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La metamorfosis del vampiro

[Escribe: Kike La Hoz] —No vayas a morder en el Mundial. El inocente pedido de un niño a Luis Suárez, grabado con un celular a las afueras del Complejo de la selección uruguaya en Montevideo, fue uno de esos episodios que circulan por las redes sociales con la velocidad de la pólvora encendida.
Ilustración: Sandro de la Riva-Agüero

—No vayas a morder en el Mundial.

El inocente pedido de un niño a Luis Suárez, grabado con un celular a las afueras del Complejo de la selección uruguaya en Montevideo, fue uno de esos episodios que circulan por las redes sociales con la velocidad de la pólvora encendida. Una tomadura de pelo, para los mayores de 50. Un zasca, para los españoles. Un Turn down for what, para los millennials. Pero lo que tuvo la apariencia de una broma infantil al vuelo, era, en el fondo, la genuina preocupación de un sector de hinchas uruguayos (y de otros países) que han tenido que vivir los últimos ocho años acostumbrados a los desvaríos de un delantero que muerde en la cancha, en clave futbolística, pero, sobre todo, en sentido literal.

Las mordidas de Suárez empezaron en 2010, o al menos ese es el primer registro de su inclinación vampiresca en el fútbol profesional. Le clavó los dientes al holandés Otman Bakkal durante un partido entre Ajax y PSV en la liga holandesa. Y no se arrepintió. En ese entonces, resultó apenas un hecho fortuito que sirvió para colorear las páginas deportivas. Pero, cuando volvió a sacar los colmillos unos años después, esta vez en la Premier League, la sanción de diez fechas por la mordedura al serbio Ivanovic, desató una alarma sanitaria en Inglaterra: el delantero de Liverpool empezó a ser tratado como un perro rabioso que necesitaba una cura inmediata a sus impulsos mordelones. Y, como para empeorar la situación, durante el Mundial de Sudáfrica 2010, una de esas jugadas inmortales que solo ocurren cada cuatro años dio pie a que algunos ya no prefirieran enviarlo a una perrera municipal, sino a un centro psiquiátrico: el recurso de salvar con las manos, en la línea, lo que pudo haber sido el gol de la clasificación de Ghana le valió para ser el héroe inmolado en Uruguay, pero en el resto del mundo el debate crecía en torno a sus impulsos más primitivos.

Luis Suárez, un acechador con el nueve en la espalda, un tramposo por naturaleza en el área, intuitivo para olfatear el temor en los defensores como un tiburón ante su presa, nació y creció en Salto, una ciudad agrícola, ahora reconocida por ser la cuna de Suárez y Edinson Cavani, la actual dupla goleadora de la Celeste (con 90 goles entre ambos). Uno ya tiene un estatua desde 2015, el otro está por ser homenajeado con el mismo honor. Pero si se pisa Salto, al margen del marketing del fútbol, el ídolo de la ciudad sigue siendo Horacio Quiroga, un certero elaborador de relatos cortos, que vivió durante el apogeo de Uruguay en las primeras décadas del siglo pasado, cuando aún no existía el estadio Centenario. Si Suárez tiene una estatua, Quiroga tiene un museo y un centro cultural a su nombre. Y aunque parezcan contrapuestos, con casi cien años de diferencia, ambos están unidos, además de la sangre uruguaya, por el fútbol y una mordida.

Cuando los dientes del Pistolero volvieron a ser noticia en el Mundial de Brasil 2014, ya traía sobre sí una corriente de opinión adversa. Los insultos racistas a Patrick Evra en la liga inglesa y su posterior desplante —negándole el saludo— al francés que lo había acusado, no ayudaron en su defensa ni bien se oyó el alarido del italiano Giorgio Chiellini en el estadio de Natal. La huella de sus colmillos en el hombro izquierdo lo delataban. Y aunque las cámaras confirmaban el mordisco, el delantero, maestro del engaño ante arqueros, árbitros y defensas, se dedicó a negarlo. Incluso cuando la sanción de la FIFA, que lo despedía del Mundial, ya había sido ratificada, Suárez prefirió seguir con el embuste. Negó y negó. Pero, como no se puede mentir tanto sin correr el riesgo de ser descubierto, tuvo que admitir su culpa días después. Algún lector consumado no tardó en encontrar el paralelo —algo rebuscado pero paralelo al fin— entre Suárez y Quiroga. El cuentista uruguayo, en su relato A la deriva, narra la historia de un campesino que es mordido por una yaracacusú, una serpiente con un veneno mortal en sus colmillos. El padecimiento del agricultor, en su travesía en balsa hacia la negada salvación, se parece mucho a lo que tuvo que vivir Suárez desde que su mordida fuera colocada al nivel de la Mike Tyson a Evander Holyfield hace 21 años en Las Vegas.

