El país que protagoniza el final infeliz de esta historia era tan desigual que se erigían fronteras en su interior, construidas entre, para y por las clases sociales. No había muros ni controles migratorios, pero todas eran impenetrables. Era tan natural esa forma de vivir que llamaban estratos, que se discutía por todo, hasta por la posibilidad de vivir en paz. Y cuando más cerca estuvieron de lograrla, las elecciones presidenciales revivieron la polarización que dividía al país en seis naciones diferentes. Como si esa palabra tan universalmente divina que es paz tuviera siquiera que debatirse.
Como solo el fútbol era capaz de unir a ese país llamado Colombia, gobernado por personas que ponían en duda la paz, su equipo de fútbol tenía que cuestionar de la misma forma el gol: que si en qué momento, que bajo qué condiciones, que de qué manera, hasta quién lo lograría.
El planteamiento de José Néstor Pekerman parecía propuesto desde el negacionismo: como si de un momento a otro hubiera decidido olvidar ese brillante pasado colectivo que atesora el fútbol colombiano y que le brindaba concretas posibilidades de ganar. Todo fue reemplazado por una propuesta indecorosamente defensiva, más enfocada en destruir que en proponer. La Selección Colombia creyó tener la potestad de establecer faltas solo reclamándolas, como si la pelota parada fuera la única manera de anotarle a un rival que jugaba con la seguridad que le daba el peso de su camiseta: la Inglaterra que inventó el fútbol, la que ostenta un título mundial, cuya propuesta táctica no fue eficiente en goles pero sí en constancia, en orden, en la certeza de que el final los iba a encontrar victoriosos.
Solo esa sensación de superioridad inglesa podría explicar el desconcierto de Carlos Sánchez que se convirtió, otra vez, en la fatalidad al cometer un penal. Su clamorosa falta hizo más pesada la carga de su error ante Japón. El gol terminaría de desbordar a una Colombia ya exasperada. Mágica o no, la realidad parecía superarla cuando por fin decidió buscar el gol.
Pero la desigualdad de ese país no llegaba a superar el tamaño de su fe. La de Yerry Mina, por ejemplo, se forjó desde su apreciada niñez campesina en el pueblo de Guachené, en el departamento de Cauca, cuando junto a sus padres, tuvo que huir de la atrocidad de la violencia del bloque paramilitar denominado “Bloque Calima”.
Hay que tener fe para tomar el balón sabiendo que el tiempo se ha cumplido. No se trata de esperar un milagro, sino de trabajar para que suceda. Solo así se tiene la inteligencia para habilitar al compañero mejor ubicado. Eso hizo Mina cuando cedió el balón a Mateus Uribe, que si no logró el empate fue por la extraordinaria reacción del joven arquero Jordan Pickford. Tiro de esquina.
Juan Guillermo Cuadrado ejecutó el centro como disculpándose por el gol que había echado a perder minutos antes, y Yerry Mina se elevó como quien quiere alcanzar la paz que quizá exista allá en el cielo. Era el minuto 93. En el festejo de su perfecto gol buscó a sus compatriotas en la tribuna. Como si en la inmensidad de su abrazo pudiera reunificar a todos los estratos colombianos. Como si en la potencia de su voz pudiera recordarles que fueron, son y deben ser un único gran país.
Gol y paz deben ser sinónimos porque reflejan anhelos humanos que se construyen desde la esperanza colectiva. Cuando hay un gol, efectivamente, no se tienen en cuenta los pecados sino la fe de una, de todas las iglesias, hasta de los que no la tienen. Efectivamente, el gol nos concede la paz y la unidad en nuestros días…”
Gol y paz deben ser sinónimos porque reflejan anhelos humanos que se construyen desde la esperanza colectiva. Cuando hay un gol, efectivamente, no se tienen en cuenta los pecados sino la fe de una, de todas las iglesias, hasta de los que no la tienen. Efectivamente, el gol nos concede la paz y la unidad en nuestros días. Abrazado a su fe, Colombia pasó a dominar el encuentro, y entre sus ataques, el reordenamiento inglés, la ansiedad y los calambres, se llegó a esa narración propia del realismo mágico que es la definición por penales.
El capitán Radamel Falcao tuvo la responsabilidad de infundir coraje con el primer penal. Lo logró, pero Harry Kane demostró, otra vez, que para ser el goleador del Mundial tiene cien maneras de ejecutar un penal, y todas siempre terminan en gol. Quien siguió fue Cuadrado, que conocía muy bien la urgencia de consolidar el proceso de paz en su país. Su remate tuvo la contundencia de ese reclamo. Y el de Luis Fernando Muriel también, solo que se convirtió en gol con la alegría caribeña del Atlántico colombiano donde nació. De solo ver ese gol, David Ospina quiso tapar un penal, que es como anotan los arqueros. Colombia se abrazaba a sí misma.
Y esta es la parte de la historia en la que se tiene que decir que cuando Colombia tuvo la gran oportunidad de avanzar, Uribe falló. Esta oración se puede aplicar a todos los contextos que sean necesarios. El penal errado por Carlos Bacca y la implacable eficiencia inglesa fueron ese final tan inefable que la única respuesta posible es el silencio.
No hay silencio que no termine. Quien lo dijo fue Ingrid Betancourt, una de las tantas colombianas que padeció el horror del cautiverio, tras ser tomada prisionera por las FARC en el 2002. Así tituló el libro de 712 páginas en el que narra su aciaga experiencia. Su libertad se logró un 2 de julio de hace diez años luego de una operación encubierta del ejército colombiano.
Meses antes de aquel rescate, en una de las pocas cartas que los guerrilleros permitieron enviar a su madre, escribió:
“(…) Siempre pienso que ya al final voy a dejar de llorar, que ya cicatrizó. Pero el dolor vuelve y se me echa encima como un perro traicionero, y vuelvo a sentir que se me despedaza el corazón. Estoy cansada de sufrir, de llevarlo por dentro todos los días, de decirme mentiras a mí misma, de que pronto esto va a terminar, y de ver que cada día es igual al infierno del anterior (…)”.
El país que protagoniza el final infeliz de esta historia tiene una historia mayor que todavía puede escribir. ©

