Miles de aficionados hemos llegado esta calurosa mañana del 23 de junio a la explanada del Zócalo para ver el encuentro entre México y Corea del Sur en las cuatro pantallas que las autoridades han instalado como respuesta a la fiebre mundialista. Aquí, en este punto de Ciudad de México, que alguna vez fue llamado Plaza Mayor, punto de manifestaciones sociales y conciertos monumentales, donde vi una vez bailar “Color esperanza” de Diego Torres a un grupo de personas disfrazadas de superhéroes y sufrí el robo de mi celular, la bandera mexicana ondea al centro, muy oronda.
Tras la inesperada victoria ante Alemania la pasión por la selección azteca se ha disparado, al igual que la venta de camisetas verdes. En medio de un agitado clima político, a nueve días de las elecciones presidenciales y sufriendo los embates de Trump, el fútbol es, una vez más, motivo de reunión y celebración nacional.
A escasos minutos del inicio del partido la gente agolpada en la plaza más grande de Latinoamérica corea ¡México! lo cual es una primera ventaja pues el rival no puede mexicar ¡Corea! Un conjunto de mariachis vestidos de blanco entretiene al público entonando una canción que dice “Somos locos de corazón” mientras la gente degusta los yogurts que guapas promotoras reparten a los asistentes, ataviados con máscaras de luchadores, pelucas tricolor en homenaje a la bandera y cualquier prenda verde que encontraron en su guardarropa, incluidas las de estilo militar. El animador nos exhorta a saltar para activar el sismógrafo como en el partido anterior, pero no resulta; luego ensaya una versión alternativa del clásico tema “Volver” que dice: “Yo sé ganar, yo sé ganar. Quiero volver, volver, volver”.
Al fin empieza el juego y un lustrabotas se para sobre su caja de madera obteniendo un mejor panorama. México domina desde el comienzo y su defensa es un muro infranqueable. La mayoría de niños no alcanza a ver debido a su pequeñez así que juegan tirados en el pasto artificial colocado para la ocasión. Cada tanto, alguien abre su paraguas para protegerse del sol abrasador, arruinando la visión de todos los que estamos detrás. “A cinco pesitos las banderitas”, es el canto coral de los vendedores. La gente sigue comiendo los yogurts. Ya destacan las actuaciones de Carlos Vela y el ‘Chucky’ Lozano (camisetas números 11 y 22 respectivamente, curiosidad numerológica), el público reconoce su entrega con aplausos. El ‘Chucky’ tiene incluso una breve canción cuya letra solo dice “el Chucky Lozaaaaano”.
“¿Por qué nos asesinan? Si somos el Orgullo de América Latina”, conmovedora consigna que recorre la avenida donde confluyen estos dos ríos rientes y se mezclan armoniosamente los dos colores: el verde de la camiseta mexicana, la naturaleza y el aborto legal y seguro, y el jovial arcoíris…”
Corea se dedica a cometer faltas y el árbitro hace gala de su benevolencia hasta que se anima a decretar un penal a favor de México. ¡Gol de Vela! “Cuerdas vocales y corazón se unen”, así resume la euforia desatada el narrador deportivo de grave voz que después entonará súbitamente “Las mañanitas”. “Ay, no me toquen a mi Memo”, reclama un aficionado tras una agresión del 16 de Corea contra el portero Ochoa, quien se retuerce de dolor. Una señora le señala un drone a un bebé aburrido un minuto antes del segundo gol mexicano, el niño no dejará de mirar el drone durante el resto del partido.
Gooool número 50 del ‘Chicharito’ Hernández, con la camiseta del ‘Tri’, en letal contragolpe, suscita abrazos efusivos y extraños saltos. “No mames, ¡esa es roja, cabrón!”, exclama otro hincha tras un manotazo a Hernández. Cerca del final, cuando el triunfo parece inminente, la barra le echa porras al entrenador Juan Carlos Osorio, como agradecimiento por encabezar esta proeza.
Durante el primer minuto del tiempo suplementario pasa una señora recogiendo la basura, principalmente envases de yogurt. La gente se prepara para celebrar, México es puntero del Grupo F. De pronto, gol de Corea. Golazo, reconocemos. “Pinche árbitro, ¿por qué da cinco minutos?” comenta el respetable. ¡Fin del partido! Un solo grito de algarabía seguido de la resolución: “Vamos al Ángel con los gays”. Y es exactamente lo que hacemos, enrumbamos al famoso monumento histórico que conmemora la independencia de México y acoge grandes festejos.
Oh, hermoso día donde confluyen dos orgullos, dos eventos masivos que celebran la identidad propia. “Qué bonito es lo bonito”, escucho decir a lo lejos al comentarista mientras Carlos Vela ilustra lo dicho con su sonrisa triunfal. La marea verde se interna ya por la calle Madero derrochando alegría, selfies y cánticos acompañados de las malditas cornetas. ¡Ay, ay, ay, ay, canta y no llores! se entona ahora continuando el despliegue del cancionero popular. Poco a poco el paisaje va cambiando, las máscaras de lucha y sombreros de charro se mezclan con las coronas de arcoíris con unicornio, repartidas por McDonalds con el lema: Be Pride.
En el Paseo de la Reforma las despampanantes trans y drag queens se roban el protagonismo con su absolutismo. Los vendedores de banderas hacen su agosto ofreciendo tanto la mexicana como la arcoíris, característica de la comunidad LGTBIQ. En el Ángel de la Independencia comienza el desfile. Siete señoras bailan desnudas sosteniendo balones de fútbol en un inesperado sincretismo y decenas de personas, heteros y gays, mexicanos y extranjeros, pugnan por una bolsa gratis de Doritos edición especial de siete colores.
“¿Por qué nos asesinan? Si somos el Orgullo de América Latina”, conmovedora consigna que recorre la avenida donde confluyen estos dos ríos rientes y se mezclan armoniosamente los dos colores: el verde de la camiseta mexicana, la naturaleza y el aborto legal y seguro, y el jovial arcoíris. Aunque la fiesta recién comienza ya asoman tres claros ganadores: México, la diversidad y el nuevo yogurt Licuadería Danone. ©


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