Como sudamericano, veo a Suecia como un lugar distante, un espacio de gente parecida, helada, y que llega a cualquier sitio provista de abrigos grandes y buenos modales, con los cabellos de oro que se refuerzan por los colores de su bandera y su camiseta; como el ejemplo más próximo en las chácharas de almuerzos familiares donde se expone su avanzadísima estructura social y se machaca la nuestra.
Así, Suecia se desliza en nuestro imaginario como el primer país al que recurre nuestro cerebro para mostrarnos que en este planeta hay diferentes mundos, la visión aspiracional de lo que debería ser pero que no es. Suecia, a la larga o a la corta, se nos presenta como el más común de los lugares comunes, porque sin saber nada de ella, la citamos todo el tiempo. Tan poco se sabe, incluso entre los futboleros de a pie, que seguimos pensando en Zlatan Ibrahimovic o en Stieg Larsson, inconscientes de que lo único que los une, aparte de la nacionalidad, es el escritor David Lagercrantz, quien escribió las memorias del primero (Yo soy Zlatan, 2011) y continuó con la saga literaria del segundo (Millenium: Lo que no te mata te hace mas fuerte, 2015; y El hombre que perseguía su sombra, 2017) tras su muerte.
Los suecos ilustres tienen nombres, apellidos, rostros y leyendas propias. Sin embargo, los que les ganaron a Suiza en los octavos de final del Mundial de Rusia, y que se han metido entre los ocho mejores del mundo, representan lo que conocemos como equipo en la más dura de sus acepciones: una unidad homogénea que va tras un objetivo y que se mueve siempre como un grupo donde nadie destaca sobre nadie.
Le quisieron llamar ‘La matagigantes’ —por haber eliminado a Holanda en la fase de grupos de las eliminatorias, a Italia en los juegos de repechaje y a Alemania en la primera ronda de Mundial— pero el apelativo no le quedaba. Los asesinos pequeños —como Mr. Hyde o David, el futuro rey— resultan ser casi siempre carismáticos, reconocibles y calientes. Cuando algo les jode van y no se detienen, a pesar, en este caso, de las motivaciones perversas de uno y del sentido de justicia del otro. ¿Entonces qué hacíamos con Suecia? Nada. Dejar de confundirla con Suiza era un gran primer paso. Por eso la oportunidad del primer partido de eliminación directa de los escandinavos era propicia: con más de sesenta mil almas en el San Petersburgo Arena se dio inicio a un encuentro que venía siendo publicitado en el boca a boca como el más frío de todos, uno donde la gente se reservaba el pronóstico más por lo enigmático que por lo difícil.
Suecia ha demostrado que, con el juego más pragmático de todos, se puede llegar lejos en la época más pragmática de todas. Probablemente no le alcance para ser campeona o para el partido de tercer y cuarto puesto, pero su planificación la ha puesto donde está”
El encuentro, arbitrado por el esloveno Damir Skomina, se resolvió recién a los 66 minutos tras un gol de Emil Forsberg, un tanto algo feo y de rebote que ha sido la confirmación de las buenas decisiones tomadas por el entrenador Janne Anderson cuyo nombre detectivesco y de policial negro hace juego con una personalidad calculadora, puesta a prueba hace unos meses cuando Zlatan declaró públicamente que iría a Rusia. Tras la renuncia a la selección del mejor futbolista sueco de la historia —ganador de 31 títulos repartidos entre todos los países en los que jugó—, Anderson respondió que era el equipo el que prevalecía, mostrando, sin necesidad de mencionarlo, que el actual delantero de Los Ángeles Galaxy no estaba en sus planes. Luego de ser consultado en la conferencia posterior al triunfo sobre los suizos, Anderson fue tajante: “No creo que nadie tenga la herencia de otro jugador. Empezamos con un nuevo equipo”, respaldando así a sus pupilos y enseñándole al mundo que, en la vida, la nostalgia a veces sobra: “No quiero hablar del pasado, quiero hablar de este equipo”.
A pesar de no convencer a nadie para jugarle unos billetes en las apuestas, Suecia ha demostrado que, con el juego más pragmático de todos, se puede llegar lejos en la época más pragmática de todas. Probablemente no le alcance para ser campeona o para el partido de tercer y cuarto puesto, pero su planificación la ha puesto donde está.
Pedro García, periodista de Movistar Deportes, comentó al aire en el programa Al Ángulo que hablar de los paseos turísticos por el Museo del Hermitage o de las puestas en escena del teatro ruso era más interesante que hacerlo sobre el Suecia-Suiza y que más “parecía un partido de fase de grupos de Eurocopa”. Tal vez no le falte razón, aunque su colega de conducción, Diego Rebagliati, apuntó algo que el mundo —y la gente que cree que un buen partido es algo que se parece a un comercial de Nike— a veces no ve: el partido no fue tan malo. En realidad no fue nada malo. El sistema defensivo de Suecia parece insuperable: solo fue vulnerado dos veces en este torneo, uno de ellos de tiro libre. Viéndolo así, a la distancia, se entiende que a la selección peruana le haya costado tanto hacerle un gol en el amistoso en Gotemburgo previo al inicio de la Copa del Mundo. A pesar de haber criticado tanto el desempeño de los nuestros, algo queda claro: era más complicado de lo que parecía.
Suecia enfrentará a Inglaterra en cuartos de final en lo que será el oxímoron del torneo: la defensa implacable contra el equipo que en sus filas alberga al máximo goleador (Harry Kane), el objeto inamovible contra la fuerza incontenible, la paradoja de la fuerza irresistible, los prácticos contra los inventores del fútbol. Para muchos, el último partido de los septentrionales de amarillo y azul, la muerte de los tipos que juegan como guerreros vikingos.
Si usted sigue siendo un descreído y un escéptico de los dirigidos por Anderson, vaya tranquilo a la casa de apuestas y póngales unas fichas a los británicos, sin miedo. Total, en este Mundial, como en la vida, ganan los que llevan las de ganar, ¿o no? ©

