En un país que ocupa el quinto lugar en igualdad de género, según el índice Global de la Brecha de Género; en el que las compañías obligan a sus empleados a hacer una pausa en sus rutinas diarias para que se tomen un café y conversen con sus compañeros y jefes (la ceremonia es llamada fika); en el que sus empresarios más acaudalados pueden toparse en la clase turista de un avión con uno de sus trabajadores; en esa misma nación que ha hecho de la humildad, igualdad y trabajo en equipo sus pilares, nació hace 36 años Zlatan Ibrahimovic, un futbolista que se convirtió en la personificación del individualismo y la arrogancia.
Zlatan, un poste de 195 centrímetros con movimientos acrobáticos, creció en Rosengard, a las afueras de Malmö. Cuando tenía dos años sus padres, un albañil bosnio y una empleada doméstica croata, se separaron y, desde entonces, tuvo que vivir como un nómada. En ambas casas, las muestras de afecto eran escasas. No recibía abrazos o ayuda para sus tareas escolares. Zlatan, solo contra el mundo, su máxima de vida, empezó a gestarse ya desde su infancia.
Un país pacífico, que presume no tener un conflicto bélico desde 1814, elevó a la categoría de ídolo a un incitador, a un futbolista capaz de crear discordancias en los equipos que llega. Un constructor de frases altisonantes y retadoras. En esa misma Suecia, influenciada por la Ley de Jante, que proclama la importancia del colectivo antes que el individuo y que prioriza la igualdad, triunfó el futbolista sueco más presuntuoso y egocentrista.
El futbolista, cansado de tantos fracasos y, quizá de darse cuenta que solo no podía contra el mundo, renunció a la selección sueca tras la Eurocopa de Francia 2016. ¿Cómo reemplazar al que se convirtió en el máximo artillero de su historia futbolística con 62 goles? ¿Era posible una época post Zlatan Ibrahimovic? La respuesta apuntaba a la norma que rige en todo equipo chico: el juego colectivo debe primar sobre el individualismo.
Janne Andersson, un sueco con un currículum modesto, sería el encargado de reconstruir el nuevo equipo nórdico en el 2016. Entrenador de 55 años solo podía jactarse de haberle arrebatado el título de la liga sueca al poderoso Malmö en el 2015 con el IFK Norrköping.
A partir de su llegada, Suecia se convirtió en una selección sólida defensivamente (en diez partidos de las Eliminatorias europeas solo recibió nueve goles) y ante la ausencia de un goleador como Zlatan, Marcus Berg, que juega en el Al Ain en Emiratos Árabes Unidos, tomó la posta y marcó ocho goles.
En la fase de grupos, Suecia obtuvo seis triunfos, un empate y tres derrotas. La selección nórdica desplazó a Holanda y se ubicó segunda en el grupo A, después de Francia. En el repechaje, esperaba el tetracampeón mundial Italia. Los obreros de Andersson enfrentaban una de sus pruebas más duras: tenían que eliminar a la cuatro veces campeona del mundo y demostrar que la época post Ibrahimovic era posible. Suecia dejaría sin Mundial a Italia después de 60 años y, por el contrario, la patria de Thomas Ravelli, Henrik Larsson y Tomas Brolin volvería después de doce.
Tras obtener el pase, una vez más la figura de Zlatan apareció. Empezó a mostrar su deseo por regresar a la selección en el Mundial. Pero el entrenador nórdico le hizo saber que no estaba en sus planes. Zlatan empezó a arremeter contra el técnico de Suecia, pero sus palabras ya no tenían el mismo efecto que años atrás. Ni con sus excompañeros, directivos o incluso los mismos aficionados.
El Expressen, un medio sueco de alcance nacional, hizo una encuesta para saber cómo percibían las personas un posible regreso de Zlatan. Los resultados fueron categóricos: un 64% no lo quería volver a ver vestido de amarillo, un 32% exigía su regreso, mientras que un 4% se mantenía indeciso. Los suecos ya no quieren a Zlatan. Otro dato para comprobarlo. Desde el 2007 al 2016, ‘Ibracadabra’ fue elegido el mejor jugador sueco cada año. Sin embargo, en el 2017, los suecos eligieron al capitán y zaguero central de su selección nacional, Andreas Granqvist. Con ese respaldo, la época post Ibrahimovic debe ser confirmada en el Mundial.
Un país pacífico, que presume no tener un conflicto bélico desde 1814, elevó a la categoría de ídolo a un incitador, a un futbolista capaz de crear discordancias en los equipos que llega. Un constructor de frases altisonantes y retadoras. En esa misma Suecia, influenciada por la Ley de Jante, que proclama la importancia del colectivo antes que el individuo y que prioriza la igualdad, triunfó el futbolista sueco más presuntuoso y egocentrista”
Quizá Corea del Sur no haya sido un buen termómetro para saber aún el rendimiento de Suecia. El debut en Rusia 2018 anunciaba una victoria premonitoria. La más cosmopolita de las Coreas solo tenía como argumento la velocidad de sus jugadores en el contragolpe. Suecia arremetió con gran volumen ofensivo teniendo a Marcus Berg como comandante, pero el reemplazante de Zlatan no pudo vencer al arquero surcoreano Cho Hyun-woo.
En este partido, una vez más el VAR —ese centinela que persigue la justicia como un fisgón— sería el protagonista. El defensor surcoreano Kim Minwoo trabó en el área a Viktor Claesson y, tal como parece en este fútbol moderno, la duda no podía ser permitida. El réferi corrió hasta la cabina y entendió que hubo falta. Penal para Suecia que terminó convirtiendo el capitán sueco Andreas Granqvist, ese nuevo ídolo que no genera portadas.
¿Pero realmente Zlatan Ibrahimovic tendría cabida en este grupo? ¿En este equipo sin estrellas y jugadores que no generan titulares ni pases millonarios? Al delantero de Los Angeles Galaxy le irritan los tipos callados y de perfil bajo, así lo hizo notar en su estancia en Barcelona.
“Ninguno de los chicos actuaban como superestrellas. Messi, Xavi, Iniesta, todos en el grupo eran como escolares. Los mejores futbolistas del mundo se quedaban con la cabeza agachada. Era ridículo. Todo el mundo hacía lo que se les decía. Yo no encajaba”, escribió en su biografía Soy Zlatan Ibrahimovic.
Es precisamente ese perfil bajo de la selección sueca en Rusia 2018 la que debe incomodar aún más a Zlatan. No tiene a quien enviarle indirectas. Y como no encontró un referente de boca suelta, arremetió contra el técnico haciéndolo único responsable de su ausencia y tratando de ponerle en contra a sus compatriotas. Pero a ese ‘dios’, que dijo ser en algún momento, parece que cada vez le quedan menos devotos. La religión Zlatan Ibrahimovich pierde fuerza. Y otra creencia colectiva empieza a tomar impulso: el grupo por encima de un solo jugador. ©

