Trinchera futbolera

Trinchera futbolera

Allá por 1969, los duelos entre Honduras y El Salvador para obtener el boleto al Mundial México 70 desataron una lluvia de goles y balas. Kapuscinski bautizó los incidentes como La Guerra del fútbol. El escritor Alejandro Neyra, otro ariete de las letras, escarba en la violencia de aquellos días a través de este cuento con olor a trincheras y pólvora.

Emilio y José están a las afueras de Chalatenango. No saben bien cómo han llegado hasta allí. “Hondureño: toma un leño y mata un salvadoreño” se habían escrito hace algunos días sobre el pecho, ahora ennegrecido y en el que ya no se puede distinguir nada.

La muerte fue cogiendo uno a uno a sus amigos mientras caminaban. Balas que venían del verde tupido de la frontera, disparadas por sabe dios quién, atravesaban sus cuerpos. Al cabo de un tiempo ya no corrían, era la suerte la que determinaba a quién le tocaba el turno. A ellos, hasta ese momento, no les había tocado. Muertos de hambre y de sed, estaban empezando a dudar si mantenerse vivo era buena o mala suerte.

El pretexto de la guerra no pudo ser más estúpido: las eliminatorias para el Mundial de México. Por primera vez Honduras había pasado la primera ronda de clasificación y se enfrentaba a El Salvador, que había eliminado a Antillas Holandesas. De local, Honduras avanza por intermedio del “Shula” Gómez, pase a la derecha, minuto 89, le salen a la marca, foul. Para el dolor aplíquese Dolocalm. Tiro libre para Honduras… Se mantiene el 0-0, ésta puede ser una de las últimas jugadas del partido, avanza Honduras, todo el equipo en el área rival en espera del centro. Atención al remate que puede ser directo o buscar la cabeza de uno de los nuestros ¡Vamos Honduras! Atención al remate, a rastrón, hay una confusión en el área, el Shula, Marín, remate de Welch…GOL, GOL, GOL, GOL, GOL

¡GOOOOOOL de Honduras! Remate potente desde dentro del área, Lenard Welch, el defensa Welch que había subido para sumarse al ataque en estos minutos agónicos, los salvadoreños reclaman no sé qué, pero el gol ha sido completamente legítimo, Welch puso la pierna, puso toda la fuerza y el empuje del pueblo hondureño para meter esa bola dentro y lograr el triunfo de la selección nacional. Honduras 1 El Salvador 0. Y esto se acabó.

El triunfo hondureño había soliviantado los ánimos de los salvadoreños. Emilio mismo había querido viajar a la capital cuscatleca para ver a su selección. Al final no pudo ir, pero su hermano le contó de cómo los provocaban en las calles, cómo les tiraban orines y botellas y eran molestados hasta en sus hoteles por los locales.

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En San Salvador las provocaciones dieron resultados: El Salvador ganó 3-0 con goles de Ramón “Mon” Martínez, Elmer Acevedo y Mauricio “Pipo” Rodríguez. En San Salvador el público de pie ovaciona a los once guerreros que dejando todo en el campo han logrado un triunfo histórico para el seleccionado nacional. Honduras se retira derrotada pero ambos conjuntos se volverán a enfrentar, se volverán a ver los rostros, volverán a cruzar disparos en el enfrentamiento que en un lugar neutral deberá determinar al cuadro que clasifique para la siguiente ronda. Pero hoy es día de fiesta en El Salvador, hoy todos celebramos el triunfo de nuestra selección y esperamos con ansias el próximo enfrentamiento en que estamos seguros estos aguerridos muchachos sabrán ganar el derecho a jugar por la clasificación al Mundial de México 70.

Emilio y José se detienen en medio de la nada, sedientos. Saben que de entrar al pueblo podrían asesinarlos sin preguntar. Sin embargo, es la única manera de retar a la suerte, se dicen. Nadie podría distinguir que ellos dos son hondureños, menos ahora que estaba oscureciendo. Estúpidas fronteras han dividido a dos pueblos muy parecidos y eso ahora puede salvarlos.

