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El imperio de colores

El equipo de Inglaterra siempre me fue antipático. De chico llegué a conocer algo de la historia del fútbol, por lo menos de sus mitos, lo que se podía conocer revisando almanaques mundiales, folletos, revistas y periódicos en la Lima marginal de los ochenta.

Así me enteré de la leyenda del gol fantasma en la final de 1966. Vi fotos de la Reina Isabel II en las graderías. Me fastidié de la cuidadosa organización de un evento diseñado para ganárselo uno mismo. Tan bonito, tan elegante. En mi ciudad de música chicha, pueblos en la arena y cambios vertiginosos, hasta los peinados y actitudes de Charlton, Moore y compañía me parecían odiosos. Todo rancio. Pero eran los inventores del fútbol ejerciendo su poder. Ganando.

Para 1986 en mi calle solo una familia tenía televisión, en blanco y negro. Amarrada a un cable, los vecinos nos juntábamos a su alrededor para ver los partidos. Rodeado de ese calor viví con intensidad el triunfo argentino. En una mazamorra sentimental se me mezclaron la solidaridad con el más débil, con el tercermundista, con el hermano latinoamericano. Y el recuerdo reciente de que el Perú había sido el único país que en el conflicto por las islas Malvinas había apoyado materialmente a la Argentina.

A ese desbarajuste de emociones se le sumaba la admiración por el genio. ¿Qué niño no se narraba a sí mismo mientras llevaba la pelota por las calles: “La tiene Maradona, avanza, lleva a uno, a dos…”? Ver lo anormal frente a uno llenaba de magia la vida prosaica. Inglaterra podía eliminar a ese equipo y ahogar ese milagro. No había ninguna posibilidad de que pudiera sentir otra cosa que muchas ganas de que cayese el imperio.

Y cayó. Desde entonces Inglaterra no ha sido un candidato para ganar el Mundial. Tuvo grandes jugadores: Lineker, Platt, Shilton, Barnes. Años después una generación más mediática, más laboriosa: Lampard, Gerrard, Scholes, Owen. Pero eran previsibles. Inglaterra era sinónimo de equipo soso y estéril, aunque luchador. Quizá su mejor momento fue en 1990, pero otra vez, por lo menos para mí, ya adolescente, me era imposible albergar algo de simpatía por un equipo que estuvo a un pelo de eliminar a lo único memorable que nos dejaría esa copa, la dinámica alemana de Brehme, Littsbarski, Haessler, Klinsmann, Voeller. Y sobre todo ese émbolo arrollador que fue Lothar Matthaus.

Luego de esa última amenaza al talento, Inglaterra fue justamente olvidada. Pero tres décadas después ha vuelto. Y casi no hay cómo reconocerla. Su rostro es tan otro. Los que se han ido para siempre (o han cambiado) son mis viejas simpatías y prejuicios. Este equipo que acaba de ganar a Suecia en el Mundial de Rusia, más allá de su fútbol correcto, es signo de que muchas cosas se han transformado profundamente. Y todo es historia fresca.

Ya no es alba, Albion. Es negra. Marrón. Diversa. Lo mismo pasa en Francia, Bélgica, Alemania, en todos lados. Hace tan poco, en 1978, ‘Viv’ Anderson marcó un hito como el primer jugador negro en formar parte de la selección inglesa. Hoy, en julio de 2018, Dele Alli anotó de cabeza el pase a las semifinales de Rusia 2018 —las primeras en 28 años (…). Debemos suponer que la alegría habrá invadido a los hinchas en Londres, Liverpool, Manchester, pero quizá también, a algún puñado de gente en Nigeria, la tierra de su padre…”

Esta selección inglesa está llena de jugadores afrodescendientes, hijos de inmigrantes de las Antillas, Centroamérica, África, las antiguas colonias. Harry Kane, su jugador estrella, es hijo de irlandeses. Jordan Pickford, su arquero héroe, atajador de penales y remates imposibles, acaba de dejar de ser un looser frente a todos nosotros, los que miramos distraídos sus gestos tan hondos e infantiles de revancha, de afirmación.

Ya no es alba, Albion. Es negra. Marrón. Diversa. Lo mismo pasa en Francia, Bélgica, Alemania, en todos lados. Hace tan poco, en 1978, ‘Viv’ Anderson marcó un hito como el primer jugador negro en formar parte de la selección inglesa. Hoy, en julio de 2018, Dele Alli anotó de cabeza el pase a las semifinales de Rusia 2018 —las primeras en 28 años—, sentenciando a la esforzada Suecia. Debemos suponer que la alegría habrá invadido a los hinchas en Londres, Liverpool, Manchester, pero quizá también, a algún puñado de gente en Nigeria, la tierra de su padre. Una herencia que lo hizo ser pero que también padeció, porque esto podrá ser un cuento, pero no de hadas.

Muchachos jóvenes, diversos, con enorme energía. Esa es la selección inglesa. Juegan correctamente, como juegan casi todos últimamente. Prácticos, eficaces, regulares, cohesionados. Ese parece ser el patrón. No es bello ese fútbol, y quizá solo es una transición. Quizá solo se está asimilando tardíamente lo que otras disciplinas tienen ya muy asumido: ese vínculo con la ciencia y la tecnología, que ha establecido que para la alta competición la edad del máximo rendimiento empieza en la adolescencia y termina a los 25 años.

Por lo menos esto hace todo más fresco. Si Inglaterra puede ser hoy otra vez campeona, lo es con una imagen muy distinta a la de 1966. Ha perdido ese aire aristocrático tan ridículo para varones que corretean en shorts por un campo, pero en contrapartida está llena de juventud, color, frescura, de mucho sudor, velocidad y labor.

Todo suena menos solemne y más erótico. Ya no puedo sentir la misma antipatía de mi niñez. Quizá también tenga que ver con que los chicos sean tan chicos. ¿Cómo ser tan severos con los de veinte años?

Como sea, aunque se haya alejado de la comunidad europea en parte por las políticas migratorias, quiero pensar que algo del éxito inglés de hoy en el Mundial tiene relación con la gente que juega en sus canchas. Y quizá haya que actualizar el famoso dicho de Gary Lineker: el fútbol es un deporte donde juegan once y, en lugar Alemania, puede ganar cualquiera. Y cualquiera puede ser el hijo de cualquiera viviendo o huyendo de cualquier lado. Ese es un buen retorno inglés, o por lo menos así lo quiero imaginar. ©

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