Tragedia íntima

Tragedia íntima

Hoy se cumplen 34 años de la tragedia del Fokker, en la que todo el plantel y comando técnico de Alianza Lima perdió la vida. El escritor Alejandro Neyra explora mediante la ficción los recuerdos de Alfred Tomassohn, el hombre que todos creyeron que murió el 8 de diciembre de 1987.

Los vi morir a todos. O mejor dicho los escuché, porque no se veía nada. Uno por uno se fueron hundiendo en esa masa oscura en la que estábamos. Era increíble, de verdad no se podía ver nada. Y con el mar congelándonos era difícil soportar, de verdad. Iba escuchando algunos gritos, quejidos, lamentos, oraciones, de rato en rato un murmullo, un pedido de auxilio, y escuchaba una voz menos…Fue terrible…

—¿Y tú?

—¿Yo? Tuve suerte. Logré aferrarme a un pedazo del avión. No sé qué sería, pero estaba ahí bien agarrado. Poco a poco iba dejando de sentir las piernas. De hecho, la pierna derecha la tenía cortada, pero en esas circunstancias sacas fuerzas de cualquier lado. Y yo estaba joven, supongo que tenía más aguante. Bueno, más aguante que ahora, de hecho…

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Sonrió un poco, nerviosamente. Pero Alfred Thomassohn aún sonreía. Su rostro es muy diferente al de aquel chiquillo que quince años antes empezó a hacer goles en Alianza Lima. O al menos eso me parece. Ahora tiene el pelo rubio y corto, muy corto. Ya no es el jovencito melenudo y desgarbado que parecía un negro más en ese equipo de potrillos aliancistas. Claro, ya no es Alfredo Tomassini, tampoco. Y mucho menos juega al fútbol. Es un empleado más de una tienda de recuerdos en Aspen.

—¿Y cómo te llevaron?

—Es que no llegaron en la madrugada, como dices que dijeron. Llegaron a las tres horas más o menos. Bueno, la verdad no sé, no estoy seguro de cuánto tiempo pudo haber pasado. Pero claro, igual ya no quedaba nadie. De verdad, como te digo, no sé cómo mierda me pude salvar. No sé…

—¿Pero qué te dijeron? ¿A dónde te llevaron?

—Eso es lo más increíble. Me llevaron, no sé bien cómo decirlo… la verdad ya no sé algunas palabras, de verdad me he olvidado del español…Pero bueno, era un helicóptero, eso lo recuerdo bien. Y habían unos tipos de negro, encapuchados. Me subieron y no sé si me habrán drogado o puesto algo, quizás me inyectaron un calmante, puede ser, eso no lo recuerdo. Pero me dijeron que me tranquilice y de ahí no recuerdo más hasta que aparecí en Vermont. ¡Imagínate! Te caes en un avión en Lima, estando ya por aterrizar, estás a punto de ahogarte en un mar del Callao, o al menos eso supones, y cuando despiertas estás en Vermont, en un cuarto crema, eso lo recuerdo bien, bueno, imposible de olvidarlo ¿no? Encima despiertas, crees que la pesadilla ha terminado y te das cuenta de que estás en un cuarto crema…

Alfred sonríe de nuevo. Es cierto que ya no habla muy bien el español. Lo practica poco en Aspen, donde la mayoría son turistas del propio país, gente que va a pasar sus vacaciones para esquiar. La “r” la pronuncia como si tuviera frenillo y a veces pierde la ilación del discurso. El diálogo que transcribo es lo más parecido a lo que dijo. Cuando habla por momentos se queda mirándome fijamente, pero en algunas ocasiones su mirada se pierde a través de la ventana de su cocina – donde estamos – y se fija en un punto vacío. Sin embargo, difícilmente dirige la vista hacia el lugar del jardín en el que sus hijos juegan con una pelota.

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—¿Y quién te habló? ¿Qué te dijeron?

—Bueno, de verdad no recuerdo muy bien eso, tampoco. Sé que vino alguien, sí. Algún doctor, alguien de la DEA también. Me dijeron que me quedaría ahí, sí, eso me dijeron. Pero jamás me dijeron por cuánto tiempo ni por qué exactamente. 

—¿Pero eso te lo dijeron en inglés? Bueno, sabes inglés ahora, pero en ese tiempo…

—Sí, sí sabía inglés por el colegio. Pero no recuerdo mucho más. De verdad que no. Ahora que me preguntas eso, creo que me hablaron en inglés, sí, pero no sé…claro, vino un médico o alguien de la DEA que me dijo que tenía amnesia…en ese momento no recordaba lo del accidente, claro, apenas me dijeron que había tenido un problema y que en el hospital me cuidarían, que no me preocupara, que pronto me mejoraría…creo que alguien de la DEA o del FBI, o un doctor…

—¿Y cuándo recordaste todo? 

—¿Recordé todo? ¿Todo? ¿De qué me hablas? Yo soy Alfred Tomassohn ¿no? No ese jugador aliancista a quien rescataron, que ya murió no sé cuándo y que se hundió en el mar de Ventanilla. Estamos en Aspen ¿no? Soy Alfred ¿no? Eso es. That´s it! You know who I am. I am Alfred Tomassohn…you know, my name is Alfred.

—Yes I know, my friend, don´t worry! Let´s play something, ok? Your boys seem to be enjoying the game with the ball. Why don´t we go and play with them, Alfred? 

—Ok. Tú me disturbas a veces, you know?

—Sí, sí, lo sé. I´m sorry.

Si Alfredo Tomassini recordara todo, a mucha gente le iría muy mal. De eso estoy seguro. Acá en Aspen, en Vermont, en Washington, en Perú, sobre todo en el Perú ¿Pero es justo que yo, un triste hincha de Alianza, le joda la vida al pobre Alfredo? ¿Es justo que yo destruya esta linda relación que tengo con él y su mujer por conseguir la verdad? Y sus hijitos… su familia ahora… la familia de ese señor que es hoy Alfred Tomassohn, mi amigo y compañero, aquel chiquillo goleador que murió en el mar de Ventanilla el 8 de diciembre de 1987, causando el dolor de millones de hinchas aliancistas… ~


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Creo en el sudor como parte del esfuerzo. Después de mi infancia pícnica, descubrí el placer que trae el entrenamiento físico. Más allá del frontón y el fútbol, practico el atletismo y suelo correr los 10K. que me queden cerca, pero, por mis ocupaciones, he descubierto una forma excelente de combinar, extrañamente, el placer físico con el intelectual: en el gimnasio leo mientras hago elíptica o bicicleta estacionaria, un 2x1 que me hace disfrutar plenamente (solo teniendo cuidado de que las gotas de sudor no manchen indeleblemente páginas de buena literatura).

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