Quitándose la ropa que los delataría como hondureños, se quedan semidesnudos y así se acercan a una casucha. Sólo encuentran a una joven con tres pequeños.

Ella los mira atemorizada. Le preguntan si es la madre pero lo niega. José le dice que no tenga miedo, que son compatriotas que vienen cansados del campo de combate. Ella se mantiene incrédula pero los jóvenes son grandes y fuertes, así que con miedo decide que igual es mejor hablar. No es la madre, es una prima que ha venido a refugiarse ahí. Sus tíos están en el campo, trabajando lo poco de tierra que han encontrado. Habían venido de Honduras, donde antes trabajaban y de donde fueron expulsados.

Emilio dice que ellos también vienen de Honduras y también fueron expulsados. Alguna vez trabajaron para la United Fruits, alguna vez creyeron en López Arellanos, pero cuando se enteraron de que eran salvadoreños, luego de los disturbios del partido en Tegucigalpa, los echaron (mientras va contando la historia, Emilio y José se preguntan si eso no es también parte de la verdad, si no fueron unos ingenuos para creer en el dictador, en la reforma agraria, en la United, en el fútbol, en todo).

La chiquilla les dice que ellos no tienen nada. Son demasiado pobres como para poder compartir algo, pero podían limpiarse con un poco de agua que tenían en el corral y quizás si esperaban a la llegada de sus tíos podrían esperar a que la señora cocine algo y comer un poco de sopa, con suerte quizás alguna pupusa.

Ellos asienten y van a lavarse. Apenas si se echan un poco de agua. Cuando llegan los tíos los saludan y les cuentan nuevamente la historia, agregando detalles, contando sus penurias como soldados salvadoreños, hablando de la guerra, del fútbol. Mientras la señora cocina, toman una botella de pulque con el hombre y después de comer unas pupusas con frijoles les ofrecen un lugar en la trastienda para que puedan dormir. Emilio y José les agradecen y se van a dormir tranquilos, casi felices.

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Cuando amanece, Emilio y José se despiertan y mientras siguen acostados comentan lo buenas personas que eran esos campesinos salvadoreños, la manera tan amable en que los acogieron pese a sus miserias. José dijo que lo malo era que el pulque había estado muy fuerte y ahora le dolía la cabeza. Ambos rieron y se congratularon también de haber tenido tan buena idea, de haberlos convencido en todo, aunque bueno, después de todo esos campesinos eran unos ignorantes.

De pronto, sintieron unas sombras que se les acercaban y se levantaron. Sin que pudieran atinar a decir algo, tres disparos en cada uno de sus cuerpos los hicieron caer exánimes. Los soldados salvadoreños cargaron sus cuerpos y se los llevaron, agradeciendo antes a los campesinos ignorantes que la noche anterior habían escuchado tranquilamente la narración festiva y jubilosa de aquellos hondureños sobre el gol de Welch en Tegucigalpa.

Y terminó el partido. Triunfo de la selección de El Salvador. Triunfo agónico, triunfo angustioso, triunfo concretado en el tiempo suplementario de un partido emocionante que pudo ser para cualquiera. El Salvador da un paso más en su camino hacia la clasificación para el mundial de México, aunque ahora resta superar el duro escollo haitiano. Triunfo salvadoreño, triunfo heroico que llegó gracias a un disparo del “Pipo” Rodríguez, disparo seco, disparo mortal que dejó sin reacción al guardavallas hondureño y mató las ilusiones de Honduras para clasificar por primera vez a un Mundial. ~


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Creo en el sudor como parte del esfuerzo. Después de mi infancia pícnica, descubrí el placer que trae el entrenamiento físico. Más allá del frontón y el fútbol, practico el atletismo y suelo correr los 10K. que me queden cerca, pero, por mis ocupaciones, he descubierto una forma excelente de combinar, extrañamente, el placer físico con el intelectual: en el gimnasio leo mientras hago elíptica o bicicleta estacionaria, un 2x1 que me hace disfrutar plenamente (solo teniendo cuidado de que las gotas de sudor no manchen indeleblemente páginas de buena literatura).

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