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La tristeza no es eterna

Fracaso, decepción, tragedia. Son palabras de un vocabulario que parecía ya olvidado. Tras la derrota ante Australia en el repechaje volvieron a aparecer, pero sería mejor preguntarse si esta selección entraña otra identidad. El educador y sociólogo Eloy Seclén Neyra intenta responder a esa pregunta en medio de un país que pese a todo aprendió a sonreír otra vez.
¿Cuánto ganó la selección en estos últimos siete años? COMPOSICIÓN SUDOR

Fracaso, tragedia, decepción. Son palabras de un vocabulario que parecía ya olvidado. Tras la derrota ante Australia en el repechaje volvieron a aparecer, pero sería mejor preguntarse si esta selección peruana representa otra identidad. El educador y sociólogo Eloy Seclén Neyra intenta responder a esa pregunta en medio de un país que pese al dolor aprendió a sonreír otra vez.

Tal vez usted no los vivió, tal vez usted ya los olvidó: hubo días en los que esta clase de partidos ni siquiera podían imaginarse.

La de veces que terminamos últimos, sin puntos, con un punto. Jugábamos como nunca y usted ya sabe cómo termina la frase. Había amistosos en el Nacional en que las tribunas Norte y Sur terminaban lanzándose cánticos una contra la otra. A cierto grupo de jugadores nacionales le llamaban “extranjeros”. Hasta ahora se la creen.

Qué viejos se ven ahora esos viejos tiempos.

Lo cual es un logro de estos tiempos.

No da para decretar feriado, pero ahora competimos. No alivia el desconcierto, pero ganamos respeto. Quien ha vivido sabe que ello no se obtiene fácilmente. Para llegar donde llegamos, derrotamos a rivales importantísimos. Estando donde estuvimos, habiendo sido lo que fuimos, hubiera sido más práctico resignarse. Y sin embargo, decidimos competir.

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Testigos de ello han sido generaciones enteras. Las alegrías que el fútbol provocó son como ellos, una nueva historia. Muchas veces el triunfo peruano se escribió con tal contundencia que, de blanco y de rojo, veíamos en el campo de juego esa construcción permanente que es el relato de la identidad nacional.

Definir un concepto es mucho más que plantear una cita y consagrarla a la repetición mecánica. Los años son experiencias. Ellas son recorrido, exploración, diálogo. Ellas nos permiten reconocer en la realidad social la evidencia necesaria para construir argumentos que cuestionen el sentido común. Salir del discurso hegemónico y encontrar matices.

Hablar de identidad se parece a un partido de fútbol porque la discusión podría nunca terminar. Se parece porque en la disputa surgirán hegemonías y disidencias, y el camino para pasar de unas a otras puede ser más corto de lo que aparenta. Se parece más si entendemos la identidad como la posibilidad de reconocimiento a través de la afectividad, del amor.

Pero hay algo más. Identidad es un concepto dinámico. No definimos lo que “somos” para que se mantenga estático a través del tiempo. Construir un relato de identidad implica aceptar la diversidad inherente, las muchas formas en que puede expresarse. Lo que seamos, lo seremos en el triunfo y en la derrota. Con el tiempo, no solo podrá transformarse, sino que lo hará necesariamente.

Efectivamente, perdimos. ¿Qué más se puede agregar ante tamaña contundencia? Tal vez podamos conversar sobre cómo pudo, en qué momento, desde cuándo. Quién quita y sea una conversación reparadora. Identificaríamos los errores cometidos, pero también cuánto han cambiado las cosas.

Tal vez nosotros cambiamos, y no solo fueron puntos en una eliminatoria. A la barra, por fin de Perú, de verdad la vimos en todas partes. Alentando en otros deportes, por ejemplo, o apoyando causas donde nadie habría querido meterse, política incluida. En otras tribunas alzaban la voz contra la violencia de género, contra la corrupción. Y con el mismo coraje, comprobamos que la alegría de ganar por fin era para todos y todas. ¿Para qué queremos ganar si no es tan solo para mirar de cerca el breve instante en que transcurre la felicidad?

Falta muchísimo por cambiar, por supuesto, pero podemos contemplar nuestros pasos con orgullo. Vivimos en un entorno tan perverso que es más sencillo atribuir culpas individuales en lugar de reconocer que es la estructura la que falla. Decidimos identificarnos como hinchas donde solo conviene que seamos consumidores. La identidad también aspira a la ciudadanía, también se nutre del sentido crítico. Fácil es usar el poder mediático para reducirla a un asunto de fe que garantice más y más apostadores, mientras más jóvenes, mejor.

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Que el fútbol peruano se desarrolle sobre estructuras equitativas, descentralizadas, que fomenten valores de competencia y progreso suena tan utópico como alguna vez lo fue el sueño mundialista. Y sin embargo, es lo que los hinchas comenzaremos a exigir. Deporte es educación. Educación es prepararse para el cambio, lo único constante en estos tiempos digitales. Cambiar. Reinventarse.

Perú cambió, Perú ganó. Al final de todo, la gente lo sabe. Con el tiempo, no solo llegará la revancha sino también las convicciones. El proceso debe continuar porque no es responsabilidad de una sola persona. Es un proceso de cambio, el cual a su vez es permanente. Defendamos el camino recorrido desde donde estemos. Y no perdamos la alegría de cantar, que eso también es identidad. La gran Saywa, por ejemplo, patrimonio cultural de Huamanga, cuando canta eso que dice que la tristeza no es eterna, siempre hay esperanza… ~

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