[Escribe: Elda Cantú] “¿De verdad creen que van a ganar?”, me preguntó K, una estudiante alemana de intercambio. No se refería al partido que enfrentaría a la selección de sus país con México el primer domingo del Mundial. A ella —racional, pragmática, calculadora— le confundía el entusiasmo peruano contra Dinamarca.
Frente a una clase de estudiantes universitarios, ensayé un par de ideas sobre las lecciones que el fútbol nos dejaba fuera de la cancha. Hablamos de los fenómenos de masas, del nacionalismo, de lo que significa para un país como Perú volver a tener los ojos del mundo encima. Después —cínica, pesimista, resignada— apunté algo sobre nuestra mala costumbre mexicana de ir al Mundial sin destacar. La verdad es que nosotros no pensábamos que íbamos a ganar.
Unos minutos antes del partido, al buscador de Google le toma 48 segundos entregar casi seis millones de respuestas afirmativas (5’880,000) ante la búsqueda: “México nunca le ha ganado a Alemania”. Esta vez, contra el equipo de Thomas Müller, el octavo goleador en la historia de los mundiales y el increíble Toni Kroos, un mediocampista del Real Madrid al que la prensa española definió una vez como el hombre orquesta, no tenía que ser distinto.
La historia nos había enseñado que cada vez que nos medíamos en un partido oficial ante los germanos nuestro equipo azteca terminaba abatido. La resignación no era falta de patriotismo ni de autoestima sino más bien la confirmación de nuestro carácter nacional. “Desde niños nos enseñan a sufrir con dignidad las derrotas”, escribía Octavio Paz en Máscaras mexicanas.
El Tri, para qué negarlo, iba a jugar contra el campeón del mundo después de una tremenda juerga. El día después de su partido de despedida en México los seleccionados nacionales —esos atletas que debían representarnos en el campeonato del mundo— habían organizado una fiesta maratónica para relajarse. En las imágenes de los paparazzi desfilaban bebida en mano, abriéndole galantemente la puerta del coche a unas señoritas que al parecer no eran sus esposas. Esos ocho héroes eran las figuritas que nuestros niños estaban coleccionando. El ‘Chicharito’ Hernández se defendía días después en una transmisión de Facebook Live: no habían sido ocho los asistentes a aquella fiesta sino 23. Si iban a caer, iban a caer todos juntos, como un equipo.
Pero en lugar de abandonarnos a la desgracia, los mexicanos nos regocijamos esperándola. “La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de la victoria nos conmueve la entereza ante la adversidad”, explicaba Paz. No había que perder tiempo en la indignación.
Nadie quiere pensar en cuántos muertos hemos perdido en la guerra contra el narcotráfico, ni en el muro de Trump ni las familias separadas en la frontera ni en las inminentes elecciones presidenciales ni en qué pasó con el dinero que estaba destinado a reconstruir lo que perdimos con el terremoto. Ahora, en Rusia, no se trata de pensar sino de sentir”
Así nos entregamos al deporte en el que nadie nos gana: el de reírnos en medio de la adversidad. La máquina de los memes escupía imágenes de perritos chihuahua frente a pastores alemanes, de Pray for México, de alusiones al racista #prietosenaprietos. Héctor Herrera, un mediocampista que juega para el Porto, se ausentó del primer entrenamiento del ‘Tri’ en Copenhague “por motivos personales”. Iba a reunirse con su esposa en Portugal después de aquellas imágenes suyas en la fiesta. En Facebook, un grupo de chistosos llamó a una marcha para pedir a su esposa que lo perdonase. Cien mil mexicanos dijeron que irían. Otros miles ya tenían boletos para ir a Rusia. No íbamos a ganar pero íbamos a armar un pinche desmadre.
Afuera del estadio, en los minutos previos al partido, un periodista preguntaba a los aficionados mexicanos por un asunto incómodo, aquella fiesta escandalosa. “Eso es amarillismo”, los excusaba despreocupada una señora ataviada con vestimenta típica, trenzas y un letrero con saludos para Mazatlán. Ella era una de los miles de mexicanos que habían viajado a alentar a la Selección. Según datos de la FIFA, México era el quinto país que más entradas había comprado, unas 60 mil en total.
Días antes del inicio de la Copa del Mundo nueve amigos del estado norteño de Durango llegaban a los titulares por haber comprado y renovado un bus escolar que después recorrió medio país antes de subir a un barco que atravesó el Atlántico y que estos compadres condujeron por toda Europa hasta llegar a Moscú. Le llamaron “La Bendición”. En tierras aztecas, otra señora más preocupada por el futuro del país que por el marcador encontraba en esa multitud de fans una evidencia para refutar el argumento del favorito en las encuestas presidenciales: “Si el país estuviera tan mal como dice López Obrador no habría tantos mexicanos gastando en ir al Mundial. ¿Qué otra prueba quieren de que tenemos una clase media fuerte?”, se preguntaba.
Pero los apasionados del fútbol —esos que se gastan la quincena en una tele nueva y el dinero para el colegio de los niños en un par de entradas de reventa— saben que una cosa no tiene nada que ver con la otra. Nadie quiere pensar en cuántos muertos hemos perdido en la guerra contra el narcotráfico, ni en el muro de Trump ni las familias separadas en la frontera ni en las inminentes elecciones presidenciales ni en qué pasó con el dinero que estaba destinado a reconstruir lo que perdimos con el terremoto. Ahora, en Rusia, no se trata de pensar sino de sentir. De creer contra todo pronóstico. “Mientras esté rodando el balón todo es posible” le decía a un reportero un señor bigotón con sombrero charro afuera del estadio Luzhniki, el más grande de Rusia. Y era fácil adivinar que lo decía más por compromiso que por convicción.
Desde Moscú, un amigo peruano intentaba darme razones para sentir un poquito de esperanza: “Eso sí: en disfraces nadie supera a México”. Estaba rodeado de mis paisanos vestidos con zarapes, máscaras de luchador e inmensos penachos multicolores. No íbamos a perder así nomás. Nos íbamos a envolver en la bandera y a cantar hasta el final.
Entonces empezó el partido. Y el equipo que debía estar sufriendo los estragos de una resaca reciente jugaba bien. Juntos, levantaron una muralla (que pasen los memes de Trump y el muro) contra la que el equipo de Löw chocó una y otra vez.
El técnico colombiano Juan Carlos Osorio había organizado un 4-2-3-1 que sus jugadores desplegaron con una disciplina nunca antes vista. En el minuto 34, el gol de Hirving ‘Chucky’ Lozano: un contragolpe ejecutado con la velocidad y precisión de un auto deportivo alemán, pero construido por mexicanos. Era casi un milagro.
Nadie disfrutó el resto del partido. Ni los alemanes, que fueron incapaces de sobreponerse a la sorpresa, ni los mexicanos tan acostumbrados a perder. En el minuto 87, los mexicanos en el estadio empiezan a cantar ‘Cielito lindo’. “Ay, ay, ay, ay, canta y no llores”, dice ese himno no oficial de un pueblo que frente a la desgracia renuncia a las lágrimas y recurre en su lugar a la música “porque cantando se alegran cielito lindo los corazones”. Estábamos ganando y no teníamos a la mano una canción de victoria. No estábamos preparados para esto. ©

