La escena se repite una vez más al sonar el pitazo final: Panamá ha perdido su tercer partido en Rusia 2018 y sus jugadores se juntan en el centro de la cancha, forman un círculo, y se abrazan entre sí, de rodillas. Pero no lloran ni se lamentan. Rezan, agradecidos por la experiencia que acaban de vivir y, a pesar de las estadísticas que los sindican como el peor equipo del Mundial, en ellos no hay reproche alguno.
La selección del país con mayor crecimiento del PBI en Latinoamérica durante el 2017 llegó a Rusia con el presupuesto más bajo y con el plantel menos cotizado: apenas 8,23 millones de euros, según TransferMarkt. Pero las esperanzas de los panameños no partían de un indicador económico ni del delirio desatado tras su primera clasificación a un Mundial, sino de la certeza de saberse entre los más débiles del torneo. Para ellos, anotar un gol en Rusia iba a ser la consagración.
Sucede que en Panamá no se entiende la felicidad a partir de la ausencia de problemas, sino a pesar de ellos. En el 2014, el país del istmo se ubicó en el primer lugar de un ránking de felicidad a nivel global, aunque tres años más tarde fuera el décimo país con mayor desigualdad en el mundo. Los panameños no son ajenos a casos de corrupción y tienen un desempleo creciente, pero su tasa de emigración sigue siendo una de las más bajas de Latinoamérica. Ser feliz a pesar de, parece ser la consigna nacional. Si hasta el ídolo deportivo más grande de Panamá la tuvo a su lado en los momentos más complicados: Felicidad se llama la esposa de Roberto Durán, el legendario ‘Mano de Piedra’.
Para una felicidad redonda, Panamá buscaba ante Túnez lograr su primera victoria en un Mundial. Los africanos, también eliminados, esperaban al frente con sus cinco mundiales a cuestas, alineando de urgencia a su tercer arquero y con unas ganas de triunfo arrastradas durante cuarenta años. No eran los únicos hambrientos. A pesar de la amplia superioridad tunecina en posesión de la pelota y en efectividad en los pases, los muchachos del ‘Bolillo’ Gómez se las ingeniaban para llegar con mayor peligro gracias a los centros de Adolfo Machado y a la velocidad de José Luis Rodríguez. Y fue este delantero de 20 años el que sacó el remate que, tras golpear en Yassine Meriah, le dio a Panamá la ilusión temporal de lograr su primer triunfo mundialista. Si el primer gol en un Mundial lo anotó el jugador más veterano, Felipe Baloy, el gol de la esperanza lo hizo el más joven de todos.
Los panameños no son ajenos a casos de corrupción y tienen un desempleo creciente, pero su tasa de emigración sigue siendo una de las más bajas de Latinoamérica. Ser feliz a pesar de, parece ser la consigna nacional. Si hasta el ídolo deportivo más grande de Panamá la tuvo a su lado en los momentos más complicados: Felicidad se llama la esposa de Roberto Durán, el legendario ‘Mano de Piedra’”
Pero la esperanza morena duró tanto como una canción. Apenas iniciado el segundo tiempo, un centro desde la derecha enviado por Wahbi Khazri sirvió para que Fakhreddine Ben Youssef pusiera el empate. Poco después, el mismo Khazri, cuya sola cotización supera a toda la plantilla panameña, fue quien aprovechó otro centro rasante para fulminar la ilusión de cuatro mil panameños en las tribunas del Mordovia Arena, de Saransk.
Terminado el partido, Panamá no solo ocupa el último lugar en la clasificación general del Mundial, sino que es, junto a Egipto, una de las dos selecciones que se van de Rusia 2018 sin haber logrado punto alguno. Sin embargo, sus jugadores se sienten agradecidos y rezan juntos en el centro del campo liderados por el capitán Román Torres, el hombre de los dreadlocks que parece un rastafari bienaventurado. Uno de los más veteranos del equipo, Gabriel Gómez, dice estar feliz por los quince años entregados a la defensa de su camiseta nacional, y el orgullo apenas le cabe en el pecho a este mediocampista que promete seguir esforzándose por su país desde la escuela de fútbol que tiene junto a Felipe Baloy y Juan Ramón Solís.
José Luis Rodríguez, el jugador panameño que más faltas recibió durante el torneo y al que los tecnicismos del fútbol le quitaron la autoría del segundo gol de su selección en la historia de los Mundiales, también se siente tocado por alguna divinidad y agradece a Dios por la felicidad que sintió con el 1-0 parcial sobre Túnez. Bien decía Ernesto Sábato que el mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria.
Se cierra la fase de grupos y dieciséis selecciones pegan el viaje de regreso. Algunas lo hacen con el shock de una eliminación prematura. Otras pocas, como Panamá, lo hacen con la mochila cargada con la ilusión de un aprendiz. Ellos saben que la felicidad no está en el destino soñado, sino en el camino que les queda por recorrer. ©

