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Neymar, un mago en psicoterapia

[Escribe: Ricardo Montoya] El sol en San Petersburgo empieza a ocultarse lentamente mientras es testigo del llanto inconsolable de Neymar. La alegría, aunque no lo parezca esta tarde, también es brasileña. El Scratch ha atravesado un vía crucis de 96 minutos para, por fin en los descuentos, superar en la red a una Costa Rica contestataria…
Ilustración: Ricardo Bustamante

El sol en San Petersburgo empieza a ocultarse lentamente mientras es testigo del llanto inconsolable de Neymar. La alegría, aunque no lo parezca esta tarde, también es brasileña. El Scratch ha atravesado un vía crucis de 96 minutos para, por fin en los descuentos, superar en la red a una Costa Rica contestataria. Y, justamente, ha sido Neymar el encargado de asegurar la victoria, sometiendo al etéreo Keylor Navas. Su gol, el segundo de su escuadra, en la última jugada de la lidia, ha maquillado el carácter parturiento de la victoria. Por eso, esas lágrimas del capitán de la Verdeamarelha no contienen el rasgo habitual de su teatralidad.

En este Mundial carnavalesco, donde el orden natural de las cosas y los resultados se han subvertido con frecuencia, lograr un triunfo épico merece una catarsis acorde con el sufrimiento previo. El genuino sollozo del astro ensambla el desahogo de la angustia del partido con los recuerdos recientes de una lesión metatarsiana que estuvo a punto de dejarlo sin Mundial. Así pues, con Neymar suspendido en una cornisa física y emocional, sus lágrimas frente al mundo no son otra cosa que el frecuente retrato de los deportistas de élite.

Cinco días más tarde, Neymar aguarda otro reto. Por la mañana, Corea del Sur, desplegando virtudes gráciles, estratégicas y efectivas, asombró al planeta despidiendo a Alemania, campeón reinante, de la Copa. En ese contexto anárquico, donde no se respetan los rangos balompédicos de siempre, y los de abajo socavan la autoridad de los de arriba, Neymar y los suyos enfrentan al aguerrido elenco serbio con la urgente necesidad de ganar para seguir en la brega.

Hasta antes de Serbia, Phillipe Coutinho ha sido su lugarteniente en el campo. El encargado de espantar los miedos que también padecen las mejores selecciones del orbe. Él es quien se ha convertido, frente al talento ciclotímico e intermitente de Neymar, en la figura patriarcal que todo equipo requiere cuando apremian las circunstancias.

El mismo hombre que genera conflictos en París es el imán de este Brasil moderno. En la selección su ego no sabotea el trabajo de su equipo. Al contrario, lo potencia. Por eso, esta vez no hubo lágrimas. Neymar se fue riendo, convencido de que el fútbol que practica es su mejor terapia”

El volante del Barcelona fue quien, en homenaje a la folha seca histórica del fútbol brasilero, impactó con arte el balón para que obediente desfallezca en el arco de la sincronizada selección helvética. También fue Coutinho el que, en tiempo agregado y en modo ráfaga de luz, aparecería para encaminar con un gol a la Canarinha ante los ‘ticos’. Es él quien, mientras Neymar distrae a las defensas enemigas, abandona su rol de actor de reparto para, con goles y asistencias lujosas, convertirse en el protagonista de la película mundialista de este Brasil.

En la vereda de enfrente, Serbia estaba en la obligación de conseguir un triunfo. Sólo doblegando a Brasil podría meterse entre los 16 mejores y equipararse a los croatas, con quienes ahora, en este nuevo contexto geopolítico, mantienen una clara disputa deportiva.

Dadas las necesidades de ambos, esa oscilación entre la angustia del uno y la altivez del otro, era obvio que la psicología habría de intervenir en el juego y, por ende, en el resultado.

En ese marco, nuevamente los reflectores hicieron foco en Neymar, un astronauta del fútbol, alguien capaz de hermoso arrebatos líricos, aunque también frágil, histriónico e hipersensible. Con esa herramienta, en un nivel menor a lo que supo ofrecer en el Barza o en el PSG, Tite, estratega de Brasil, agota a sus rivales. Neymar consume las fuerzas opositoras y, aun en un día flojo, obliga a tener cuidados extremos con su talento. Además, es provocador. Al punto que sin quererlo, o quizás por esos detalles que subyacen a su personalidad, atrae siempre la atención de los defensas contrarios. Serbia no fue la excepción. Le dieron duro y copioso. Pero terminó por aburrirlos.

Después, ya con los balcánicos abocados a tratar de controlarlo, Phillipe Coutinho, siempre Coutinho, asistió magistralmente a Paulinho y estalló en júbilo la torcida. Luego, Serbia intentó “quemar sus naves”, pero careció del combustible necesario para hacerlo. El Scratch, que tras el gol se había despojado de sus temores iniciales, convirtió de nuevo, con un tiro de esquina aterrizado en la cabeza de Thiago Silva.

Brasil ha sumado tres puntos y avanza, como se presumía, a los octavos de final. Lo ha hecho exento de luces, pero con la espesura y la potencia que otorgan la solidez y el buen juego. Lo ha hecho con Neymar como bandera. El mismo hombre que genera conflictos en París es el imán de este Brasil moderno. En la selección su ego no sabotea el trabajo de su equipo. Al contrario, lo potencia. Por eso, esta vez no hubo lágrimas. Neymar se fue riendo, convencido de que el fútbol que practica es su mejor terapia. ©

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