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Copa Perú

Sport Huancayo es uno de los candidatos al título de la actual Liga 1. Hace catorce años le tocó disputar uno de los partidos más polémicos que se recuerde de la historia reciente de la Copa Perú. El sociólogo ayacuchano Diego Álvarez Inca rememora aquel duelo ante Sport Huamanga echando mano de la literatura testimonial. Fútbol macho hecho ficción.

I.

Nada cambiaría el resultado de esa tarde de 2008. Sport Huamanga, de local en el estadio Ciudad de Cumaná, quedó eliminado de la Copa Perú a manos de Sport Huancayo. De ese partido dependía, cuando menos, disputar la segunda división del fútbol peruano. Salir campeones y jugar en primera: el sueño. Pero un gol del equipo visitante, en el filo del primer tiempo, definió al ganador de la serie.

II.

Ingresas sin pagar a la tribuna oriente. Ya nadie controla esa puerta cuando está por empezar el segundo tiempo. Un chato de 10 años como tú debe escurrirse entre el sudor de los asistentes para dejar de mirar sus espaldas. Quieres ver el movimiento de los jugadores, sus toques. Deseas, con el corazón, convertirte en futbolista antes que vestir de verde olivo con un arma en la cintura o portar un estetoscopio encima de la bata blanca. Y no es una aspiración corriente, en los campeonatos escolares corre el rumor que tu futuro estará junto a un balón, sin imaginar que años después los doctores te prohibirán el deporte por un problema en las rodillas.

Para un público que asiste al estadio solo cuando se organizan bingos y sorteos no se hace necesario separar las graderías. Aprovechas esas libertades y te ubicas en norte. Desde ahí ves el césped con un verde languideciente. Los globos azules, que en realidad son bolsas largas infladas al instante, inundan el estadio. Un par de personas con el torso desnudo agitan el polo azul marino del Sport Huamanga. Otros saltan y entonan canciones que no escuchas con claridad porque se pierden entre abucheos contra el árbitro. Quienes están al costado tuyo dicen que el juez principal está comprado por la visita y con el transcurrir de los minutos también te convencerás de eso.

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Sport Huamanga tres, Sport Huancayo uno. Antes de terminar el primer tiempo, en el minuto 45, los del valle del Mantaro metieron un gol que, sabrás al terminar el partido, será el culpable de eliminarnos del cuadrangular final de la Copa Perú. Estaremos eliminados de la posibilidad de jugar en primera. Eliminados de poder disputar la segunda división. Eliminados.

-En Huancayo perdimos 3 a 0. Debemos anotar dos más, con uno quedaríamos igualados en el global y, en ese caso, pasa quien haya marcado el mayor número de goles de visita. Así se desempata.

Escuchas una, dos, tres veces ese discurso, pero tu pequeño cerebro no entiende normas ni reglamentos. Solo quieres que tu equipo, es tu equipo porque entrena en el mismo césped que pisaste años atrás, siga en carrera. Y aunque ahora estiras los músculos, corres entre conos y platillos anaranjados y haces partidos de práctica tres veces por semana en un estadio más pobre, con perros muertos y basura en los contornos de la cancha, no olvidas cada rincón del Ciudad de Cumaná. Eso te servirá en unos minutos.
Un par de veces más los jugadores de Huamanga rodean al colegiado principal reclamando faltas que no cometieron antes que este, en el centro del campo, levante su mano derecha e izquierda, suene su silbato, dé por terminado el encuentro. Los de Sport Huancayo se arrodillan. Se abrazan. Indican al cielo. Cubren sus rostros con sus palmas.

La cuarteta arbitral está cercada. Recibe pelotazos de los recogebolas. Puñetazos de unos jugadores.

Ganamos 4 a 1, pero quedamos a un gol de la clasificación.

Los árbitros escapan. Paran. Están protegidos por escudos policiales.

Piensas, erróneamente, que no se tumbarán las rejas de oriente y occidente. Y ya la gente está dentro, corriendo por todos lados, detrás de los policías que reparten varazos.

Sigues parado, porque nadie nunca se sentó, viendo el espectáculo, como cuando observaste el primer beso de tus compañeros de salón. Embobado. Quieres ser el protagonista.

