Dicen —quienes nos conocen— que nadie nos iguala en ego. Y ahí estábamos, nosotros, tan argentos y confiados de encarnar al animal invencible, cuando no éramos más que un gallo viejo. Enfrente teníamos a Mbappé y compañía. La sangre joven, reflejos rápidos y ese ímpetu que, por momentos, rozaría la soberbia. El desenlace estaba cantado desde el inicio. Pero confiábamos todavía. O rogábamos, al menos, por un milagro más.
Los pronósticos no eran alentadores. La falta de juego, los cambios de técnico y una clasificación a las justas habían armado, hace tiempo, un revuelo nacional. En Rusia, con la improvisación de Sampaoli, todo sería peor: fallas en la defensa, un empate inesperado con Islandia, el deslustre de Messi, la goleada con Croacia —pifiada histórica en nuestro arco, incluida—. Sin embargo, contra toda lógica, algo pareció cambiar en el triunfo más sufrido ante Nigeria. La prensa deportiva argentina se preguntaba si, acaso, ese era el despertar de la Albiceleste. Afuera nadie creía. Pero cómo no poner alguna esperanza ahí, si en estas semanas solo sabíamos del dólar imparable, despidos masivos y una deuda externa cada vez más grande.
El equipo argentino —o el nuevo experimento: Pavón de titular y Messi reubicado como falso ‘9’— entró a la cancha medio desangrado. Enfrentaban a una selección joven, habilidosa e increíblemente rápida. Entonces, solo quedaban la maña experimentada y alguna explosión improbable de Lio. Así, los primeros minutos fueron tensos. Con una Argentina que tenía la pelota, pero no el daño. Y el equipo francés que lo medía, como un animal a la espera del momento preciso para saltar al cuello. Hasta que llegó el error, tan pronto y en el medio: Mbappé, con la pelota, corría desbocado. Inalcanzable. Entonces, Rojo ofreció el penal y Griezmann, un pelotazo adentro.
Mbappé estaba en su salsa, como gallo joven que encuentra rival para lucirse. Los argentinos, con fama de sudacas afrancesados, mirábamos aquello sin creer lo de esos jóvenes galos: tan precisos y capaces de llegar al arco de Armani con cinco pases de lo más finos”
Solo habían pasado doce minutos, pero los demás no prometían nada bueno. Así estábamos, barranca abajo, hasta que llegó el zurdazo de Di María, directo al arco francés; y el arranque de nuevo. También la creencia absurda de que la oportunidad estaba ahí, para cualquiera. El segundo tanto argentino, con un golpecito apenas de Mercado, no mejoró las cosas: la Albiceleste se ponía ingenua y Francia, que había sentido el peligro por primera vez en el torneo, se transformaba en una máquina de pelea brava.
Primero, fueron los desplantes de Mbappé a toda carrera y Giroud, que conseguía más espacios aún. Pogba y Griezmann se sumaron rápido. Y, cuando Pavard igualó el marcador —enganche sublime para un centro pasado, cuerpo a la izquierda, zapatazo al ángulo—, Francia ya tenía la confianza para hacer a su antojo. Intentar, incluso, alguna jugada sobradora. El futbolista del París Saint-Germain estaba en su salsa, como gallo joven que encuentra rival para lucirse. Oportunidades no le faltaron. Y pronto llegaron sus dos goles, uno de izquierda y el otro de derecha. Por si quedaban dudas, todavía, de que la habilidad era suya. Los argentinos, con fama de sudacas afrancesados, mirábamos aquello sin creer lo de esos jóvenes galos: tan precisos y capaces de llegar al arco de Armani con cinco pases de lo más finos. Y los nuestros, que necesitaban ochenta; siempre tan lentos, con alguno que otro joven impreciso y la esperanza puesta en ese “10”, que esta vez se mostraba desorientado.
Cuando entró Agüero, todo anunciaba nuevo baile para Argentina. No está claro si fue la suerte o algo parecido a la compasión, pero el arco sudamericano tuvo algo de paz. Quizás porque el partido parecía asegurado. Sin embargo, a tres minutos del final, el ‘Kun’ sorprendió con un gol de cabeza, previa asistencia de Messi. Las chances de igualar eran remotas. Y, si en el partido anterior, el equipo albiceleste las aprovechó a pura garra, esta vez Otamendi demostró que no habíamos entendido nada: culpaba a otro —pelotazo absurdo a Pogba, por la espalda, de regalo— de las falencias propias mientras el tiempo se escurría.
Poco después, a la salida del estadio y con Argentina ya eliminada del Mundial, un grupo de hinchas franceses lo ponía en verso: “Oh Di María, oh Mascherano. ¡Messi, ciao! Messi, ciao! ¡Messi, ciao, ciao, ciao!”. Era irrefutable. Su equipo había encontrado, en un chico de diecinueve años, la nueva dirección. Y nosotros nos habíamos quedado sin nada, ¿sin nadie?, para mirar adelante. Nos habían desplumado. ©

