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A dos banderas

Vivimos, bailamos salsa y jugamos al fútbol casi al mismo ritmo que Colombia. Algo mucho más primitivo y poderoso que la cercanía geográfica nos ha hecho celebrar sus goles como propios cuando la escases era nuestra rutina. Desde Bogotá, el ilustrador Omar La Hoz explora estas emociones a pocas horas de un Colombia-Perú decisivo. Al lado de su esposa y su hijo colombianos, el resultado será una anécdota.

Un 14 de mayo del 2021 dije “sí, acepto”. A las afueras de la notaría ondeaba una bandera que no era la mía. Una bandera colombiana. Me enamoré y no me da miedo decirlo. Algunos dirán que exagero, que solo es el día a día en este país. Que solo es por quedar bien. Pero aquí sentado intento estructurar mis recuerdos para ver de dónde viene este sentimiento. 

La historia siempre se cuenta desde el recuerdo, o, al menos, es lo que yo pienso. Los países llegaron a mi vida no en viajes de avión, sino gracias a las páginas finales de un libro enorme llamado Atlas del mundo, libro que mi viejito vendía para dar de comer a sus pollitos. Allí estaba esa bandera tricolor entre la de China y la del Congo. 

La aparición del fútbol en mi vida nace de una tragedia: un Fokker, un accidente, y así me hice hincha fiel del equipo del pueblo, Alianza Lima. El Perú se quedaba sin una camada de grandes jugadores como el Potrillo Escobar, Pechito Farfán o Alfredo Tomassini. A finales de los ochenta, ver a la selección en las eliminatorias era intrascendente para mis pocos años. Allí es cuando, cargando 10 años sobre los hombros, pude ver por TV, desde el mismísimo estadio donde Diego convirtió en mito a Napoli, cómo un león de camiseta verde y short rojo bailaba en la esquina del córner celebrando. A lo lejos noté camisetas amarillas caídas luego de un estupendo campeonato. Eran los octavos de final del Mundial Italia 90. Algo empezó a latir en mí en ese momento.

Llegó 1994, televisor sony a color, un tal Freddy me hizo disfrutar cómo cinco gritos cambiaron la historia, cómo cinco abrazos generaban alegría y dolor a la vez. Cómo un grande se arrodillaba ante la cumbia. Y de fondo se escuchaba “Colombia, Colombia, Colombia”.

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Es a partir de aquí que en cada juego de Super Nintendo elegía a los amarillos brillantes, al equipo del jugador de peluca rubia enorme. Ese 10 que flotaba en cámara lenta, ese 10 que me recordaba al Poeta de la Zurda de mi amada blanquiazul. 

Luego llegaron Balerio, Maestri, el Chorri y me hicieron soñar con una clasificación. La voz de Micky Rospliglosi narraba desde el Metropolitano de Barranquilla ese partido infartante. El equipo que tanto había visto y admirado se enfrentaba a mi país. Se sentía raro. Luego de un despeje que toma Serrano, el Chinito Pereda le da de una. Golazo y a festejar. Mondragón caía como una torre enorme. Perú ganaba 0-1 y seguía vivo. Eran las eliminatorias del Mundial Francia 98 y yo ya tenía mi DNI.

Después de esto hubo varios partidos, con marcadores buenos y malos para ambos bandos. Recuerde el gol del Ñol en el 2001 a Córdoba, luego los cinco gritos que tuvimos que padecer en Barranquilla en el 2005.

Podría seguir recordando y recordando, pero me senté a escribir tratando de entender de dónde nace este cariño peculiar, este amor sincero. Me tocó en este 2021 estar aquí, en Bogotá. Viví la Copa América, por primera vez, fuera del Perú. Al lado tenía a mi ya esposa y mi hijo que portaban esa misma camiseta amarilla color oro de la que les he venido hablando a lo largo de este texto. La sonrisa de Santiago cuando le conté que Perú jugaría con su país fue la misma sonrisa que tuve yo cuando vi por primera vez al Pibe, Álvarez, Higuita y compañía. Santi tuvo que irse a la cama con un 2 a 1 a favor de la selección peruana. Ese día me tocó celebrar a mí.

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Mi vieja siempre dice que el destino uno mismo se lo va creando con esfuerzo y perseverancia. Creo que mi subconsciente siempre lo supo. Algo me fue atrapando en este país y siempre fue positivo. Noto tanta similitud que no me fue difícil adaptarme día a día. Claro que nunca podré decir que una bandeja paisa es igual a un cevichazo o que las cerros de la sabana de Bogotá son igual que la Costa Verde de Lima. Pero sí puedo decir que Colombia me dio la felicidad que necesitaba y no solo hablo en términos futbolísticos. Este amor fue más allá de las tribunas. 

Siento que soy un afortunado que puedo palpar de cerca eso que desde niño vi y sentí desde lejos: la salsa del Grupo Niche y el pasito tun tun de Joe Arroyo, pisar el césped de El Campín o del Atanasio Girardot (me queda pendiente el Metropolitano). 

Espero este viernes estar sentado al lado de mi hijo y mi hermosa colombiana con un chilcano bien helado y unas crispetas calientes viendo nuevamente, con los mismos ojos, esa camiseta amarilla brillante enfrentarse a la Blanquirroja. Esta vez el resultado no me va a importar. ~

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