La policía lanza bombas lacrimógenas después que desaparezcan de escena jugadores y árbitros. Primero en el campo, luego a las tribunas. Tiran piedras. Y tú que en un inicio pensaste cruzar la reja violentada para patear siquiera a un tombo o hundir esas latas de las que sale el humo asfixiante en un pozo que hay detrás del arco norte, como lo hace un joven con el rostro cubierto, ahora corres sin rumbo por la tribuna. Solo quieres escapar del gas que se escurre entre tus narices. Corres como la señora que carga a su bebé en una manta, como la pareja de enamorados que no se suelta de la mano, como el hombre solo. Estás solo. No sabes en qué momento te separaste los dos amigos, menores que tú, con quienes fuiste al estadio.

Tu mundo se hace chiquito al ver la puerta de salida cerrada con candado. La gente tose mientras intenta quebrar, a piedrazos, el seguro.

Las fosas nasales te arden. Necesitas más aire.

No puedo morirme aquí, dices para tus adentros, porque crees que vas a morir. Correr ya no es una opción, en unos cuando metros tu conciencia se apagaría. Tratas de calmarte. Piensas. Recuerdas que tu papá respiró bombas lacrimógenas. Recuerdas que estuvo en muchas marchas organizadas por el magisterio. Recuerdas una tarde en la que dijo que el vinagre y el agua contrarrestan los efectos del clorobenzilideno malononitrilo. Pero no tienes nada a la mano. Ir al baño, debajo de los carteles donde anotan el marcador, sería peor: para inundado de excremento, papel y pichi y con los caños secos, como los de escuela pública. Correr a la puerta principal, en sur, es estar dispuesto a recibir un piedrazo en la cabeza. Subir a los puestos de transmisión hechos de acero, un imposible; hasta en sus escaleras hay personas. Donde estás, entre el muro que rodea el estadio y la parte alta de la tribuna norte, solo hay tierra, piedras y molles. Tu mente, en la desesperación, ordena mojar la mano con pichi, el único líquido que tienes, y pasártelo por la cara. «Siempre en lo asqueroso se esconde el remedio», dices convencido.

Funciona.

Respiras. Respiras mejor.

Y antes de cruzar la puerta del estadio, en otra imagen que guardarás como recuerdo, Luis te encuentra entre la multitud. Te coge del polo. Te reclama.

https://www.youtube.com/watch?v=jEDpHchHrEc

¿Dónde está mi hermano?

Respondes que no sabes el paradero de Oscar.

Me entregas a mi hermano. Tú nos trajiste.

Quiere pegarte, lo sientes. Si bien se debate entre el llanto y la rabia, con 9 años, esperas que te agarre a puñetazos, como siempre. Habían salidos juntos del barrio, después de escuchar la narración del primer tiempo, al lado de sus padres, en una radio de tres cuerpos. Pero te suelta. Sabrás, cuando llegues a casa, que Oscar no está muerto ni desaparecido ni hospitalizado. Juega con la arena fina amontonada en su puerta. Sabrás también que, con seis años y una dificultad para el habla, pidió a la cobradora del transporte público le lleve a casa gratis.

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Por fin afuera. Un carro de la policía se incendia en la puerta principal. Tiene los vidrios rotos. Por alguna razón no dejas de verlo. Es como un tótem al que le rezamos

alegres nuestra desgracia. No te decides si lanzar una piedra. Quieres hacerlo para saber qué se siente ser de los malos. Quieres ser malo. Quieres encontrar a Luis y devolverle cada uno de los golpes que te dio durante años. Pero del carro sale un sonido agudo, un silbido que se hace intenso en segundos. Crees que es el tanque de combustible a punto de estallar; así sucede en las series de acción que transmiten en señal abierta. Todo el mundo corre. Tú también lo haces.

III.

Esa tarde de noviembre de 2008, Sport Huamanga murió. No participó más en la Copa Perú. En cambio, Sport Huancayo, dos meses y medio después, debutó en la primera división del fútbol peruano.

Nosotros solo sobrevivimos. ~

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  1. Felicitaciones sobrino por el artículo referente a una experiencia de la competencia de balón pie entre Sport Huamanga y Huancayo, realizado en el populoso Estadio de Cumaná; que por una administración parcializada por parte del árbitro, ocasionó el enardecimiento de los aficionados huamanguinos. El aporte queda como una historia de la lucha entre dos equipos rivales provincianos del Perú profundo. Sigue brindándonos el aporte como una acción social.

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