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En honor a Panamá

[Escribe: Kike La Hoz] Pocas veces un gol de honor se ha gritado tanto como si antecediera a una victoria. Qué digo gritado, berreado con el júbilo vital de un recién nacido, con la desesperación de un náufrago rescatado. Pocas veces, pero ha sucedido. Así como le pasó a la maltrecha Haití…
Ilustración: Ricardo Bustamante

Pocas veces un gol de honor se ha gritado tanto como si antecediera a una victoria. Qué digo gritado, berreado con el júbilo vital de un recién nacido, con la desesperación de un náufrago rescatado. Pocas veces, pero ha sucedido. Así como le pasó a la maltrecha Haití —la selección mantequilla del continente— ante una trituradora brasileña en la Copa América Centenario 2016, así también estaba escrito que le ocurriría a la debutante Panamá ante Inglaterra en la ciudad rusa de Nizhny Novgorod el domingo 24 de junio.

Así como un haitiano llamado James Marcelin logró que el 7-1 de Brasil y los tres goles de Philippe Coutinho pasaran a ser lo ordinario que no merece estar en un titular, un defensa panameño de 37 años, calvo y al borde del retiro, permitió que otro país caribeño volviera a darle sentido a esa frase que tiene mucho de lugar común y otro tanto de muletilla de narrador deportivo: “Nunca mejor dicho: este ha sido un verdadero gol de honor”, alcanzó a decir un relator radial, a moco tendido, mientras transmitía desde algún lugar de ese istmo bautizado como Panamá.

Felipe Baloy, panameño de patria y madre, con sangre chilena (herencia de su progenitor) y pasaporte mexicano (producto de su paso por Monterrey y Santos Laguna), también se ha entregado a la onda expansiva de un hecho extraordinario. Acaba de marcar el primer gol de Panamá en la historia de los Mundiales y ni siquiera el 6-1 de Inglaterra ni los tres goles de Harry Kane son capaces de arrebatarle el protagonismo. Hay goles que valen más que seis o siete recibidos. Al menos por unos segundos —los que le siguen al gol del ‘Pin’ Baloy— ese es el consenso entre todos los que observan a este veterano con barba y tatuajes llorar como si acabara de ser padre de sixtillizos. Hay goles que restauran el honor, no hay duda. Y más aún si el autor es un zaguero central que juega en la liga guatemalteca, a años luz de la Premier League inglesa. Así el escritor español Alex Grijelmo diga que en la mayoría de los casos el gol de descuento suela ser un acto tan emocionante como cepillarse los dientes, a veces —como este domingo en Nizhny Novgorod— esa máxima del argot futbolero tiene el peso de una revelación.

“Es un gol bonito, que va a quedar en la historia”, dirá Baloy al término del partido. Pero la frase que más se repetirá cada vez que se hable del capitán panameño será “gol de honor”. Sin descanso. Una y otra vez. Gol de honor. Como dando por hecho la amplitud de su sentido. Honor. Suena solemne. Un gol que vale el honor. Más solemne aún. ¿Pero de qué hablamos cuando hablamos de honor?

Si los griegos creían que el honor se ganaba por medio de la virtud, los pueblos germanos de la Edad Media cultivaron la idea de que cuando se perdía no quedaba más remedio que la muerte. William Shakespeare, ese honorable dramaturgo y poeta inglés, que, evidentemente, no sabía nada de fútbol ni de goles de honor, escribió en Ricardo III: My honour is my life; both grow in one; Take honour from me, and my life is done (“Mi honor es mi vida; ambos crecen al unísono; / Quitadme el honor, y acabaréis con mi vida”.

