que ante tal acoso han recibido el respaldo de su cadena para demandar a sus acosadores. Es el caso de Claudia Neumann y la cadena alemana ZDF que decidió demandar a dos usuarios de redes sociales por las constantes burlas sexistas contra su comentarista. Es también el Mundial en el que vimos cómo latinoamericanos —peruanos, colombianos, argentinos y brasileños— denigraban a jóvenes rusas u orientales aprovechando que no entendían el idioma. El drama es que no eran solo ellos sino la cantidad de usuarios en redes que, invariablemente, los defendían. Demasiada gente aún sin entender que son tiempos de cambio, de reivindicación y respeto de la mujer como persona, de abandonar ese soroche viril que habita en el trasfondo de esos vejámenes que ellos —y algunas de ellas— insisten en llamar “inocentes bromas”.
Pero este también ha sido el Mundial con la mayor cantidad de periodistas mujeres haciendo cobertura. Más que en ningún otro. Es sintomático del inicio del reequilibrio en el mundo, aun cuando estamos bastante lejos todavía. Solo el 14% del total de 16 mil periodistas acreditados para la cobertura mundialista son mujeres. Además, es el torneo en el que por primera vez las iraníes fueron admitidas en los estadios para hinchar por su equipo. Y ha sido también el Mundial en el que probablemente la audiencia femenina esté ya a la par de la masculina, aunque todavía los baños para mujeres sean los menos. Y, por cierto, una mujer es la actual secretaria general de la FIFA.
Rusia se va del Mundial y a mí no me apena. Porque el triunfo deportivo era un triunfo político más para Putin, el arquetípico Macho Man de ese vasto y enigmático país que es también su imperio de violencia machista. Solo por eso esta derrota es menos derrota. Rusia se va, es un decir, son anfitriones y tendrán que recordar su derrota cada minuto hasta que el ultimo mundialista se haya ido porque les toca seguir su rol de “jefe de casa” y ver hasta el final cómo le entregan la copa a otro…”
Pero Rusia también es el país en el que la versión local de Burguer King ofrecía por campaña mundialista $47 mil dólares y whoppers gratis de por vida a las mujeres rusas si lograban hacerse embarazar por un futbolista de la copa. Nada muy sorprendente si se toma en cuenta que Rusia también es el país en el que su presidente promulgó una ley que discriminaliza la violencia doméstica, según la cual un hombre pueda pegarle una paliza a su mujer al menos una vez al año y no ser denunciado por ello (Artículo 116 del código penal). Es el país en el que cada 40 minutos muere una mujer víctima de la violencia de género (según la Agencia EFE), donde más de 14 mil mueren anualmente víctimas de feminicidio (según cifras del 2008 del Ministerio del Interior que se resiste a revelar nuevos datos) y donde 36 mil mujeres son golpeadas diariamente.
“La descarada injerencia en la familia es intolerable”, dijo Putin cuando el patriarcado —músculo poderoso y sano en Rusia— atacó la legislación previa (La Ley del cachete) que permite al Estado la actuación de oficio en casos de violencia doméstica contra los hijos. Curiosa interpretación liberal de un tema que implica abusos de fuerza y jerarquía mayoritaria, y tradicionalmente cometidos por los privilegiados de la jerarquía, los hombres. Pero Putin y el patriarcado que él encarna, aliados con la Iglesia, persiguen al feminismo como en tiempos de la Guerra Fría. Como al enemigo mortal, como al diablo. Y los medios estatales se encargan de equiparar el discurso feminista como extremista, como un ataque de Occidente y su “decadencia” moral, conminando a sus nacionales a resistirlo. En suma, le temen.
Ksenia Sobchak fue una de las pocas mujeres que se atrevió a medirse con este cartel del machismo en una elección, y si bien sabía que sus posibilidades eran nulas, ser una conocida actriz y periodista le permitió exposición mediática, imposible para otras mujeres. Pero en un debate presidencial un septuagenario candidato la llamó imbécil y prostituta, y en otro debate el moderador la llamó payasa.
Minuto 31. Rusia mete tremendo gol. Cheryshev recibe, amaga, zamacueca a la izquierda con un movimiento violento de cadera, patadón inmisericorde.
Minuto 39. Lindo cabezazo de Kramaric. Río. Grito como un mono en la cocina donde estoy viendo el partido. ¡Sí! ¡Fojas cero otra vez! ¿Estaré hinchando sola por Croacia? Pregunto en Twitter. Las respuestas son por los dos: Rusia porque nos trataron bien o porque un peruano apoya al equipo técnico; o Croacia porque juegan mejor; yo, porque no son rusos.
Un momento antes del segundo gol de Croacia, anotado por Domagoj Vida, su presidenta, Kolinda Grabar-Kitarović, que ha viajado hasta las tribunas VIP del estadio de Sochi ha saludado al ministro ruso. Respetos por la primera presidenta mujer de ese país. Aun cuando es del bloque conservador. Tras el segundo gol, que empató nuevamente el partido a los 115 minutos, producto de una acción de Mario Fernandes, Kolinda y el ruso vuelven a estrechar manos. Pero el duelo, nunca más literal, viene con los penales: dramatismo, angustia y el gol definitivo de Rakitic. He subido dos pisos gritando como orate. Me pone feliz la victoria de Croacia.
Por eso, y perdonen lo extrafutbolístico, Rusia se va del Mundial y a mí no me apena. Porque el triunfo deportivo era un triunfo político más para Putin, el arquetípico Macho Man de ese vasto y enigmático país que es también su imperio de violencia machista. Solo por eso esta derrota es menos derrota. Rusia se va, es un decir, son anfitriones y tendrán que recordar su derrota cada minuto hasta que el ultimo mundialista se haya ido porque les toca seguir su rol de “jefe de casa” y ver hasta el final cómo le entregan la copa a otro. La paliza hoy fue para ellos. Sus mujeres han llorado públicamente en las tribunas. Mientras tanto, en la oscuridad de esa noche y de todas las que le sigan, cuando esta fiesta llegue a su fin, un puñado de activistas feministas seguirá en la cancha enfrentando a la entrenadísima maquinaria machista, violenta y hegemónica de la Rusia de Putin. ©


Una gran periodista que suda
por dentro toda la impotencia de ver un país que suda tanta corrupcion
Percibo un odio viceral, necio y esteril. No hacia una selecccion o a un pais, sino hacia un tipo que regenta su presidencia (bien o mal, no me importa) utilizando el feminismo como excusa para evitar reflejar lo gris de su alma. Menuda explicacion! “Hincho por croacia por que no son rusos” que tiene que ver con el futbol sus pobreza de espiritu y tal vez de intelecto? Por el contrario mi estimada, yo si hincho por croacia por que soy fiel amante del futbol champagne, del toque exquisito y efectivo. Por que 23 tipos de un pais pequeñito y recien establecido, expresaron a través de un balon que los balcanes tambien existen y que su camiseta no es un mantel…
P. D. Los extremos se tocan, la sociedad es como un circulo, el feminismo extremo ratifica mas al machismo en nuestra cultura.