Su mayor victoria durante el partido ante Arabia, además de anunciar que tendrá un tercer hijo junto a su mujer Sofia Balbi [deberá besar cuatro dedos a partir de ahora], es que no mordió el anzuelo como tantas otras veces. La provocación de un defensa saudí no fue suficiente para ver aflorar de vuelta al vampiro uruguayo…”

La brutal dentada se convirtió en la principal noticia en todas las lenguas. Y el mundo entero, entregado al placer de morder, mostró los dientes como parte de la moda del momento. Se confeccionaron camisetas, destapadores y hasta juguetes sexuales con la forma de la boca del uruguayo, que no se atrevió a cobrar derechos de imagen. Pero, alejado de esa fiebre canina, Suárez se quebró. En el camerino, luego del partido ante Italia, su mujer, al teléfono, le pidió una explicación  y solo ante ella, en medio de lágrimas, admitió “la cagada que se había mandado”. Días después, reconocería su culpa públicamente, pero los cuatro meses de sanción sin poder jugar en su nuevo club, Barcelona, lo obligaron a aprender a cerrar la boca. Y, aunque luego, los goles y los títulos con la camiseta blaugrana borraron, en parte, la huella de la mordida, pocos creyeron eso de que “nunca volverá a ocurrir un incidente como este”.

“Me parece que es un muchacho que anda mal de la cabeza, esas cosas en un campo de juego no se hacen”, diría luego Alcides Giggia, el máximo héroe de Uruguay, que se devoró a Brasil en 1950 en la gesta del Maracanazo sin necesidad de una sola dentada. Así como él, muchos más se sumaron a las críticas, por encima de la nacionalidad o del espíritu de cuerpo. Para algunos, pragmáticos y alérgicos a los llorones, Suárez pasó a ser ese delantero que se vale de todos los recursos para ganar. Para otros, creyentes de que la ética también tiene forma de pelota, sus piernas y su sola habilidad son más que suficientes para comerse a los rivales dentro del área.

Desde entonces, Suárez asegura que ha aprendido muchas lecciones. En estricto, sigue siendo él. Un delantero goleador —que incluso aquellos que lo aborrecen quisieran tenerlo en su equipo—, capaz de agarrarse los testículos ante el periodista Martín Liberman o lograr una ola de críticas femeninas por decir que “el fútbol es cosa de hombres”. Según el psicólogo deportivo Thomas Fawcett, entrevistado por la BBC en el 2013 a propósito de la mordida del uruguayo a Ivanovic, la necesidad de Suárez de clavarle los dientes a sus rivales “es una respuesta emocional espontánea”. Es decir, pese a haber estado en terapias de control de la ira y reconocido su inclinación vampiresca, el especialista cree que el monstruo, muy agazapado aún, sigue dentro de él. “Yo creo que si en cinco años le vuelven a tocar el mismo nervio en una situación parecida, Suárez reaccionará exactamente de la misma manera”, aseguró.

Cinco años después, el Pistolero ha vuelto a un Mundial y no ha necesitado usar bozal. No mordió ante Egipto, en el argot futbolero, y, ahora, ante Arabia Saudita, en medio de la cancha del Rostov Arena, celebra por varios motivos: llegó a los 100 partidos con la Celeste, se convirtió en el primer uruguayo en marcar en tres ediciones de un Mundial (3 en 2010, 2 en 2014 y uno en 2018), igualó a Diego Forlán como el segundo máximo anotador uruguayo en una Copa del Mundo (ambos con 6 goles) y  alcanzó los 423 goles oficiales de Fernando Morena, máximo goleador charrúa en la historia del fútbol profesional. Su solo nombre ya es una leyenda como el de Horacio Quiroga.

Pero su mayor victoria durante el partido ante Arabia, además de anunciar que tendrá un tercer hijo junto a su mujer Sofia Balbi [deberá besar cuatro dedos a partir de ahora], es que no mordió el anzuelo como tantas otras veces. La provocación de un defensa saudí no fue suficiente para ver aflorar de vuelta al vampiro uruguayo. A sus 31 años, Luis Suárez, siempre tentado por el cabe desleal y la burla cachacienta sobre los defensas rivales, parece haber aprendido —en parte— eso que Horacio Quiroga escribió sobre Juan Polti, half back de Nacional —club también del delantero—, que cumplió su promesa de matarse de un tiro si su rendimiento decaía: “Nada, menos que la gloria, es gratuito. Y si la obtiene así, se paga fatalmente con el ridículo, o con un revólver sobre el corazón”. ©

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