En su tema Tiburón —en el que advierte de la arremetida de una fiera marina voraz e implacable, símbolo del imperialismo yanqui en América Latina— Rubén Blades lanza una estrofa como un canto a la dignidad de los pueblos libres, contra las potencias bravuconas, como un centro ceñido a la pierna redentora de Felipe Baloy, capaz de lograr que la corona de la reina de Inglaterra se tambalee sobre su cabeza…”

Cuatrocientos años después de aquella pieza teatral, otro intelectual, panameño pero con apellido de gentleman inglés, Rubén Blades (bleids, como lo pronunciaría él mismo) también ofreció su propia interpretación del honor como si se tratara de la narración del 6-1 de Panamá ante Inglaterra. En su tema Tiburón, del disco Canciones del Solar de los Aburridos (1981) —en el que advierte de la arremetida de una fiera marina voraz e implacable, símbolo del imperialismo yanqui en América Latina— lanza una estrofa como un canto a la dignidad de los pueblos libres, contra el abuso de las potencias bravuconas, como un centro ceñido a la pierna redentora de Felipe Baloy, capaz de lograr que la corona de la reina de Inglaterra se tambalee sobre su cabeza: “Palo pa que aprenda que aquí si hay honor / Pa que vea que en el caribe no se duerme el camarón (…) Si lo ven que viene, palo al Tiburón / Hay que dar la cara, pero con honor”.

Blades, que tuvo que usar chaleco antibalas durante años para cantar esta canción, sabía muy bien del honor de Panamá derivado de una historia de imposición imperialista. El “Tiburón”, que remite al “Monstruo” al que se refirió José Martí para hablar de Estados Unidos, podría hacerse extensivo a las fuerzas colonialistas del hemisferio norte que dominaron el istmo desde siglos pasados: primero, el Imperio Español, y, luego, el Imperio Británico. Las costas panameñas en las que navegó y murió el corsario inglés Francis Drake, ladrón de ladrones, pasarían a ser —muchos años, guerras y muertes después— del dominio norteamericano a partir de 1901: el Tratado Hay-Pauncefote firmado por la corona británica permitía la construcción de un paso entre el Océano Pacífico y el Atlántico. El Canal de Panamá, símbolo del avance capitalista de los Estados Unidos, solo fue posible por el cálculo geopolítico de los ingleses: era mejor reconocer el declive de su dominio en el caribe y ser aliado de la potencia emergente. Porque Tiburón no come Tiburón.

El nacimiento de Panamá como nación suele estar asociada a esa deshonra: a la de haber aprovechado los intereses del presidente norteamericano Teodoro Roosevelt y de varios grupos económicos que preferían negociar con Panamá —aún provincia colombiana— que con el gobierno de Bogotá. La historia oficial panameña, por supuesto, tiene otra versión: desde 1821 la llama de la independencia había estado encendida y en 1903 tan solo encontró un contexto más propicio para convertirse en antorcha.

El honor patrio de Panamá siempre estuvo en juego. Incluso desde mucho antes. Como cuando una riña callejera el 20 de enero de 1836, entre el juez panameño Juan Antonio Díez y el procónsul inglés José Russell, borrachín y problemático, casi detona la guerra entre Panamá (a través de la República de Nueva Granada) y el Imperio Británico. Si se quiere, este es el único antecedente de un duelo entre ambas naciones antes del partido mundialista en suelo ruso.

Un garrotazo en la cabeza del representante de Su Majestad fue suficiente para que un buque de guerra apuntara sus cañones contras las costas panameñas. Las aclaraciones desde Bogotá sobre el impasse no bastaron. La reina quería a su súbdito libre, la remoción del juez ‘agresor’, la devolución de la oficina consular británica y el pago de 1.000 libras esterlinas como “compensación por las crueles ofensas”. Panamá, por dignidad, se negó y el buque entonces decidió apuntar contra Cartagena.

Las tensiones se disiparían por la vía diplomática. Pero antes de que aquello sucediese, en medio del terror de los panameños por la disparidad de fuerzas bélicas, el presidente neogranadino, Francisco de Paula Santander, lanzó una proclama que pareciera escrita para los panameños del presente que, pese a los seis goles de la armada inglesa encabezada por Harry Kane, nunca dejaron de creer:

“Grande es el poder británico, como la obra de los siglos: pequeño es el de la Nueva Granada, como el de un pueblo naciente, que ha sufrido los horrores de la guerra de la Independencia y los desastres de la guerra civil. Pero la justicia que nos asiste es evidente e inmensa; y apoyados en ella y en la protección del cielo, haremos lo que el honor exige de nosotros”, dijo entonces un presidente que siempre creyó en el honor. Como Rubén Blades, como Felipe Baloy, como Panamá. ©

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